• Malaquías 3:10 es uno de esos versículos que resuena en casi todas las iglesias donde el dinero y la fe se cruzan.
  • En muchas iglesias contemporáneas, es común escuchar a líderes autoproclamarse "apóstoles", reclamando una autoridad especial y un estatus elevado dentro del cuerpo de Cristo.
  • En muchos círculos cristianos, Apocalipsis 3:20 se ha convertido en un versículo emblemático para el evangelismo.
  • La doctrina de la "confesión positiva" enseña que nuestras palabras tienen el poder de crear milagros, pero ¿es esto bíblico? Este artículo examina sus orígenes, contrastándolos con las Escrituras, y advierte sobre su peligrosa desviación del verdadero evangelio de Cristo.
  • La historia de la mujer con el flujo de sangre (Mateo 9:20-22, Marcos 5:25-34, Lucas 8:43-48) es más que un milagro físico: es una lección profunda sobre la verdadera fe. Más allá de la sanidad, Jesús le otorgó salvación, destacando que no fue el manto el que la curó, sino su confianza en Él. Este capítulo explora el significado espiritual de su historia y nos desafía a buscar a Cristo, no solo por sus milagros, sino por la vida eterna que ofrece.

domingo, 19 de julio de 2026

Efesios 2:20 - ¿Existen Los Apóstoles Hoy Día?

Estudio Bíblico · Eclesiología Reformada

¿Existen Apóstoles Hoy Día?

Una perspectiva bíblica y reformada sobre el oficio apostólico

“Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo.”

— Efesios 2:20

En muchas iglesias contemporáneas, especialmente dentro de los movimientos neopentecostales y de la llamada “Nueva Reforma Apostólica”, es común escuchar a líderes autoproclamarse “apóstoles”, reclamando una autoridad especial y un estatus elevado dentro del cuerpo de Cristo. Se les ve en plataformas prominentes, rodeados de séquitos, con títulos como “Apóstol”, “Apóstol Mayor” o incluso “Apóstol de Dios en la Tierra”, y sus palabras se reciben con una reverencia que debería reservarse únicamente para la Escritura.

Sin embargo, al examinar las Sagradas Escrituras con diligencia y sumisión a su autoridad, descubrimos que el oficio de apóstol, tal como fue establecido en el Nuevo Testamento, tiene características únicas y requisitos específicos que no pueden cumplirse en la actualidad. En este estudio, exploraremos qué dice la Biblia sobre los apóstoles, quiénes calificaban para este oficio, por qué el cargo fue cerrado al final del primer siglo, y por qué debemos ser cautelosos con aquellos que hoy reclaman este título sin fundamento bíblico.

I. ¿Qué es un apóstol según la Escritura?

La palabra “apóstol” proviene del griego apostolos (ἀπόστολος), que significa “enviado” o “mensajero”. En el mundo greco-romano del primer siglo, el término designaba a un delegado oficial, alguien comisionado con autoridad para representar al que lo enviaba. En la Septuaginta (la traducción griega del Antiguo Testamento), la palabra se usaba ocasionalmente para traducir el hebreo shaliaj, que designaba a un enviado legal con plenos poderes para actuar en nombre de quien lo comisionaba.

Sin embargo, en el contexto del Nuevo Testamento, el término tiene un significado mucho más específico cuando se aplica a los apóstoles de Jesucristo. No todos los “enviados” en un sentido general (como lo serían los misioneros hoy) califican como apóstoles en el sentido técnico y carismático que la Escritura les otorga. Hay una diferencia entre ser enviado como misionero y ser Apóstol de Cristo con mayúsculas.

Según las Escrituras, un apóstol en el sentido técnico debía cumplir con dos requisitos fundamentales e innegociables:

  • 1. Haber sido testigo ocular del Cristo resucitado: Esto incluía haber visto a Jesús después de Su resurrección, como un testimonio directo y verificable de Su victoria sobre la muerte. El apóstol no predicaba un rumor, sino lo que había visto con sus propios ojos.
  • 2. Haber sido comisionado personalmente por Jesús: Los apóstoles no se autoproclamaban ni eran electos por asambleas; eran escogidos y enviados directamente por el Señor para cumplir una misión única en los fundamentos de la iglesia.

Estos requisitos se ven claramente en el proceso de selección del reemplazo de Judas Iscariote, registrado en Hechos 1:21-22:

Hechos 1:21-22 “Es necesario, pues, que de los hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros de su resurrección.”

Matías fue elegido porque cumplía con estos criterios: había acompañado a Jesús durante Su ministerio terrenal (desde el bautismo de Juan hasta la ascensión) y había sido testigo de Su resurrección. Su elección fue confirmada por oración y sorteo bajo la dirección soberana de Dios (Hechos 1:24-26), demostrando que ni siquiera la iglesia tenía autoridad para designar apóstoles por sí sola; era Cristo mismo quien los escogía, y la comunidad solo reconocía Su elección.

II. Pablo: el apóstol “como a un abortivo”

El apóstol Pablo también cumple con estos requisitos, aunque de una manera única y extraordinaria. En 1 Corintios 9:1, él mismo declara:

1 Corintios 9:1 “¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor?”

Pablo tuvo un encuentro directo con el Cristo resucitado en el camino a Damasco (Hechos 9:3-6), y fue comisionado personalmente por Jesús para ser “apóstol a los gentiles” (Romanos 11:13; Gálatas 1:15-16). Sin embargo, Pablo también señala algo crucial en 1 Corintios 15:8:

1 Corintios 15:8 “Y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí.”

Con esta declaración solemne, Pablo afirma que él fue el último apóstol escogido por Cristo. Su uso del término “abortivo” (ektroma) indica que su apostolado fue extraordinario y fuera de tiempo: no formó parte del grupo original de los doce, no acompañó a Jesús durante Su ministerio terrenal, pero recibió revelaciones directas del Señor resucitado para compensar su falta de instrucción previa (Gálatas 1:11-12).

La lista de apariciones de Cristo resucitado que Pablo ofrece en 1 Corintios 15:5-8 —a Pedro, a los doce, a más de quinientos hermanos, a Santiago, a todos los apóstoles y finalmente a él mismo— parece cerrar definitivamente el círculo de aquellos que fueron testigos directos y comisionados como apóstoles. No hay indicación en las Escrituras de que este oficio continuaría más allá de esta generación fundacional.

III. El rol único de los apóstoles en la iglesia

Los apóstoles desempeñaron un papel absolutamente único en la fundación de la iglesia. Efesios 2:20 nos enseña que la iglesia está “edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”. Un fundamento, por su propia naturaleza, se pone una sola vez al inicio; no se continúa edificando capa tras capa de fundamento por los siglos. Una vez puesto, lo que sigue es la edificación de la superestructura sobre ese cimiento.

Además, los apóstoles tenían una autoridad exclusiva para establecer doctrina y guiar a la iglesia primitiva. Sus escritos, inspirados por el Espíritu Santo, forman parte del canon del Nuevo Testamento y son la norma infalible para toda enseñanza cristiana. Pablo podía decir con autoridad: “Si alguno piensa que es profeta o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor” (1 Corintios 14:37). Ningún líder actual puede legítimamente hacer esa afirmación.

También tenían donde milagrosos que autenticaban su ministerio, los llamados “señales de apóstol” mencionados en 2 Corintios 12:12: “Con todo, las señales de apóstol se han hecho entre vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros.” Estos milagros no eran para beneficio personal del apóstol, sino para validar que su mensaje venía de Dios. Cuando el fundamento quedó completo y el Nuevo Testamento fue escrito, estos dones de señalización cesaron, pues ya no eran necesarios.

IV. Comparación: Apóstoles bíblicos vs. “apóstoles” modernos

Aspecto Apóstoles del NT “Apóstoles” modernos
Testigos del Cristo resucitado ✓ Sí (Hch 1:21-22) ✗ Imposible
Comisionados directamente por Cristo ✓ Sí (Mc 3:14) ✗ Se autoproclaman
Escribieron Escritura inspirada ✓ Sí (NT) ✗ No
Hacían señales y milagros autenticadores ✓ Sí (2 Co 12:12) ✗ No verificables
Forman parte del fundamento de la iglesia ✓ Sí (Ef 2:20) ✗ El fundamento ya está puesto
¿Tienen autoridad bíblica vigente? ✓ SÍ (a través de sus escritos) ✗ NO

V. ¿Existen apóstoles hoy día?

Dado lo que las Escrituras enseñan sobre los requisitos y el rol de los apóstoles, debemos concluir con firmeza bíblica que no existen apóstoles en el sentido técnico del Nuevo Testamento en la actualidad. Nadie hoy puede cumplir con los criterios de haber visto al Cristo resucitado y haber sido comisionado directamente por Él. Además, el fundamento de la iglesia ya ha sido establecido, y la revelación de Dios ha sido completada en las Sagradas Escrituras (Apocalipsis 22:18-19; Judas 3).

Cualquier persona que reclame el título de “apóstol” con la misma autoridad que los apóstoles del Nuevo Testamento está yendo más allá de lo que la Biblia permite y, en la práctica, está colocando su palabra por encima o al mismo nivel que la Escritura. Esto es exactamente lo que denunciaba el apóstol Juan cuando escribió: “No creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1).

Sin embargo, es importante hacer una distinción justa: la palabra “apóstol” puede usarse en un sentido secundario y más amplio para referirse a “enviados” o misioneros (como en el caso de Bernabé en Hechos 14:14, quien es llamado “apóstol” en un sentido genérico de enviado de la iglesia, no en el sentido técnico de los Doce). También Silvano y Timoteo son llamados así en 1 Tesalonicenses 2:6 en un sentido amplio. Pero este uso no implica que tuvieran la misma autoridad o función que los doce y Pablo. En la iglesia contemporánea, los pastores, maestros, evangelistas y misioneros cumplen roles vitales para edificar al cuerpo de Cristo (Efesios 4:11-12), pero ninguno de ellos es un apóstol en el sentido técnico y carismático del Nuevo Testamento.

VI. El peligro de la obsesión con títulos y poder

Lamentablemente, en muchas iglesias modernas, el título de “apóstol” se ha convertido en un símbolo de poder, prestigio y autoridad que no está respaldado por la Escritura. Esta obsesión con títulos elevados refleja una sed de reconocimiento humano que es contraria al espíritu humilde de Jesucristo. Como dijo el Señor en Marcos 10:43-44:

Marcos 10:43-44 “Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos.”

En lugar de buscar títulos grandiosos, los líderes de la iglesia deben imitar el ejemplo de Cristo, quien “no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). La verdadera grandeza en el reino de Dios no se mide por el nombre que llevamos, sino por la humildad y fidelidad con que servimos.

Además, esta obsesión con títulos a menudo va acompañada de un culto casi idolátrico hacia personalidades famosas dentro de la iglesia. Muchos creyentes, en lugar de aferrarse a la Palabra de Dios, depositan su fe en líderes carismáticos que prometen bendiciones o revelaciones especiales. Esto no solo desvía la gloria que pertenece únicamente a Cristo, sino que también expone a los creyentes al engaño y a falsas enseñanzas, como las que denunció Pablo a los corintios: “Porque si viene alguno predicando a otro Jesús que el que hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo toleráis” (2 Corintios 11:4).

VII. Aplicación pastoral para hoy

Hermano lector, la enseñanza bíblica sobre el apostolado no es un tema académico sin importancia práctica. Tiene implicaciones directas para tu vida cristiana y para la salud espiritual de la iglesia. Algunas aplicaciones concretas:

  • Somete toda enseñanza a la Escritura: Cualquier líder, por más carismático que sea, debe ser evaluado por la Palabra de Dios. Si alguien enseña algo contrario a la Escritura, o reclama autoridad equivalente a ella, aléjate (Hch 17:11; Gá 1:8-9).
  • Desconfía de los títulos inflados: Cuando un líder exige ser llamado “apóstol”, “profeta” o “ungido” y exige sumisión incondicional, eso es una señal de alerta. Los verdaderos siervos de Cristo no buscan su propia gloria (Jn 7:18).
  • Busca una iglesia fiel: Donde se predique expositivamente la Palabra, donde los líderes sean pastores que sirven y no señores que dominan, donde se respete la autoridad única de la Escritura (1 P 5:1-4).
  • Abraza la humildad del evangelio: No necesitas un título elevado para ser usado por Dios; necesitas un corazón humilde, una vida consagrada y una fe arraigada en la Palabra. “Al pie de la cruz, todos somos párvulos”.

Preguntas para reflexión personal o grupal

  1. ¿He puesto mi confianza en algún líder humano por encima de la autoridad de la Escritura?
  2. ¿Sé discernir entre un pastor fiel y un falso apóstol que busca su propia gloria?
  3. ¿Estoy dispuesto a humillarme y servir sin buscar reconocimiento, siguiendo el ejemplo de Cristo?
  4. ¿Mi iglesia local se somete a la Escritura como autoridad final, o sigue “revelaciones” extras-bíblicas de líderes carismáticos?

VIII. Conclusión

La Escritura nos enseña que los apóstoles del Nuevo Testamento fueron un grupo único e irrepetible, escogido por Cristo para establecer el fundamento de la iglesia. Su autoridad y función no tienen paralelo en la iglesia actual, pues nadie puede cumplir con los requisitos que ellos cumplieron ni reclamar la misma revelación directa que ellos recibieron. El fundamento ya está puesto; Cristo es la piedra angular; la Escritura está completa.

Si alguien te invita a seguir a un “apóstol” moderno
con autoridad sobre las Escrituras,
examina sus palabras a la luz de la Biblia.
Nuestra lealtad suprema es a Cristo,
no a hombres.

Que el Señor nos conceda discernimiento para reconocer la verdad, humildad para servirle sin buscar gloria para nosotros mismos, y fidelidad para sostenernos en la roca de Su Palabra. Que nuestro único deseo sea exaltar a Cristo, el verdadero fundamento y cabeza de la iglesia, el cual es sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén. (Romanos 9:5).

Oración “Padre celestial, gracias por habernos dado el fundamento seguro de los apóstoles y profetas, con Cristo como piedra angular. Danos discernimiento para no seguir voces que se elevan por encima de Tu Palabra, y humildad para servir a Tu iglesia como Tú nos has servido. Que Cristo sea exaltado en todo, y que ninguno de nosotros busque gloria para sí mismo. En el nombre de Jesucristo, Amén.”

Sobre el autor

Andrés Martínez es un creyente en Jesucristo, convencido de que la Biblia es la Palabra inspirada e inerrante de Dios, y de que la fe reformada expresa con mayor fidelidad las verdades del evangelio tal como fueron proclamadas por los apóstoles y redescubiertas en la Reforma del siglo XVI. Escribe en De la mano del Hijo para edificar a los hermanos que anhelan crecer en el conocimiento del Hijo de Dios.

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Cristo es el fundamento · Soli Deo Gloria

¿Van los animales al cielo? — Respuesta desde la hermenéutica reformada

¿Van los animales al cielo? — Respuesta desde la hermenéutica reformada
La nueva creación según Isaías 11: lobo con cordero, leopardo con cabrito, niño guiando

“Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará...” — Isaías 11:6

Teología Reformada · Escatología

¿Van los animales al cielo?

Respuesta desde la hermenéutica reformada

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Hermano, esta es una pregunta pastoralmente sensible y bíblicamente matizada. Te respondo con honestidad exegética, sin caer ni en el sentimentalismo que promete lo que la Escritura no promete, ni en el racionalismo que niega lo que la Escritura sí deja entrever.

1. Lo que la Escritura NO dice explícitamente

Hay que ser franco desde el inicio: ningún texto bíblico afirma directamente que animales individuales — y mucho menos mascotas específicas — vayan al cielo. La Biblia no es un libro de consolación garantizada sobre este punto, y un ministro reformado fiel no debería prometer lo que Dios no ha prometido. Quien asegure “tu perro está en el cielo” está hablando más allá del texto.

El Catecismo Mayor de Westminster, la Confesión de Fe de Westminster y los Símbolos de las Tres Formas de Unidad son silenciosos al respecto. Esto mismo es instructivo: los reformadores no consideraron este punto parte del depósito revelado.

2. Lo que la Escritura SÍ enseña y debemos ponderar

2.1 Los animales son parte de la creación “muy buena” de Dios

Génesis 1:24-25 declara que Dios creó los animales y “vio que era bueno”. Génesis 1:31 incluye a los animales en el “muy bueno” del conjunto. No son un accidente cosmológico, sino obra deliberada de la palabra creadora.

2.2 Dios hace alianza incluso con los animales

Génesis 9:9-10 es determinante: el pacto Noético se establece “con vosotros y con vuestra descendencia, y con todo ser viviente que está con vosotros: aves, ganados y animales de la tierra”. Dios mismo vincula su fidelidad pactal a la preservación de los animales. Esto es teológicamente significativo: la criatura no humana no es indiferente para el Dios del pacto.

2.3 Dios cuida y se complace en los animales

  • Salmo 104:21, 27-28 — los leones buscan su comida de Dios, todos esperan de Él su sustento
  • Salmo 36:6 — “Oh Jehová, tú conservas al hombre y al animal”
  • Mateo 6:26 — las aves del cielo son alimentadas por el Padre celestial
  • Mateo 10:29 — ni un gorrión cae a tierra sin el Padre
  • Jonás 4:11 — Dios muestra compasión por Nínive “y también por muchas bestias”

La providencia divina no se limita al ser humano. Los animales están dentro del cuidado cotidiano de Dios.

2.4 La creación entera — incluidos los animales — será liberada

Romanos 8:19-22 es el texto más fuerte del Nuevo Testamento al respecto:

“El anhelo ardiente de la creación es el aguardiar la manifestación de los hijos de Dios... porque la creación fue sometida a vanidad... pero también será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora.”

La “creación” aquí no es solo el género humano. Incluye el orden animal, vegetal y cósmico. La redención cósmica de Cristo no aniquila la creación, la renueva. Colosenses 1:19-20 lo confirma: “por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos”.

2.5 La nueva creación incluye la presencia de animales

Los textos proféticos sobre la era mesiánica escatológica describen explícitamente animales:

  • Isaías 11:6-9 — “morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos”
  • Isaías 65:25 — “el lobo y el cordero serán apacentados juntos”
  • Isaías 43:20 — “mis bestias del campo me honrarán”

Aunque algunos intérpretes reformados (p. ej. en línea con la lectura amilenial clásica) ven en esto primariamente metáforas de la paz del evangelio en la era de la Iglesia, muchos otros (incluyendo puritanos como Matthew Henry y reformados posteriores) ven también un cumplimiento escatológico en la nueva creación. El cuadro final de la Escritura no es un cielo despojado de criaturas, sino una creación renovada con criaturas.

2.6 La distinción crítica: la imago Dei

Aquí entra la precisión reformada. Génesis 1:26-27 establece que sólo el ser humano es creado a imagen de Dios. Esto implica:

  • El ser humano tiene alma racional e inmortal (Confesión de Westminster IV.2)
  • El ser humano es sujeto moral responsable, caído en Adán y redimido en Cristo
  • El ser humano es destinatario de la justificación por la fe

Los animales no son imagen de Dios, no son sujetos morales, no pecan, no necesitan redención en sentido personal, y no tienen el mismo tipo de alma inmortal que el ser humano. Eclesiastés 3:21 refleja precisamente este misterio: “¿Quién sabe si el espíritu de los hijos de los hombres sube arriba, y si el espíritu de los animales desciende abajo a la tierra?” — el Predicador no resuelve la cuestión, dejándola en el campo de lo no revelado.

3. La postura reformada equilibrada

Sintetizando lo anterior, la respuesta más fiel al marco reformado sería:

✗ Negativamente:

  • No podemos prometer que mascotas específicas o animales individuales tengan un destino personalizado en la gloria. La Escritura no lo garantiza.
  • No podemos equiparar el destino de los animales al de los seres humanos redimidos: el ser humano tiene un destino eterno personal porque tiene alma inmortal creada a imagen de Dios.

✓ Positivamente:

  • Sí podemos afirmar con seguridad bíblica que la nueva creación incluirá animales. No será un cielo vacío de criaturas no humanas.
  • Sí podemos afirmar que Dios cuida de cada animal durante su existencia terrenal (Mt 10:29).
  • Sí podemos esperar que la nueva tierra, restaurada y glorificada, contenga una creación animal renovada, en perfecta armonía y sin violencia (Is 11, 65; Ap 21-22 con alusiones al Edén restaurado).
  • Sí podemos confiar en la bondad y sabiduría de Dios para disponer lo que sea bueno y glorificante en su reino consumado.

4. Una nota pastoral reformada

Cuando alguien pregunta esto — generalmente tras perder una mascota amada — la respuesta más fiel y pastoral no es ni el frío “los animales no van al cielo” ni el sentimental “tu mascota te espera en el cielo”. Es más bien:

“Lo que la Escritura nos garantiza es que el cielo será infinitamente mejor de lo que podemos imaginar (1 Corintios 2:9), que Dios enjugará toda lágrima (Apocalipsis 21:4), y que la nueva creación será un lugar de criaturas renovadas en perfecta armonía. No tenemos promesa explícita de que tu mascota específica esté allí, pero sí tenemos promesa explícita de que el Dios que cuidó de cada gorrión (Mateo 10:29) hará todas las cosas bien. Confía en Su sabiduría y bondad, no en nuestras especulaciones.”

5. Conclusión doctrinal

Afirmación ¿Bíblicamente fundada?
Los animales van al cielo individualmente ✗ No explícitamente
La nueva creación incluirá animales ✓ Sí, sólidamente (Is 11, 65; Ro 8)
Dios cuida de los animales ahora ✓ Sí (Sal 104; Mt 6, 10)
Los animales tienen alma inmortal como el hombre ✗ No (distinción imago Dei)
La redención cósmica de Cristo incluye al orden animal ✓ Sí (Col 1:20; Ro 8:19-22)
Podemos prometer a alguien que su mascota está en el cielo ✗ No — iría más allá de la Escritura (Dt 29:29; 1 Co 4:6)

Resumen final

La fe reformada, fiel al principio sola Scriptura y a la regla “no hablar donde la Escritura calla” (Deut. 29:29), no promete individualmente a las mascotas en el cielo. Pero tampoco las excluye del cuadro renovado de la nueva creación, que claramente incluye criaturas animales. La postura sabia es esperar con esperanza cósmica sin especular sobre casos individuales, confiando en que Aquel que contó cada gorrión en Su providencia hará todas las cosas nuevas con perfecta sabiduría.

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Soli Deo Gloria

martes, 15 de abril de 2025

¿Creyeron los apóstoles en Cristo por fe o porque lo vieron? - Hebreos 11:1

¿Creyeron los apóstoles en Cristo por fe o porque lo vieron?
Los apóstoles con Cristo — fe y revelación
Estudio Bíblico · Fe y Revelación

¿Creyeron los apóstoles en Cristo
por fe o porque lo vieron?

Una reflexión pastoral sobre Hebreos 11:1 y el fundamento de la fe verdadera

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera,
la convicción de lo que no se ve.”

— Hebreos 11:1

Cuando leemos los evangelios con atención, surge inevitablemente una pregunta que va mucho más allá de la curiosidad histórica. Es una pregunta que toca el corazón mismo de la vida cristiana: ¿los apóstoles creyeron en Jesucristo por fe, o simplemente porque lo vieron en acción? ¿Bastó presenciar milagros, escuchar su enseñanza y convivir con Él para que naciera en ellos una fe salvadora, o hubo algo más profundo, algo que los ojos no podían ver?

¿Los apóstoles creyeron en Jesucristo
por fe o simplemente porque lo vieron en acción?

La respuesta no solo nos ayuda a entender mejor a los apóstoles; también nos revela cómo obra la fe verdadera en el corazón del creyente. Y, lo que es aún más consolador, nos muestra por qué hoy, veinte siglos después, sin haber visto al Señor con los ojos del cuerpo, podemos tener en Él una fe más firme que la de quienes caminaron junto al Mar de Galilea.

I. ¿Qué es la fe según la Biblia?

Antes de acercarnos a los apóstoles, conviene detenernos en la definición que la propia Escritura nos da. Hebreos 11:1 define la fe con una precisión que ha consolado y desafiado a la Iglesia a lo largo de los siglos:

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.”

El autor de Hebreos emplea dos palabras cargadas de significado. Certeza (hypóstasis) no designa un sentimiento subjetivo ni una vaga esperanza, sino una realidad firme, un fundamento sobre el cual el alma se apoya. Convicción (élenchos) evoca la prueba de aquello que es invisible a los sentidos. La fe bíblica, por tanto, no es un salto al vacío ni un optimismo piadoso; es la respuesta del corazón a la Palabra de Dios, sostenida por Su propia fidelidad.

La fe bíblica es una confianza firme en las promesas de Dios, una seguridad en lo que aún no se ha visto ni experimentado plenamente. No depende de los sentidos, sino de la revelación divina. Como enseñaba Calvino, la fe es “un conocimiento firme y seguro de la benevolencia de Dios para con nosotros, fundado en la verdad de Su promesa en Cristo, y revelado a nuestras mentes y sellado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Institución III.2.7).

Etapa 1 — La fe incipiente, fundada en lo visible

Durante el ministerio terrenal de Cristo, los apóstoles caminaron con Él. Lo vieron convertir el agua en vino, enseñar con autoridad — no como los escribas —, calmar la tormenta con una sola palabra, multiplicar los panes, abrir los ojos a los ciegos y llamar fuera del sepulcro a Lázaro. Su reacción inicial fue creer en base a lo que veían. Y esa fe era real, auténtica en su nivel, pero todavía incompleta.

Juan 2:11 “Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él.”

Notemos bien: la fe nacida del milagro es verdadera en su género, pero frágil. Los mismos discípulos que confiesan a Cristo tras la multiplicación lo abandonan cuando Él habla de comer su carne y beber su sangre (Jn 6:60-66). La fe que se apoya en las señales necesita ser purificada, profundizada y arraigada en algo más sólido que la impresión del momento.

Más aún: las multitudes presenciaron las mismas obras y no creyeron. Ver los milagros no produce fe por sí solo. La prueba visible puede asombrar, puede detener por un instante el corazón, pero no transforma el alma. El Señor mismo lo declaró con dolor:

Juan 6:36 “Pero os he dicho que aunque me habéis visto, no creéis.”

Aquí está el primer dato pastoral de enorme importancia: la vista no engendra fe. Quien cree sólo por lo que ve, todavía no ha creído con fe salvadora. Está en el umbral, pero no ha entrado. Los discípulos estaban allí; aún faltaba la obra secreta del Padre en sus corazones.

Etapa 2 — La fe verdadera viene por revelación del Padre

Llegamos así al momento decisivo. Junto a Cesarea de Filipo, después de un largo silencio sobre su identidad, Jesús pregunta a los Doce: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. La respuesta de Pedro no es fruto de una deducción humana ni del recuerdo acumulado de los milagros. Es el eco de una voz que sólo el corazón puede oír.

Mateo 16:15-17 “Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.”

Estas palabras del Señor son fundamentales para toda la teología reformada de la fe. “No te lo reveló carne ni sangre” significa que ningún razonamiento humano, ninguna acumulación de pruebas, ningún testimonio de los sentidos — ni siquiera tres años de convivencia con el Verbo encarnado — basta para producir la confesión salvadora. La fe que justifica es siempre un regalo que desciende del Padre, una obra soberana del Espíritu en el corazón muerto en delitos y pecados.

Pedro había visto lo mismo que Judas. Compartió los mismos caminos, escuchó los mismos sermones, presenció las mismas resurrecciones. Pero sólo Pedro confiesa: Tú eres el Cristo. Y la razón no está en Pedro, sino en el Padre que se lo reveló. Aquí se cumple lo que más tarde escribiría el apóstol Pablo: “Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo” (1 Co 12:3).

Aun viendo a Cristo, la fe salvadora no es producto del intelecto ni de la observación, sino de la obra sobrenatural de Dios en el corazón del hombre. Esto humilla todo orgullo espiritual y toda pretensión de mérito. Si creemos, es porque el Padre nos lo reveló; si confesamos, es porque el Espíritu nos dio boca para hacerlo.

III. Pedro y Judas: la misma vista, dos corazones distintos

Ningún contraste evangélico es más sobrio que el de Pedro y Judas. Ambos fueron apóstoles. Ambos oyeron el Sermón del Monte. Ambos recibieron poder sobre los demonios (Lc 9:1-2; Mr 6:7-13). Ambos presenciaron la transfiguración, caminaron sobre el agua espiritual de Israel, recibieron el pan multiplicado. Y, sin embargo, uno fue salvo, y el otro se fue “a su propio lugar” (Hch 1:25). ¿Qué los separó?

Aspecto Judas Iscariote Simón Pedro
Llamado por Jesús
Vio milagros
Participó en el ministerio
Confesión de fe No registrada “Tú eres el Cristo...” (Mt 16:16)
Motivación interna Ambición, codicia Pasión, pero sinceridad
Caída Traición Negación
Reacción al pecado Remordimiento sin arrepentimiento Arrepentimiento genuino
Destino final Perdición eterna Restauración y liderazgo
Tuvo fe verdadera ✗ NO ✓ SÍ

Judas lo vio todo, pero nunca tuvo fe verdadera. Su corazón nunca fue regenerado; seguía a Cristo con los pies, pero no con el alma. Pedro también vio, y también cayó — más dolorosamente aún, negando con juramento conocer al Maestro. Pero su fe, revelada por el Padre, fue preservada por la intercesión del propio Cristo. Por eso el Señor le había dicho:

Lucas 22:32 “Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte.”

Aquí resuena una de las verdades más consoladoras del evangelio: la fe del creyente, aunque tambalee, no perece, porque está sostenida por la oración intercesora de Cristo a la diestra del Padre. La fe verdadera puede debilitarse, puede ser tentada, puede llorar amargamente como Pedro en la madrugada; pero no se apaga del todo, porque su autor y consumador es Cristo mismo (He 12:2).

IV. Conclusión pastoral

Los apóstoles creyeron inicialmente en Cristo por lo que vieron, pero esa fe era incipiente, parcial, y no necesariamente salvadora. Fue a través de la revelación del Padre y la obra del Espíritu Santo que sus corazones fueron transformados para tener una fe verdadera, firme y perseverante. La visión los preparó; la revelación los salvó.

La visión puede impresionar,
pero solo la revelación divina salva.

Por eso el Señor, en su palabra a Tomás, no condena la fe que nace de la vista, sino que proclama bienaventurados a los que creen sin haber visto:

Juan 20:29 “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”

V. Aplicación para nosotros hoy

Aquí está la consolación que brota de todo lo anterior. Tú y yo no hemos visto a Jesús con los ojos del cuerpo. No hemos caminado por Galilea, ni tocado las cicatrices de sus manos, ni escuchado su voz humana sobre las aguas. Pero podemos conocerlo con el corazón, si el Padre nos lo revela. No necesitamos pruebas visuales; necesitamos fe dada por gracia, esa fe que es — según el apóstol Pablo — “don de Dios” (Ef 2:8), no para que nadie se gloríe.

Si hoy tu corazón confiesa a Jesucristo como Señor y Salvador, no te enorgullezcas: al Padre debes esa confesión. Si tu fe ha resistido dudas, caídas y noches oscuras, no te atribuyas mérito: a la intercesión de Cristo debes su permanencia. Y si alguna vez, como Pedro, has negado al Señor con tus palabras o tus obras, recuerda que la fe verdadera no se pierde por la debilidad, sino que vuelve — siempre vuelve — al encuentro de su Señor, porque Él ya rogó por ti.

El propio Pedro, ya anciano, escribiría a la Iglesia dispersa estas palabras que son el eco gozoso de su experiencia:

1 Pedro 1:8-9 “A quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso, obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas.”

Estos versículos resumen toda la bienaventuranza del creyente del Nuevo Pacto. No vimos, pero amamos. No tocamos, pero creemos. Y en esa fe — escondida con Cristo en Dios — ya se anticipa el gozo eterno que un día será vista plena, cuando “le veremos tal como él es” (1 Jn 3:2). Por entonces, la fe dejará de ser fe, porque la vista sucederá a la esperanza. Pero hasta ese día, caminamos por fe, no por vista (2 Co 5:7).

Amemos, sigamos y confiemos en Cristo,
no porque lo hayamos visto,
sino porque Dios nos ha dado fe para creerle.

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lunes, 14 de abril de 2025

La Verdad Bíblica sobre el Diezmo - Deuteronomio 14:22-23

Estudio Bíblico · Teología del Nuevo Pacto

Malaquías 3:10 y la Verdad Bíblica sobre el Diezmo

Una doctrina malentendida — lo que la Escritura realmente enseña sobre dar bajo el Nuevo Pacto

“Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.”

— 2 Corintios 9:7

En muchas iglesias contemporáneas, particularmente dentro del movimiento neopentecostal y del llamado “evangelio de la prosperidad”, el tema del diezmo se ha convertido en una enseñanza central —casi en el corazón mismo de la vida eclesial— presentada como un mandato divino obligatorio para todo creyente. Se enseña que el cristiano debe entregar el 10% de sus ingresos monetarios a la iglesia, so pena de caer bajo “maldición”, perder la bendición de Dios o incluso robarle al Altísimo. Algunos líderes llegan a condicionar la salvación, el bautismo o la membresía de la iglesia al cumplimiento estricto de esta práctica.

Sin embargo, al escudriñar las Sagradas Escrituras con diligencia, con honestidad exegética y bajo la guía del Espíritu Santo —no bajo el peso de tradiciones humanas ni de intereses económicos—, encontramos que esta práctica, tal como se enseña hoy en día, carece de fundamento bíblico sólido para la iglesia del Nuevo Testamento. No se trata de minimizar la generosidad cristiana —que es un mandato claro del Señor—, sino de distinguir entre lo que la Biblia realmente dice y lo que hombres han añadido por ignorancia o por avaricia.

En este estudio, examinaremos qué dice verdaderamente la Palabra de Dios sobre el diezmo: su origen, su propósito en el contexto del Antiguo Pacto, qué era exactamente lo que se diezmaba, a quién iba dirigido el mandato, cómo se cumplió ceremonialmente en Cristo, y cómo debemos vivir los cristianos bajo la gracia del Nuevo Pacto en materia de dar. Que el Señor nos conceda corazones enseñables y mentes renovadas por Su Palabra.

I. ¿Qué significa la palabra “diezmo”?

La palabra “diezmo” proviene del hebreo ma'aser (מַעֲשֵׂר), que significa literalmente “la décima parte”. En la Septuaginta —la traducción griega del Antiguo Testamento— se traduce como dekate, también “décimo”. En el contexto bíblico, se refiere específicamente a la décima parte de los productos agrícolas o ganaderos que el pueblo de Israel debía apartar para propósitos ordenados por Dios bajo el pacto mosaico.

No era una contribución voluntaria, ni un impuesto civil arbitrario, ni mucho menos un porcentaje del salario monetario. Era una ordenanza específica dentro del sistema levítico y del pacto mosaico, vinculada a la tierra prometida, al sustento de la tribu sacerdotal de Leví y a las fiestas sagradas del calendario hebreo. Comprender este detalle es fundamental, porque de él depende toda la cuestión de si el diezmo es o no transferible a la iglesia cristiana del Nuevo Pacto.

II. ¿Dónde y a quién ordenó Dios el diezmo como ley?

La primera mención clara del diezmo como una ordenanza legal para Israel se encuentra en el libro de Deuteronomio. En Deuteronomio 14:22-23 leemos:

Deuteronomio 14:22-23 “Indefectiblemente diezmarás todo el producto del grano que rindiere tu campo cada año, y lo comerás delante de Jehová tu Dios en el lugar que él escogiere para poner allí su nombre, el diezmo de tu grano, de tu vino y de tu aceite, y de los primogénitos de tus vacas y de tus ovejas, para que aprendas a temer a Jehová tu Dios todos los días.”

Este mandato era claro: el diezmo debía ser tomado de los productos agrícolas y ganaderos, no de dinero, y se ofrecía anualmente, no semanal ni mensualmente. Más aún, una porción del diezmo debía ser comida por el mismo israelita y su familia delante del Señor en el lugar que Él escogiera (Jerusalén), como acto de adoración y dependencia.

Es crucial notar a quién iba dirigido este mandato. En Deuteronomio 5:1-3, Moisés declara explícitamente:

Deuteronomio 5:1-3 “No con nuestros padres hizo Jehová este pacto, sino con nosotros todos los que estamos aquí hoy vivos.”

Este pacto —incluyendo las leyes sobre el diezmo— fue dado específicamente a la nación de Israel, no a todas las naciones ni a los gentiles. Por tanto, no podemos asumir que esta ley aplica directamente a los cristianos de hoy, quienes no formamos parte del Israel físico ni estamos bajo el pacto mosaico. Como dice el apóstol Pablo: “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6:14).

III. ¿Qué era el diezmo según la ley de Dios?

El diezmo ordenado por Dios no era dinero, como suele enseñarse hoy, sino productos agrícolas y ganaderos. Esto se detalla con claridad en las Escrituras:

  • Levítico 27:30: “Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, es de Jehová; consagrado es a Jehová.”
  • Levítico 27:32: “Y todo el diezmo de vacas o de ovejas, de todo lo que pasa bajo la vara, el diezmo será consagrado a Jehová.”
  • Deuteronomio 14:23: “Y comerás delante de Jehová tu Dios... el diezmo de tu grano, de tu vino y de tu aceite, y de los primogénitos de tus vacas y de tus ovejas...”

En ningún pasaje del Antiguo Testamento se menciona que el diezmo debía ser dado en dinero. Más aún, el propósito del diezmo era triple:

  • Sostener a los levitas, quienes no tenían heredad de tierra entre las tribus de Israel (Números 18:21-24).
  • Proveer para los pobres, las viudas, los huérfanos y los extranjeros, mediante el “diezmo del tercer año” (Deuteronomio 14:28-29; 26:12-13).
  • Celebrar las fiestas sagradas en el lugar que Dios escogiera, donde el israelita y su familia comían parte del diezmo en adoración (Deuteronomio 14:22-26).

El “alfolí” mencionado en Malaquías 3:10 —del hebreo otsar, que significa “almacén” o “depósito”— no era una caja fuerte para dinero ni una cuenta bancaria. Era literalmente un almacén para alimentos: granos, vino, aceite y carne, que se distribuían para el sustento de los sacerdotes, los levitas y los necesitados. El mismo contexto lo indica:

Malaquías 3:10 “Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.”

Note la palabra clave: “alimento” —no “dinero”. Aplicar este texto a los diezmos monetarios modernos es forzar el texto más allá de su significado original.

IV. Comparación: el diezmo del AT vs. el “diezmo” moderno

Aspecto Diezmo bíblico (AT) “Diezmo” moderno
Qué se daba ✓ Alimentos (grano, vino, ganado) ✗ Dinero (10% del salario)
A quién iba dirigido ✓ A Israel bajo el pacto mosaico ✗ A cristianos bajo el Nuevo Pacto
Frecuencia ✓ Anual ✗ Mensual o semanal
Destino ✓ Levitas, pobres, fiestas ✗ Iglesia local (a veces pastors)
Amenaza por no dar ✓ Maldición (Malaquías 3:9) ✗ Aplicada indebidamente
¿Vigente hoy? ✗ NO (cumplido en Cristo) ✗ No tiene base bíblica

V. ¿Es Malaquías 3:8-10 un mandato para los cristianos?

Uno de los textos más utilizados —y más mal aplicados— para exhortar a los creyentes a diezmar es Malaquías 3:8-10, donde Dios reprende a Israel diciendo:

Malaquías 3:8-10 “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y decís: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.”

Sin embargo, este pasaje tiene un contexto específico que casi nunca se menciona desde los púlpitos que lo usan para exigir dinero:

  • Dios está hablando a la nación de Israel bajo el Antiguo Pacto, no a la iglesia del Nuevo Testamento. Note: “vosotros, la nación toda” — se refiere a Israel como pueblo del pacto.
  • El reclamo era por negligencia en las leyes mosaicas, incluyendo el diezmo de productos agrícolas y ganaderos que debían llevar al templo para el sustento de los levitas y las necesidades del culto.
  • El “alfolí” era un almacén de alimentos, no una cuenta bancaria de la iglesia local ni un sueldo pastoral.

Usar este pasaje para exigir el diezmo de dinero a los cristianos es una mala aplicación de la Escritura que viola el principio fundamental de la hermenéutica bíblica: un texto no puede significar para nosotros lo que nunca significó para sus destinatarios originales.

Además, el Antiguo Pacto, con todas sus ordenanzas ceremoniales y civiles, ha sido cumplido y abrogado en Cristo. Como dice Hebreos 8:13: “Al decir: Nuevo pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer”. Y Hebreos 7:18-19:

Hebreos 7:18-19 “Queda, pues, abrogado el mandamiento anterior por su debilidad e ineficacia (pues nada perfeccionó la ley), y de la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios.”

Asimismo, Colosenses 2:14 nos enseña que Cristo “canceló el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz”. Por tanto, las leyes ceremoniales y civiles del Antiguo Pacto —incluyendo el diezmo levítico— no son vinculantes para los creyentes del Nuevo Pacto.

VI. ¿Se enseña el diezmo en el Nuevo Testamento?

El diezmo se menciona en el Nuevo Testamento, pero nunca como un mandato para la iglesia. Examinemos los pasajes clave:

1. Mateo 23:23 y Lucas 11:42 — Jesús reprende a los fariseos por su hipocresía, diciendo que diezman hasta de la menta y el comino, pero descuidan la justicia, la misericordia y la fe. Aquí Jesús no está estableciendo una norma para los cristianos; al contrario, está señalando la actitud legalista de los fariseos que estaban todavía bajo la ley mosaica, antes de que el Nuevo Pacto fuera sellado con Su sangre en la cruz.

2. Hebreos 7:1-14 — Se habla del diezmo que Abraham dio a Melquisedec (Génesis 14:18-20). Sin embargo, el propósito del pasaje no es enseñar que los cristianos deben diezmar, sino demostrar la superioridad del sacerdocio de Melquisedec —que prefigura a Cristo— sobre el sacerdocio levítico. El argumento es cristológico, no económico.

En ningún lugar del Nuevo Testamento se exhorta a los creyentes a dar un diezmo obligatorio del 10% de sus ingresos. Los apóstoles nunca enseñaron esta práctica como norma para la iglesia. En cambio, el Nuevo Testamento nos enseña principios de ofrendas generosas y voluntarias:

2 Corintios 9:6-7 “Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.”

Note el contraste con el diezmo del Antiguo Pacto:

  • “Cada uno” — no es solo para los ricos ni para los miembros de una denominación, sino para todos los creyentes.
  • “Como propuso en su corazón” — la cantidad la decide el creyente bajo la guía del Espíritu, no un porcentaje fijo.
  • “No con tristeza, ni por necesidad” — no debe darse bajo coacción, manipulación o amenaza de maldición.
  • “Dios ama al dador alegre” — el motive es la gratitud por la gracia recibida, no el miedo al castigo.

Para algunos esto puede significar dar más del 10% —los macedonios dieron con alegría aun en su pobreza extrema (2 Co 8:1-5)—; para otros, menos. La cuestión no es el porcentaje, sino el corazón. Como dice Pablo: “Porque si primero hay la voluntad pronta, será aceptada según lo que uno tiene, no según lo que no tiene” (2 Corintios 8:12).

VII. ¿Por qué tantas iglesias enseñan el diezmo obligatorio?

Si el diezmo obligatorio no tiene fundamento en el Nuevo Testamento, ¿por qué tantas iglesias insisten en enseñarlo? La respuesta puede ser doble:

1. Ignorancia de las Escrituras: Algunos líderes no han estudiado a fondo el contexto bíblico del diezmo y repiten tradiciones humanas sin cuestionarlas. Como dijo el propio Señor: “En vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Marcos 7:7). Muchos pastores sinceros simplemente enseñaron lo que ellos mismos fueron enseñados, sin examinarlo a la luz del Nuevo Pacto.

2. Avaricia y manipulación: Otros, lamentablemente —y esto es más grave—, usan el diezmo como una herramienta para obtener ganancias personales, manipulando a los creyentes con temor y falsas promesas de bendición. Esto es precisamente lo que el apóstol Pedro advierte en 2 Pedro 2:3:

2 Pedro 2:3 “Y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme.”

La práctica de exigir el diezmo de dinero, acompañada de amenazas de maldición basadas en Malaquías 3, es una distorsión de la Palabra de Dios que convierte la gracia del evangelio en un sistema de mercadería. Cuando un líder condiciona la bendición de Dios —o incluso la salvación— al pago del diezmo, está cometiendo un grave abuso espiritual que Dios juzgará con severidad. Como cristianos, debemos rechazar estas enseñanzas y regresar a la verdad de las Escrituras.

VIII. Aplicación pastoral para hoy

La enseñanza bíblica sobre el diezmo no es un tema menor. Tiene implicaciones directas para nuestra relación con Dios, con la iglesia y con nuestros recursos. Algunas aplicaciones concretas:

  • Da con generosidad y alegría: El cristiano bajo el Nuevo Pacto no está obligado al 10%, pero está llamado a una generosidad mayor que la del Antiguo Pacto —porque hemos recibido más (Lucas 12:48). Diezmar el 10% puede ser para muchos el punto de partida, pero el principio del NT es dar como Cristo nos dio: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9).
  • Examina las enseñanzas que recibes: No aceptes ciegamente lo que se predica desde el púlpito. Escudriña las Escrituras por ti mismo (Hechos 17:11). Si una iglesia enseña algo que no puedes sostener con la Biblia, habla con el pastor; si persiste en el error, busca una congregación fiel.
  • Huye de la manipulación: Si un líder te amenaza con maldiciones, te condiciona la salvación, o te promete “cientos multiplicados” a cambio de tu dinero, aléjate. Esa no es la voz del Buen Pastor, sino la del mercader.
  • Sostén a tu iglesia local: Aunque el diezmo no es un mandato, la Escritura sí enseña que los creyentes deben sostener económicamente a sus pastores y a la obra del ministerio: “El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye” (Gálatas 6:6; ver también 1 Timoteo 5:17-18; 1 Corintios 9:7-14). Pero esto se hace con libertad y alegría, no bajo coacción legalista.
  • Recuerda a los pobres: Parte fundamental de la ofrenda cristiana debe ir a los necesitados —las viudas, los huérfanos, los pobres, los misioneros—. Como dice Santiago: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Santiago 1:27).

Preguntas para reflexión personal o comunitaria

  1. ¿Has sido enseñado bajo el diezmo obligatorio con amenaza de maldición? ¿Cómo te hace sentir saber que esto no tiene base en el Nuevo Testamento?
  2. ¿Das con alegría y generosidad, o por miedo, costumbre o presión social?
  3. ¿Tu iglesia enseña fielmente lo que el Nuevo Testamento dice sobre dar, o usa Malaquías 3:10 como herramienta de manipulación financiera?
  4. ¿Estás dispuesto a sostener económicamente la obra del Señor —pastores, misiones, pobres— como respuesta agradecida al evangelio de la gracia, sin que se te exija un porcentaje fijo?

IX. Conclusión: vivamos bajo la gracia del Nuevo Pacto

El diezmo, como se prescribe en el Antiguo Testamento, era una ley específica para Israel bajo el pacto mosaico, consistente en productos agrícolas y ganaderos, destinados al sustento de los levitas, los pobres y las fiestas sagradas. No hay base bíblica para exigir un diezmo de dinero a los cristianos, ni para amenazar con maldiciones a quienes no lo entregan. Tal práctica es una distorsión de la Escritura que roba al creyente la libertad y la alegría de dar bajo la gracia.

En el Nuevo Pacto, somos llamados a dar generosamente, con alegría y conforme a lo que hemos decidido en nuestro corazón, no bajo coacción ni legalismo. La pregunta no es “¿cuánto debo dar?”, sino “¿cuánto de mí mismo —no solo de mi dinero, sino de mi vida— le pertenece a Dios?” Y la respuesta del evangelio es: todo, porque Cristo lo dio todo por nosotros en la cruz.

Amado hermano, escudriña las Escrituras por ti mismo
— como nos manda el Señor Jesús en Juan 5:39 —
no permitas que tradiciones humanas o manipulaciones
te aparten de la verdad del evangelio.
Si una iglesia o líder te enseña que debes dar un diezmo obligatorio
para evitar una maldición,
pregúntate: ¿está esto en armonía
con el evangelio de la gracia?

Como dice Pablo en 1 Timoteo 6:5, debemos apartarnos de aquellos “que toman la piedad como fuente de ganancia”. Que el Señor te dé entendimiento y libertad para vivir conforme a Su Palabra, no bajo el yugo de mandamientos humanos, sino bajo la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Romanos 8:21).

Oración “Padre celestial, gracias por la gracia inmerecida que nos has dado en Cristo Jesús. Líbranos de los yugos de mandamientos humanos y de la manipulación de aquellos que hacen mercadería de tu pueblo. Enséñanos a dar con alegría, generosidad y libertad, como respuesta agradecida al don inefable de tu Hijo. Que ni la avaricia ni el miedo gobiernen nuestros corazones, sino el amor de Cristo que nos constriñe. Que tu iglesia sea sostenida por ofrendas voluntarias y alegres, no por amenazas legalistas. En el nombre de Jesucristo, Amén.”

Sobre el autor

Andrés Martínez es un creyente en Jesucristo, convencido de que la Biblia es la Palabra inspirada e inerrante de Dios, y de que la fe reformada expresa con mayor fidelidad las verdades del evangelio tal como fueron proclamadas por los apóstoles y redescubiertas en la Reforma del siglo XVI. Escribe en De la mano del Hijo para edificar a los hermanos que anhelan crecer en el conocimiento del Hijo de Dios.

andresfmartinezv@gmail.com
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