Un comienzo en la voluntad del Padre
Piensa en Jesús en el Jordán, recién bautizado, con el Espíritu descendiendo como paloma y la voz del Padre declarando:
"Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia" (Mateo 3:17).
Es un momento de afirmación divina, de unidad perfecta entre el Padre y el Hijo. Pero lo que sigue no es un camino fácil:
"Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo" (Mateo 4:1).
No es un capricho ni una decisión propia; es el Espíritu Santo quien lo guía, cumpliendo el plan del Padre. Jesús entra en el desierto porque obedece, porque Su vida entera está alineada con la voluntad de Aquel que lo envió.
Después de 40 días y 40 noches de ayuno, Mateo 4:2 nos dice: "Tuvo hambre". No es solo una nota histórica; es un destello de Su humanidad. Imagina Su cuerpo agotado, Su respiración pesada bajo el sol ardiente, Sus labios resecos. Este no es un héroe intocable; es el Hijo de Dios hecho hombre, enfrentando la debilidad como nosotros. Pero aun en ese hambre, Su corazón no vacila. Él está ahí por obediencia al Padre, y esa obediencia lo sostiene donde nosotros flaqueamos.
El telón de fondo: Un eco de la historia de Dios
Esos 40 días nos conectan con algo más grande. Recuerdan los 40 años de Israel en el desierto, cuando Dios los probó para ver si seguirían Sus caminos (Deuteronomio 8:2). Israel dudó, se quejó, desobedeció. Jesús, en cambio, entra como el Hijo fiel, el verdadero Israel que cumple lo que el pueblo no pudo. También nos hace pensar en Moisés y Elías, quienes ayunaron 40 días antes de encontrarse con Dios (Éxodo 34:28; 1 Reyes 19:8). Pero Jesús no solo se prepara para recibir; Él obedece para cumplir el propósito del Padre, un propósito que, en Su soberanía, incluye nuestra redención.
Esos 40 días nos conectan con algo más grande. Recuerdan los 40 años de Israel en el desierto, cuando Dios los probó para ver si seguirían Sus caminos (Deuteronomio 8:2). Israel dudó, se quejó, desobedeció. Jesús, en cambio, entra como el Hijo fiel, el verdadero Israel que cumple lo que el pueblo no pudo. También nos hace pensar en Moisés y Elías, quienes ayunaron 40 días antes de encontrarse con Dios (Éxodo 34:28; 1 Reyes 19:8). Pero Jesús no solo se prepara para recibir; Él obedece para cumplir el propósito del Padre, un propósito que, en Su soberanía, incluye nuestra redención.
Las tentaciones: El diablo desafía, Jesús obedece
El diablo aparece cuando Jesús está más débil, como suele hacer con nosotros: en los momentos de cansancio, de hambre, de soledad. Sus tres tentaciones no son solo ataques al hombre Jesús; son intentos de quebrar Su obediencia al Padre. Pero Jesús responde cada vez con una fidelidad que nos deja asombrados y nos da esperanza.
Primera tentación: "Convierte estas piedras en pan" (Mateo 4:3-4)
El desafío:
"Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan".
El diablo sabe que Jesús tiene hambre y poder para hacerlo. No le pide algo pecaminoso en sí —comer es humano—, pero lo tienta a actuar por cuenta propia, a apartarse de la voluntad del Padre que lo llevó al desierto a ayunar.
Es un susurro: "No esperes a Dios, hazlo tú".
La obediencia de Jesús:
"Escrito está: No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Deuteronomio 8:3).
Jesús no se mueve. Su hambre es real, pero Su sumisión al Padre es más fuerte. Recuerda cuando Israel recibió maná y aprendió que la vida viene de la palabra de Dios, no solo del alimento. Jesús vive eso plenamente.
Lo que vemos: Donde Adán desobedeció por una fruta (Génesis 3:6), Jesús obedece, incluso con el estómago vacío. No se trata de nosotros en ese momento; se trata de Su compromiso con el Padre. Pero esa obediencia tiene un eco: nos muestra que el Padre es digno de confianza, incluso en nuestra propia hambre.
Para nosotros: Cuando sentimos necesidad —física o del alma—, el diablo nos tienta a tomar el control. Jesús nos dice con Su ejemplo: "El Padre sabe, y yo obedecí para que tú puedas confiar".
Segunda tentación: "Tírate desde el templo" (Mateo 4:5-7)
El desafío: El diablo lo lleva al pináculo del templo y dice:
"Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti" (Salmo 91:11-12).
Usa la Palabra de Dios, pero la retuerce. Quiere que Jesús pruebe al Padre, que exija una señal espectacular, que salga del camino de humildad trazado por el Espíritu.
La obediencia de Jesús:
"Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios" (Deuteronomio 6:16).
Jesús no salta. No necesita forzar la mano del Padre para confirmar Su identidad. Él ya oyó "mi Hijo amado" y vive en esa verdad, incluso en la soledad del desierto. Recuerda a Israel en Masah, dudando de Dios (Éxodo 17:7); Jesús no repite ese error.
Lo que vemos: Su obediencia es pura. No hay orgullo, no hay duda. Él está ahí para cumplir la voluntad del Padre, no para negociar con el diablo. Y en esa fidelidad, nos deja un regalo: la certeza de que el Padre no necesita ser probado para ser fiel.
Para nosotros: Cuando dudamos y queremos señales, Jesús nos muestra que Él ya caminó ese desierto por obediencia, para que nosotros podamos descansar en la fidelidad de Dios.
Tercera tentación: "Adórame y te daré todo" (Mateo 4:8-10)
El desafío: El diablo lo lleva a un monte alto, le muestra "todos los reinos del mundo y la gloria de ellos", y dice: "Todo esto te daré, si postrado me adorares". Es una oferta descarada: poder sin cruz, gloria sin obediencia.
El diablo aparece cuando Jesús está más débil, como suele hacer con nosotros: en los momentos de cansancio, de hambre, de soledad. Sus tres tentaciones no son solo ataques al hombre Jesús; son intentos de quebrar Su obediencia al Padre. Pero Jesús responde cada vez con una fidelidad que nos deja asombrados y nos da esperanza.
Primera tentación: "Convierte estas piedras en pan" (Mateo 4:3-4)
El desafío:
"Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan".
El diablo sabe que Jesús tiene hambre y poder para hacerlo. No le pide algo pecaminoso en sí —comer es humano—, pero lo tienta a actuar por cuenta propia, a apartarse de la voluntad del Padre que lo llevó al desierto a ayunar.
Es un susurro: "No esperes a Dios, hazlo tú".
La obediencia de Jesús:
"Escrito está: No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Deuteronomio 8:3).
Jesús no se mueve. Su hambre es real, pero Su sumisión al Padre es más fuerte. Recuerda cuando Israel recibió maná y aprendió que la vida viene de la palabra de Dios, no solo del alimento. Jesús vive eso plenamente.
Lo que vemos: Donde Adán desobedeció por una fruta (Génesis 3:6), Jesús obedece, incluso con el estómago vacío. No se trata de nosotros en ese momento; se trata de Su compromiso con el Padre. Pero esa obediencia tiene un eco: nos muestra que el Padre es digno de confianza, incluso en nuestra propia hambre.
Para nosotros: Cuando sentimos necesidad —física o del alma—, el diablo nos tienta a tomar el control. Jesús nos dice con Su ejemplo: "El Padre sabe, y yo obedecí para que tú puedas confiar".
Segunda tentación: "Tírate desde el templo" (Mateo 4:5-7)
El desafío: El diablo lo lleva al pináculo del templo y dice:
"Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti" (Salmo 91:11-12).
Usa la Palabra de Dios, pero la retuerce. Quiere que Jesús pruebe al Padre, que exija una señal espectacular, que salga del camino de humildad trazado por el Espíritu.
La obediencia de Jesús:
"Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios" (Deuteronomio 6:16).
Jesús no salta. No necesita forzar la mano del Padre para confirmar Su identidad. Él ya oyó "mi Hijo amado" y vive en esa verdad, incluso en la soledad del desierto. Recuerda a Israel en Masah, dudando de Dios (Éxodo 17:7); Jesús no repite ese error.
Lo que vemos: Su obediencia es pura. No hay orgullo, no hay duda. Él está ahí para cumplir la voluntad del Padre, no para negociar con el diablo. Y en esa fidelidad, nos deja un regalo: la certeza de que el Padre no necesita ser probado para ser fiel.
Para nosotros: Cuando dudamos y queremos señales, Jesús nos muestra que Él ya caminó ese desierto por obediencia, para que nosotros podamos descansar en la fidelidad de Dios.
Tercera tentación: "Adórame y te daré todo" (Mateo 4:8-10)
El desafío: El diablo lo lleva a un monte alto, le muestra "todos los reinos del mundo y la gloria de ellos", y dice: "Todo esto te daré, si postrado me adorares". Es una oferta descarada: poder sin cruz, gloria sin obediencia.
El diablo miente, porque el mundo ya es de Dios (Salmo 24:1), pero tienta a Jesús a desviar Su lealtad del Padre.
La obediencia de Jesús:
"Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás" (Deuteronomio 6:13).
Su respuesta es un rechazo tajante. No hay vacilación. Jesús elige el camino del Padre —un camino de sufrimiento que lleva a la cruz— porque Su vida es para la gloria de Dios, no para atajos.
Lo que vemos: Esta es la obediencia en su máxima expresión. Jesús no cede, no porque nosotros estemos en Su mente en ese instante, sino porque el Padre es Su todo. Pero el plan del Padre incluye nuestra salvación (Juan 6:38-39), y esa obediencia nos alcanza como un río de gracia.
Para nosotros: El mundo nos ofrece atajos brillantes que nos alejan de Dios. Jesús, con Su "vete, Satanás", nos enseña que obedecer al Padre es el camino verdadero, y Él lo recorrió para que nosotros podamos seguirlo.
La obediencia que cumple el plan del Padre
¿Por qué Jesús hace esto? Porque Él vino a hacer "la voluntad del que me envió" (Juan 6:38). En el desierto, no está pensando en Sus propios deseos ni siquiera en nosotros como motivación primaria; está mirando al Padre.
Filipenses 2:8 lo dice con fuerza:
"Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz".
Esa obediencia es el corazón de Su misión. Donde Adán desobedeció y trajo muerte (Romanos 5:12), Jesús obedece y trae vida (Romanos 5:19). Él es el Segundo Adán, el Hijo perfecto que cumple lo que el Padre pide.
Y aquí está lo asombroso: la voluntad del Padre no es fría ni distante. Juan 3:16 nos dice que
"de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito".
La obediencia de Jesús al Padre y el amor de Dios por nosotros no están en conflicto; son dos caras de la misma moneda. Jesús obedece porque ama al Padre, y el Padre lo envía porque nos ama. En el desierto, vemos la obediencia en acción, pero esa obediencia nos envuelve en el plan redentor de Dios.
La obediencia de Jesús:
"Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás" (Deuteronomio 6:13).
Su respuesta es un rechazo tajante. No hay vacilación. Jesús elige el camino del Padre —un camino de sufrimiento que lleva a la cruz— porque Su vida es para la gloria de Dios, no para atajos.
Lo que vemos: Esta es la obediencia en su máxima expresión. Jesús no cede, no porque nosotros estemos en Su mente en ese instante, sino porque el Padre es Su todo. Pero el plan del Padre incluye nuestra salvación (Juan 6:38-39), y esa obediencia nos alcanza como un río de gracia.
Para nosotros: El mundo nos ofrece atajos brillantes que nos alejan de Dios. Jesús, con Su "vete, Satanás", nos enseña que obedecer al Padre es el camino verdadero, y Él lo recorrió para que nosotros podamos seguirlo.
La obediencia que cumple el plan del Padre
¿Por qué Jesús hace esto? Porque Él vino a hacer "la voluntad del que me envió" (Juan 6:38). En el desierto, no está pensando en Sus propios deseos ni siquiera en nosotros como motivación primaria; está mirando al Padre.
Filipenses 2:8 lo dice con fuerza:
"Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz".
Esa obediencia es el corazón de Su misión. Donde Adán desobedeció y trajo muerte (Romanos 5:12), Jesús obedece y trae vida (Romanos 5:19). Él es el Segundo Adán, el Hijo perfecto que cumple lo que el Padre pide.
Y aquí está lo asombroso: la voluntad del Padre no es fría ni distante. Juan 3:16 nos dice que
"de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito".
La obediencia de Jesús al Padre y el amor de Dios por nosotros no están en conflicto; son dos caras de la misma moneda. Jesús obedece porque ama al Padre, y el Padre lo envía porque nos ama. En el desierto, vemos la obediencia en acción, pero esa obediencia nos envuelve en el plan redentor de Dios.
Un Salvador humano y victorioso
Hebreos 4:15 nos abraza con esta verdad:
"No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado".
Jesús no flotó sobre el desierto; lo vivió. Sintió el hambre, escuchó los susurros del diablo, enfrentó la soledad. Pero nunca se apartó del Padre. Cada "escrito está" que pronunció fue un acto de obediencia, usando las Escrituras que nosotros también tenemos. Nos está diciendo: "Yo obedecí donde tú no puedes, para que el Padre te reciba".
Y cuando el diablo se va, "he aquí vinieron ángeles y le servían" (Mateo 4:11). Es un momento tierno: el Hijo, agotado pero fiel, cuidado por el cielo. Nos apunta a la cruz, donde Su obediencia alcanza su clímax, y a la resurrección, donde Su victoria se sella.
Viviendo a la luz de Su obediencia
Cuando estés débil: Jesús tuvo hambre y obedeció. Lleva tus necesidades al Padre; Él las conoce (Mateo 6:8).
Cuando dudes: Jesús no saltó para probar a Dios. Confía en Su fidelidad, incluso en el silencio (Habacuc 2:20).
Cuando el mundo te tiente: Jesús dijo "no" por obediencia. Pídele fuerza para elegir al Padre sobre lo fácil (1 Corintios 10:13).
Cuando falles: Su obediencia perfecta cubre nuestro desorden. "Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús" (Romanos 8:1).
Un cierre que nos lleva al Padre
Las tentaciones de Cristo en el desierto son un retrato de obediencia pura. Jesús no miró al diablo ni a Sí mismo; miró al Padre. Cada paso en ese desierto fue para cumplir Su voluntad, y esa voluntad incluye que tú y yo seamos Suyos. Él venció donde nosotros no podemos, no por un amor sentimental directo hacia nosotros en ese momento, sino por una sumisión total al Padre que nos ama desde la eternidad. Así que, cuando enfrentes tu propio desierto, recuerda: Jesús ya estuvo ahí, obedeció ahí, y Su victoria es tu paz.
Padre celestial, te damos gracias por Tu Hijo, quien en el desierto obedeció Tu voz con corazón firme y perfecto. Ayúdanos a confiar en Tu voluntad como Él lo hizo, a encontrar fuerza en Tu Palabra y a descansar en la victoria que Su obediencia nos ganó. En el nombre de Jesús, amén.
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