La Falsedad del Evangelio de la Prosperidad
“No améis al mundo ni las cosas que hay
en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.”
(1 Juan 2:15, RVR1960)
Una Promesa Engañosa
En el mundo religioso contemporáneo, hay un mensaje que resuena con fuerza entre las masas: la idea de que puedes tener “tu mejor vida ahora”. Predicadores como Joel Osteen, en su libro Su Mejor Vida Ahora, proclaman que cualquiera puede crear, mediante la fe y las palabras, los sueños que desee: salud, riqueza, felicidad, éxito y todo lo que el corazón anhele. Según esta enseñanza, si desarrollas una imagen positiva de abundancia, alegría y paz, y hablas palabras de poder, nada en esta tierra podrá impedir que lo obtengas. Osteen afirma: “Todos nosotros hemos nacido para la grandeza terrenal. Tú has nacido para ganar. Dios quiere que vivas en abundancia, tú naciste para ser un campeón”. Incluso llega a decir que hay “un milagro en tu boca” y que tus palabras pueden dar vida a tus sueños.
Este mensaje suena atractivo, especialmente para un mundo obsesionado con el bienestar material y la autosuficiencia. Pero hay un problema fundamental: es una mentira satánica que contradice la enseñanza clara de la Escritura. La única manera de que esta vida sea “tu mejor vida ahora” es si estás destinado al infierno, porque solo entonces este mundo sería lo mejor que jamás experimentarás. Para el verdadero creyente, la mejor vida no está aquí y ahora; está en la presencia de nuestro Salvador, cuando por fin estemos libres del pecado y postrados ante Él en adoración eterna. En este capítulo, confrontaremos estas falsas promesas con la verdad de la Palabra de Dios y veremos cómo la soberanía divina, no el poder humano, es la que define nuestra existencia.
El Mito del Poder Humano
El evangelio de la prosperidad, como lo presenta Osteen, se basa en una premisa fundamental: los hombres tienen el poder en sí mismos para cambiar sus vidas y crear su propia realidad. Según él, “Dios ya ha hecho todo lo que Él va a hacer, la pelota está en tu cancha”. Si visualizas el éxito, hablas palabras positivas y crees en ti mismo, nada podrá detenerte. Inclusive, algo tan trivial como encontrar un puesto en el estacionamiento del centro comercial se convierte en una prueba de este poder. Pero, ¿qué dice la Biblia sobre esta supuesta autonomía humana?
La Escritura nos presenta una visión radicalmente diferente. Jeremías 10:23 declara: “Conozco, oh Jehová, que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos”. Juan 3:27 añade: “No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo”. Y Deuteronomio 32:39 afirma con autoridad divina: “Yo soy Yo, y no hay Dios fuera de mí: Yo hago morir y Yo hago vivir; Yo hiero y Yo sano, y no hay quien libre de mi mano”. Lejos de ser los dueños de nuestro destino, dependemos completamente de la voluntad soberana de Dios. Él es quien forma la luz y crea las tinieblas, quien hace la paz y permite la adversidad (Isaías 45:7). No hay nada en esta tierra que escape a Su control, y mucho menos que dependa únicamente de nuestras palabras o pensamientos.
Esta idea de que “nada en esta tierra impedirá que tengas lo que quieras” no es más que una versión moderna de la ley de la atracción, una falsa doctrina que exalta al hombre y minimiza a Dios. Es un eco de las tentaciones de Satanás a Jesús en el desierto (Lucas 4:1-13). Allí, el diablo le ofreció satisfacción física (“convierte esta piedra en pan”), popularidad (“échate desde el pináculo y asombra a todos”) y riquezas terrenales (“todos los reinos del mundo serán tuyos si me adoras”). ¿Qué tienen en común estas ofertas con las promesas de Osteen? Son deseos de la carne, de los ojos y de la vanagloria de la vida, exactamente lo que 1 Juan 2:16 advierte que “no viene del Padre, sino del mundo”. Estas enseñanzas no son cristianas; son satánicas, diseñadas para apelar a los anhelos corruptos de una humanidad caída.
La Verdad Bíblica Sobre Nuestra Condición
El evangelio de la prosperidad pinta al hombre como inherentemente poderoso y digno de bendiciones materiales. Osteen dice: “Dios te ve como una persona valiente, fuerte y exitosa”. Pero la Biblia nos da un retrato muy diferente. Isaías 6:5 muestra la reacción de un hombre ante la santidad de Dios: “¡Ay de mí, muerto soy! ¡Yo, hombre de labios inmundos, que habito en medio de un pueblo de labios inmundos!”. Salmos 14:1-3 declara: “No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”. E Isaías 64:6 añade: “Todos nosotros somos como cosa impura, y nuestra justicia como trapo de menstruo”. Jesús mismo dijo a los incrédulos: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer” (Juan 8:44).
Lejos de ser campeones nacidos para la grandeza, somos pecadores caídos, esclavos del pecado y enemigos de Dios por naturaleza. Nuestra boca no contiene milagros, como afirma Osteen; está llena de inmundicia que solo la gracia de Dios puede limpiar. Pretender que nuestras palabras tienen el poder de “liberar” algo o de “dar vida a nuestros sueños” es arrogancia farisaica, como la del hombre en Lucas 18:11 que oró: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás”. Osteen incluso escribe con orgullo: “Te doy gracias, Padre, porque tengo tu favor”, reflejando esa misma actitud de autosuficiencia que la Escritura condena.
La Verdad No Se Define por Resultados
Osteen basa la validez de sus enseñanzas en una prueba pragmática: “Sé que estos principios son verdad porque funcionan para mí y mi esposa”. Pero, ¿es el éxito personal la medida de la verdad? Si algo “funciona”, ¿eso lo hace bíblico? La Escritura nos da un estándar completamente diferente. Jesús dijo: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31-32). Él afirmó: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6). Y en Su oración al Padre, pidió: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). La verdad no se mide por resultados terrenales, sino por su conformidad con la Palabra de Dios.
Que las enseñanzas de la prosperidad “funcionen” para algunos no prueba su veracidad; demuestra su atractivo para los deseos caídos del hombre. Satanás es exitoso tentando porque ofrece lo que la carne anhela: salud, riqueza, poder y gloria terrenal. Pero todo eso es pasajero. Como dice 1 Juan 2:17: “El mundo está pasando, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”. Los falsos maestros prosperan porque sus promesas resuenan con la corrupción del corazón humano, no porque reflejen la voluntad de Dios.
La Soberanía de Dios, No del Hombre
El evangelio de la prosperidad coloca al hombre en el centro, como si fuera el arquitecto de su propio destino. Pero la Biblia exalta a Dios como el soberano absoluto sobre todas las cosas. Éxodo 4:11 pregunta: “¿Quién dio la boca al hombre? ¿O quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová?”. Job 42:2 reconoce: “Reconozco tu gran poder; nadie puede impedirte llevar a cabo tus planes”. Y Proverbios 21:1 afirma: “En las manos de Dios los planes del rey son como un río: toman el curso que Dios quiere darles”. Dios se reserva el derecho de prosperarnos o afligirnos, de darnos mucho o poco, todo según Sus propósitos santos.
Estos predicadores odian al verdadero Dios porque temen que las personas descubran quién es Él realmente: un Dios de soberanía absoluta, conocimiento perfecto, sabiduría infinita y santidad inmaculada. Él no está preocupado por concedernos una vida de abundancia material aquí y ahora; Su prioridad es nuestra santificación y Su gloria eterna. Pretender que podemos manipular a Dios con nuestras palabras o pensamientos positivos es una afrenta a Su majestad.
Nuestra Mejor Vida: No Ahora, Sino en la Eternidad
Entonces, ¿es esta “tu mejor vida ahora”? No, gracias. Mi mejor vida no está en este mundo caído, donde lucho diariamente contra mi carne pecaminosa. Mi mejor vida comenzará cuando esté postrado a los pies de mi Señor, adorándolo y agradeciéndole por el sacrificio que llevó a cabo en la cruz para justificarme y permitirme entrar en Su reino. Ese día, libre del pecado y en la presencia de mi Salvador, será el comienzo de mi mejor vida.
Mientras tanto, estoy aquí, aferrado a la Palabra de Dios, sostenido por la fe que Él ha puesto en mí y fortalecido por Su Espíritu Santo. Día a día, batallo contra mi carne débil que ama el pecado, confiando en la fidelidad de Dios para guiarme, en Su fortaleza para sostenerme y en Su Palabra para iluminar mi camino. Su soberanía es mi paz, Su conocimiento mi alimento, Su sabiduría mi anhelo y Su santidad mi meta. Espero con ansias el día en que pueda decir, como Pablo: “He luchado por obedecer a Dios en todo, y lo he logrado; he llegado a la meta, y en ningún momento he dejado de confiar en Dios” (2 Timoteo 4:7, TLA).
Una Exhortación a Rechazar lo Falso y Abrazar lo Verdadero
Amado lector, te exhorto a rechazar las promesas vacías del evangelio de la prosperidad. No te dejes engañar por quienes te ofrecen salud, riqueza y éxito como si fueran el propósito de Dios para tu vida. Esas son las tentaciones de Satanás, no las bendiciones del Padre. En lugar de buscar “tu mejor vida ahora”, fija tus ojos en la eternidad. Confía en el Dios soberano que controla todas las cosas, que te ama lo suficiente como para disciplinarte en este mundo y prepararte para el próximo.
Vive para Su gloria, no para tus deseos. Y cuando las pruebas lleguen —porque la Biblia promete que vendrán (Juan 16:33)— recuerda que tu esperanza no está en las cosas temporales, sino en la victoria eterna que Cristo ya ha asegurado para los Suyos. Esa es la verdadera abundancia: no un estacionamiento lleno o una cuenta bancaria rebosante, sino una vida escondida con Cristo en Dios (Colosenses 3:3), aguardando el día en que lo veremos cara a cara.
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