• Malaquías 3:10 es uno de esos versículos que resuena en casi todas las iglesias donde el dinero y la fe se cruzan.
  • En muchas iglesias contemporáneas, es común escuchar a líderes autoproclamarse "apóstoles", reclamando una autoridad especial y un estatus elevado dentro del cuerpo de Cristo.
  • En muchos círculos cristianos, Apocalipsis 3:20 se ha convertido en un versículo emblemático para el evangelismo.
  • La doctrina de la "confesión positiva" enseña que nuestras palabras tienen el poder de crear milagros, pero ¿es esto bíblico? Este artículo examina sus orígenes, contrastándolos con las Escrituras, y advierte sobre su peligrosa desviación del verdadero evangelio de Cristo.
  • La historia de la mujer con el flujo de sangre (Mateo 9:20-22, Marcos 5:25-34, Lucas 8:43-48) es más que un milagro físico: es una lección profunda sobre la verdadera fe. Más allá de la sanidad, Jesús le otorgó salvación, destacando que no fue el manto el que la curó, sino su confianza en Él. Este capítulo explora el significado espiritual de su historia y nos desafía a buscar a Cristo, no solo por sus milagros, sino por la vida eterna que ofrece.
Mostrando entradas con la etiqueta Escrituras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Escrituras. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de julio de 2026

Efesios 2:20 - ¿Existen Los Apóstoles Hoy Día?

Estudio Bíblico · Eclesiología Reformada

¿Existen Apóstoles Hoy Día?

Una perspectiva bíblica y reformada sobre el oficio apostólico

“Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo.”

— Efesios 2:20

En muchas iglesias contemporáneas, especialmente dentro de los movimientos neopentecostales y de la llamada “Nueva Reforma Apostólica”, es común escuchar a líderes autoproclamarse “apóstoles”, reclamando una autoridad especial y un estatus elevado dentro del cuerpo de Cristo. Se les ve en plataformas prominentes, rodeados de séquitos, con títulos como “Apóstol”, “Apóstol Mayor” o incluso “Apóstol de Dios en la Tierra”, y sus palabras se reciben con una reverencia que debería reservarse únicamente para la Escritura.

Sin embargo, al examinar las Sagradas Escrituras con diligencia y sumisión a su autoridad, descubrimos que el oficio de apóstol, tal como fue establecido en el Nuevo Testamento, tiene características únicas y requisitos específicos que no pueden cumplirse en la actualidad. En este estudio, exploraremos qué dice la Biblia sobre los apóstoles, quiénes calificaban para este oficio, por qué el cargo fue cerrado al final del primer siglo, y por qué debemos ser cautelosos con aquellos que hoy reclaman este título sin fundamento bíblico.

I. ¿Qué es un apóstol según la Escritura?

La palabra “apóstol” proviene del griego apostolos (ἀπόστολος), que significa “enviado” o “mensajero”. En el mundo greco-romano del primer siglo, el término designaba a un delegado oficial, alguien comisionado con autoridad para representar al que lo enviaba. En la Septuaginta (la traducción griega del Antiguo Testamento), la palabra se usaba ocasionalmente para traducir el hebreo shaliaj, que designaba a un enviado legal con plenos poderes para actuar en nombre de quien lo comisionaba.

Sin embargo, en el contexto del Nuevo Testamento, el término tiene un significado mucho más específico cuando se aplica a los apóstoles de Jesucristo. No todos los “enviados” en un sentido general (como lo serían los misioneros hoy) califican como apóstoles en el sentido técnico y carismático que la Escritura les otorga. Hay una diferencia entre ser enviado como misionero y ser Apóstol de Cristo con mayúsculas.

Según las Escrituras, un apóstol en el sentido técnico debía cumplir con dos requisitos fundamentales e innegociables:

  • 1. Haber sido testigo ocular del Cristo resucitado: Esto incluía haber visto a Jesús después de Su resurrección, como un testimonio directo y verificable de Su victoria sobre la muerte. El apóstol no predicaba un rumor, sino lo que había visto con sus propios ojos.
  • 2. Haber sido comisionado personalmente por Jesús: Los apóstoles no se autoproclamaban ni eran electos por asambleas; eran escogidos y enviados directamente por el Señor para cumplir una misión única en los fundamentos de la iglesia.

Estos requisitos se ven claramente en el proceso de selección del reemplazo de Judas Iscariote, registrado en Hechos 1:21-22:

Hechos 1:21-22 “Es necesario, pues, que de los hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros de su resurrección.”

Matías fue elegido porque cumplía con estos criterios: había acompañado a Jesús durante Su ministerio terrenal (desde el bautismo de Juan hasta la ascensión) y había sido testigo de Su resurrección. Su elección fue confirmada por oración y sorteo bajo la dirección soberana de Dios (Hechos 1:24-26), demostrando que ni siquiera la iglesia tenía autoridad para designar apóstoles por sí sola; era Cristo mismo quien los escogía, y la comunidad solo reconocía Su elección.

II. Pablo: el apóstol “como a un abortivo”

El apóstol Pablo también cumple con estos requisitos, aunque de una manera única y extraordinaria. En 1 Corintios 9:1, él mismo declara:

1 Corintios 9:1 “¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor?”

Pablo tuvo un encuentro directo con el Cristo resucitado en el camino a Damasco (Hechos 9:3-6), y fue comisionado personalmente por Jesús para ser “apóstol a los gentiles” (Romanos 11:13; Gálatas 1:15-16). Sin embargo, Pablo también señala algo crucial en 1 Corintios 15:8:

1 Corintios 15:8 “Y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí.”

Con esta declaración solemne, Pablo afirma que él fue el último apóstol escogido por Cristo. Su uso del término “abortivo” (ektroma) indica que su apostolado fue extraordinario y fuera de tiempo: no formó parte del grupo original de los doce, no acompañó a Jesús durante Su ministerio terrenal, pero recibió revelaciones directas del Señor resucitado para compensar su falta de instrucción previa (Gálatas 1:11-12).

La lista de apariciones de Cristo resucitado que Pablo ofrece en 1 Corintios 15:5-8 —a Pedro, a los doce, a más de quinientos hermanos, a Santiago, a todos los apóstoles y finalmente a él mismo— parece cerrar definitivamente el círculo de aquellos que fueron testigos directos y comisionados como apóstoles. No hay indicación en las Escrituras de que este oficio continuaría más allá de esta generación fundacional.

III. El rol único de los apóstoles en la iglesia

Los apóstoles desempeñaron un papel absolutamente único en la fundación de la iglesia. Efesios 2:20 nos enseña que la iglesia está “edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”. Un fundamento, por su propia naturaleza, se pone una sola vez al inicio; no se continúa edificando capa tras capa de fundamento por los siglos. Una vez puesto, lo que sigue es la edificación de la superestructura sobre ese cimiento.

Además, los apóstoles tenían una autoridad exclusiva para establecer doctrina y guiar a la iglesia primitiva. Sus escritos, inspirados por el Espíritu Santo, forman parte del canon del Nuevo Testamento y son la norma infalible para toda enseñanza cristiana. Pablo podía decir con autoridad: “Si alguno piensa que es profeta o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor” (1 Corintios 14:37). Ningún líder actual puede legítimamente hacer esa afirmación.

También tenían donde milagrosos que autenticaban su ministerio, los llamados “señales de apóstol” mencionados en 2 Corintios 12:12: “Con todo, las señales de apóstol se han hecho entre vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros.” Estos milagros no eran para beneficio personal del apóstol, sino para validar que su mensaje venía de Dios. Cuando el fundamento quedó completo y el Nuevo Testamento fue escrito, estos dones de señalización cesaron, pues ya no eran necesarios.

IV. Comparación: Apóstoles bíblicos vs. “apóstoles” modernos

Aspecto Apóstoles del NT “Apóstoles” modernos
Testigos del Cristo resucitado ✓ Sí (Hch 1:21-22) ✗ Imposible
Comisionados directamente por Cristo ✓ Sí (Mc 3:14) ✗ Se autoproclaman
Escribieron Escritura inspirada ✓ Sí (NT) ✗ No
Hacían señales y milagros autenticadores ✓ Sí (2 Co 12:12) ✗ No verificables
Forman parte del fundamento de la iglesia ✓ Sí (Ef 2:20) ✗ El fundamento ya está puesto
¿Tienen autoridad bíblica vigente? ✓ SÍ (a través de sus escritos) ✗ NO

V. ¿Existen apóstoles hoy día?

Dado lo que las Escrituras enseñan sobre los requisitos y el rol de los apóstoles, debemos concluir con firmeza bíblica que no existen apóstoles en el sentido técnico del Nuevo Testamento en la actualidad. Nadie hoy puede cumplir con los criterios de haber visto al Cristo resucitado y haber sido comisionado directamente por Él. Además, el fundamento de la iglesia ya ha sido establecido, y la revelación de Dios ha sido completada en las Sagradas Escrituras (Apocalipsis 22:18-19; Judas 3).

Cualquier persona que reclame el título de “apóstol” con la misma autoridad que los apóstoles del Nuevo Testamento está yendo más allá de lo que la Biblia permite y, en la práctica, está colocando su palabra por encima o al mismo nivel que la Escritura. Esto es exactamente lo que denunciaba el apóstol Juan cuando escribió: “No creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1).

Sin embargo, es importante hacer una distinción justa: la palabra “apóstol” puede usarse en un sentido secundario y más amplio para referirse a “enviados” o misioneros (como en el caso de Bernabé en Hechos 14:14, quien es llamado “apóstol” en un sentido genérico de enviado de la iglesia, no en el sentido técnico de los Doce). También Silvano y Timoteo son llamados así en 1 Tesalonicenses 2:6 en un sentido amplio. Pero este uso no implica que tuvieran la misma autoridad o función que los doce y Pablo. En la iglesia contemporánea, los pastores, maestros, evangelistas y misioneros cumplen roles vitales para edificar al cuerpo de Cristo (Efesios 4:11-12), pero ninguno de ellos es un apóstol en el sentido técnico y carismático del Nuevo Testamento.

VI. El peligro de la obsesión con títulos y poder

Lamentablemente, en muchas iglesias modernas, el título de “apóstol” se ha convertido en un símbolo de poder, prestigio y autoridad que no está respaldado por la Escritura. Esta obsesión con títulos elevados refleja una sed de reconocimiento humano que es contraria al espíritu humilde de Jesucristo. Como dijo el Señor en Marcos 10:43-44:

Marcos 10:43-44 “Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos.”

En lugar de buscar títulos grandiosos, los líderes de la iglesia deben imitar el ejemplo de Cristo, quien “no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). La verdadera grandeza en el reino de Dios no se mide por el nombre que llevamos, sino por la humildad y fidelidad con que servimos.

Además, esta obsesión con títulos a menudo va acompañada de un culto casi idolátrico hacia personalidades famosas dentro de la iglesia. Muchos creyentes, en lugar de aferrarse a la Palabra de Dios, depositan su fe en líderes carismáticos que prometen bendiciones o revelaciones especiales. Esto no solo desvía la gloria que pertenece únicamente a Cristo, sino que también expone a los creyentes al engaño y a falsas enseñanzas, como las que denunció Pablo a los corintios: “Porque si viene alguno predicando a otro Jesús que el que hemos predicado, o si recibís otro espíritu que el que habéis recibido, u otro evangelio que el que habéis aceptado, bien lo toleráis” (2 Corintios 11:4).

VII. Aplicación pastoral para hoy

Hermano lector, la enseñanza bíblica sobre el apostolado no es un tema académico sin importancia práctica. Tiene implicaciones directas para tu vida cristiana y para la salud espiritual de la iglesia. Algunas aplicaciones concretas:

  • Somete toda enseñanza a la Escritura: Cualquier líder, por más carismático que sea, debe ser evaluado por la Palabra de Dios. Si alguien enseña algo contrario a la Escritura, o reclama autoridad equivalente a ella, aléjate (Hch 17:11; Gá 1:8-9).
  • Desconfía de los títulos inflados: Cuando un líder exige ser llamado “apóstol”, “profeta” o “ungido” y exige sumisión incondicional, eso es una señal de alerta. Los verdaderos siervos de Cristo no buscan su propia gloria (Jn 7:18).
  • Busca una iglesia fiel: Donde se predique expositivamente la Palabra, donde los líderes sean pastores que sirven y no señores que dominan, donde se respete la autoridad única de la Escritura (1 P 5:1-4).
  • Abraza la humildad del evangelio: No necesitas un título elevado para ser usado por Dios; necesitas un corazón humilde, una vida consagrada y una fe arraigada en la Palabra. “Al pie de la cruz, todos somos párvulos”.

Preguntas para reflexión personal o grupal

  1. ¿He puesto mi confianza en algún líder humano por encima de la autoridad de la Escritura?
  2. ¿Sé discernir entre un pastor fiel y un falso apóstol que busca su propia gloria?
  3. ¿Estoy dispuesto a humillarme y servir sin buscar reconocimiento, siguiendo el ejemplo de Cristo?
  4. ¿Mi iglesia local se somete a la Escritura como autoridad final, o sigue “revelaciones” extras-bíblicas de líderes carismáticos?

VIII. Conclusión

La Escritura nos enseña que los apóstoles del Nuevo Testamento fueron un grupo único e irrepetible, escogido por Cristo para establecer el fundamento de la iglesia. Su autoridad y función no tienen paralelo en la iglesia actual, pues nadie puede cumplir con los requisitos que ellos cumplieron ni reclamar la misma revelación directa que ellos recibieron. El fundamento ya está puesto; Cristo es la piedra angular; la Escritura está completa.

Si alguien te invita a seguir a un “apóstol” moderno
con autoridad sobre las Escrituras,
examina sus palabras a la luz de la Biblia.
Nuestra lealtad suprema es a Cristo,
no a hombres.

Que el Señor nos conceda discernimiento para reconocer la verdad, humildad para servirle sin buscar gloria para nosotros mismos, y fidelidad para sostenernos en la roca de Su Palabra. Que nuestro único deseo sea exaltar a Cristo, el verdadero fundamento y cabeza de la iglesia, el cual es sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén. (Romanos 9:5).

Oración “Padre celestial, gracias por habernos dado el fundamento seguro de los apóstoles y profetas, con Cristo como piedra angular. Danos discernimiento para no seguir voces que se elevan por encima de Tu Palabra, y humildad para servir a Tu iglesia como Tú nos has servido. Que Cristo sea exaltado en todo, y que ninguno de nosotros busque gloria para sí mismo. En el nombre de Jesucristo, Amén.”

Sobre el autor

Andrés Martínez es un creyente en Jesucristo, convencido de que la Biblia es la Palabra inspirada e inerrante de Dios, y de que la fe reformada expresa con mayor fidelidad las verdades del evangelio tal como fueron proclamadas por los apóstoles y redescubiertas en la Reforma del siglo XVI. Escribe en De la mano del Hijo para edificar a los hermanos que anhelan crecer en el conocimiento del Hijo de Dios.

andresfmartinezv@gmail.com
📷 @feylectura en Instagram

✦ ✦ ✦

Etiquetas: Apóstoles Eclesiología Sola Scriptura Falsos maestros Teología Reformada Nuevo Testamento Estudio Bíblico

Cristo es el fundamento · Soli Deo Gloria

jueves, 3 de abril de 2025

Entre el Abismo y las Llamas: Una Exploración Bíblica de los Reinos de la Justicia Divina.

Estudio Bíblico · Escatología Reformada

Entre el Abismo y las Llamas

Una exploración bíblica de los reinos de la justicia divina

“Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.”

— Mateo 25:41

En las profundidades de las Sagradas Escrituras encontramos términos que despiertan tanto asombro como temor reverente: el “abismo” y el “infierno”. Estas palabras evocan imágenes de oscuridad, juicio y el peso inescapable de la santidad de Dios. Pero, ¿son lo mismo? ¿Qué distingue el pozo sellado del abismo de las llamas eternas del infierno? ¿Por qué los demonios le temen al abismo (Lucas 8:31) si el infierno es el castigo final? ¿Acaso hay un propósito distinto en cada uno?

Como cristianos reformados, comprometidos con la autoridad suprema de la Palabra de Dios (Sola Scriptura), debemos desentrañar estos conceptos con reverencia, precisión exegética y humildad teológica. La Escritura no fue dada para satisfacer nuestra curiosidad morbosa sobre el infierno, sino para advertirnos solemnemente sobre la realidad del juicio divino y para conducirnos a Cristo, el único refugio contra la ira venidera.

En este estudio nos aproximaremos a estos temas siguiendo seis líneas de reflexión bíblica: el abismo como prisión temporal, el infierno como castigo eterno, las cuatro palabras bíblicas que se traducen como “infierno” (Sheol, Hades, Gehenna, lago de fuego), el contraste teológico entre ambos reinos, la visión reformada de la soberanía divina sobre el mal, y una aplicación pastoral que nos conduzca desde el terror del juicio a la cruz del Calvario.

Las seis líneas que examinaremos

  1. I. El abismo: el pozo de la oscuridad primordial y prisión espiritual
  2. II. Las cuatro palabras: Sheol, Hades, Gehenna, lago de fuego
  3. III. El infierno: las llamas de la justicia eterna
  4. IV. El contraste revelado: abismo versus infierno
  5. V. La visión reformada: soberanía y redención
  6. VI. Aplicación pastoral: del abismo a la cruz

I. El abismo: el pozo de la oscuridad primordial

Imagina un lugar envuelto en tinieblas, un abismo sellado donde las fuerzas del mal son contenidas por la mano soberana de Dios. Este es el “abismo” que las Escrituras nos presentan, un término que resuena desde los albores de la creación hasta los tiempos finales. Su historia comienza en Génesis 1:2:

Génesis 1:2 “Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.”

Aquí, el hebreo tehom pinta un cuadro de caos acuoso, una profundidad informe que precede al orden divino. No es un lugar de castigo, sino un estado primordial que Dios somete con Su palabra. El Espíritu Santo se movía sobre las aguas —imagen de soberanía y control—, preparando la creación ordenada que vendría.

A medida que avanzamos en la narrativa bíblica, sin embargo, el abismo evoluciona hacia algo más definido y siniestro. En Salmo 71:20, el salmista clama:

Salmo 71:20 “Tú, que me has hecho ver muchas angustias y males, volverás a darme vida, y de nuevo me levantarás de los abismos de la tierra.”

Aunque metafórico, este uso sugiere una conexión con la aflicción y la muerte, un eco de la separación de la presencia de Dios. Pero es en el Nuevo Testamento donde el abismo (abyssos en griego) toma forma como un lugar específico y temido. En Lucas 8:31, los demonios imploran a Jesús:

Lucas 8:31 “Y le rogaban que no los mandase al abismo.”

¿Qué temen estas criaturas espirituales? Apocalipsis 9:1-2 nos ofrece una visión:

Apocalipsis 9:1-2 “Y el quinto ángel tocó la trompeta, y vi una estrella que cayó del cielo a la tierra; y le fue dada la llave del pozo del abismo. Y abrió el pozo del abismo, y subió humo del pozo como humo de un gran horno, y se oscureció el sol y el aire por el humo del pozo.”

El abismo es un “pozo” sellado, una prisión de oscuridad de donde emergen seres demoníacos bajo el juicio soberano de Dios. Más adelante, en Apocalipsis 20:1-3, su propósito se aclara aún más:

Apocalipsis 20:1-3 “Vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años; y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso sellos sobre él, para que no engañase más a las naciones.”

Aquí, el abismo es claramente un lugar de reclusión temporal, una celda divina para Satanás y sus huestes. No es su destino final, sino su prisión provisional mientras se desarrolla el drama redentor. Como señala el teólogo reformado Louis Berkhof:

“El abismo es un lugar de tinieblas, ordenado por la sabiduría de Dios para contener a los rebeldes espirituales hasta que su juicio final sea ejecutado. No es su fin, sino su cadena.” — Louis Berkhof, Teología Sistemática

El abismo, entonces, no es un destino eterno, sino un instrumento de la soberanía divina, un preludio al castigo final. Dios incluso usa la prisión temporal como prueba de Su control absoluto sobre las fuerzas espirituales rebeldes.

II. Las cuatro palabras: Sheol, Hades, Gehenna, lago de fuego

Antes de abordar el infierno como castigo eterno, necesitamos hacer una precisión exegética fundamental que casi nunca se enseña desde los púlpitos: el término “infierno” en nuestras Biblias abarca varias palabras originales distintas, cada una con su propio significado. No todas se refieren al destino final de los condenados. Veamos:

Término original Significado Naturaleza Ejemplo bíblico
Sheol (hebreo) Reino de los muertos Temporal / intermedio Salmo 16:10
Hades (griego) Equivalente NT de Sheol Temporal / intermedio Lucas 16:23
Gehenna (griego) Fuego eterno de castigo Eterno Marcos 9:43
Lago de fuego Destino final definitivo Eterno / final Apocalipsis 20:14

Esta distinción es crucial. Sheol (en el AT) y su equivalente griego Hades (en el NT) se refieren al estado intermedio de los muertos antes del juicio final —no son el infierno eterno, sino el lugar de espera donde los impíos ya experimentan tormento preliminar, pero no el castigo definitivo. La parábola del rico y Lázaro en Lucas 16:19-31 ilustra este estado intermedio: el rico está en tormento en el Hades, pero el Hades mismo será arrojado al lago de fuego al final (Apocalipsis 20:14).

Gehenna es el término que Jesús usa con más frecuencia para referirse al castigo eterno. Deriva del Valle de Hinom, un sitio cercano a Jerusalén donde en tiempos del AT se habían practicado sacrificios infantiles al dios Moloc (2 Reyes 23:10; 2 Crónicas 28:3), y que el rey Josías profanó convirtiéndolo en un lugar de quema constante de basura. El fuego perpetuo y los gusanos de Gehenna se convirtieron en la metáfora natural para el castigo eterno.

Finalmente, el lago de fuego aparece solo en Apocalipsis (19:20; 20:10, 14-15; 21:8) y representa el destino final y definitivo de Satanás, la bestia, el falso profeta, la muerte, el Hades y todos los impíos. Es el “infierno” en su forma más consumada y eterna.

III. El infierno: las llamas de la justicia eterna

Si el abismo es una prisión temporal, el infierno —entendido como Gehenna y lago de fuego— es el tribunal eterno de Dios, un lugar donde Su ira contra el pecado arde sin fin. Jesús mismo lo enseñó con solemnidad en Mateo 25:41:

Mateo 25:41 “Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.”

Note tres verdades sobrecogedoras en este texto. Primero, el fuego es “eterno” —no temporal ni aniquilador, sino sin fin. Segundo, fue “preparado” —no improvisado tras la caída, sino ordenado por la soberanía de Dios desde antes de la creación. Tercero, fue preparado originalmente “para el diablo y sus ángeles” —los seres humanos que allí terminan lo hacen porque rechazaron a Cristo y se aliaron, en efecto, con el reino de las tinieblas.

En Marcos 9:47-48, Jesús advierte aún más gráficamente:

Marcos 9:47-48 “Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al infierno [Gehenna], donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga.”

Estas no son palabras de un fanático, sino del Hijo de Dios encarnado, que ama a los pecadores y advierte con verdad. La frase “el gusano de ellos no muere” es una cita directa de Isaías 66:24, donde el profeta ve los cadáveres de los rebeldes consumidos perpetualmente. Jesús aplica esta imagen al destino eterno de los impíos.

La culminación del infierno aparece en Apocalipsis 20:14-15:

Apocalipsis 20:14-15 “Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.”

El “lago de fuego” es el infierno en su forma definitiva, el destino eterno tras el juicio final. Incluso la muerte y el Hades —estados y lugares intermedios— son arrojados allí, consumiéndose todo lo relacionado con el pecado y la separación de Dios. Louis Berkhof lo define con precisión teológica:

“El infierno es la separación eterna de la presencia benigna de Dios, un estado de tormento consciente y justo para los réprobos y los ángeles caídos, ejecutado con perfecta equidad.” — Louis Berkhof

IV. El contraste revelado: abismo versus infierno

Con el abismo y el infierno definidos, comparemos ahora sus diferencias en un lienzo teológico, trazando sus contornos en cuatro dimensiones clave: propósito, naturaleza, cronología y habitantes.

Dimensión El abismo El infierno (lago de fuego)
Propósito Prisión temporal de seres espirituales Castigo eterno de impíos y demonios
Naturaleza Oscuridad y reclusión (no tormento activo) Tormento consciente, fuego eterno
Cronología Temporal (mil años, Ap 20:3) Eterno, sin fin (Ap 20:10)
Habitantes Demonios y Satanás (no humanos) Impíos humanos + Satanás + ángeles caídos
Función teológica Control divino sobre el mal durante la historia Vindicación final de la santidad de Dios
Pasajes clave Lc 8:31; Ap 9:1; Ap 20:1-3; 2 P 2:4 Mt 25:41; Mr 9:43; Ap 20:10, 14-15; 21:8

V. La visión reformada: soberanía y redención

La teología reformada, anclada en la Sola Scriptura, ve el abismo y el infierno como expresiones complementarias de la soberanía de Dios sobre el mal. Ni el mal espiritual ni el juicio final escapan al control divino; ambos están subordinados a Su propósito eterno. Charles Spurgeon lo proclamó con elocuencia:

“El abismo es la celda donde el Todopoderoso encadena a los rebeldes espirituales, un testimonio de su dominio; el infierno es su tribunal final, donde la justicia resplandece en llamas eternas.” — Charles H. Spurgeon

R.C. Sproul, en su obra La Santidad de Dios, añade una perspectiva complementaria:

“El abismo es un preludio al infierno, una sombra de la sentencia final. Ambos declaran que Dios no negocia con el pecado, sino que lo somete a su voluntad santa.” — R.C. Sproul

Un pasaje clave para entender esta dimensión es 2 Pedro 2:4:

2 Pedro 2:4 “Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos al infierno [Tártaro] los entregó a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio.”

Aquí aparece un quinto término —Tártaro—, usado solo en este versículo del NT, que en la mitología griega designaba la prisión más profunda de los dioses caídos. Pedro, bajo inspiración, lo toma como imagen de una prisión de oscuridad donde los ángeles caídos están reservados para el juicio final. Es decir, están en una celda temporal esperando la sentencia definitiva. No es su destino final, sino su prisión preventiva.

Esto refuerza el principio reformado: el mal no autónomo ni fuera de control. Satanás no anda suelto haciendo lo que quiere; está bajo el permiso soberano de Dios, y ya tiene reservada su prisión y su condena. Como dice la Confesión de Fe de Westminster (5.4):

Confesión de Fe de Westminster 5.4 “La potencia, sabiduría y bondad de Dios son tales, que se extienden hasta los primeros y últimos, y a todas las acciones de sus criaturas, de manera que ninguna cosa ocurre por azar, sino que viene de Dios con designio; y aunque Él, en Su providencia, permite el pecado, lo hace con sabiduría y poder para ordenarlo de manera que redunde en Su propia gloria.”

VI. Aplicación pastoral: del abismo a la cruz

El estudio del abismo y del infierno no debería dejarnos en el terror morboso, sino conducirnos a Cristo. Algunas aplicaciones concretas:

  • Toma en serio la realidad del juicio: Si algo enseñan estos textos es que el Dios de la Biblia no toma el pecado a la ligera. La misma justicia que encadena a los ángeles caídos en el abismo y los arroja al lago de fuego es la justicia que caerá sobre todo pecador impenitente. Como dice el autor de Hebreos: “¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (Hebreos 10:31).
  • Huye a Cristo, el único refugio: Cristo descendió a las profundidades (Efesios 4:9) y venció el poder del abismo por Su muerte y resurrección. En la cruz, Él absorbió la ira de Dios que merecíamos, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:16). El infierno existe, pero no tiene por qué ser tu destino.
  • Confía en la soberanía de Dios sobre el mal: Si Dios encierra a Satanás en el abismo con solo una orden y un ángel con una cadena, ¿por qué temer las fuerzas espirituales? Cristo ya venció al maligno en la cruz (Colosenses 2:15). El diablo no es rival de Dios; es un prisionero en espera de sentencia.
  • Proclama el evangelio con urgencia: Si la realidad del infierno es cierta —y lo es—, no podemos guardar el evangelio para nosotros. El amor cristiano exige advertir a los perdidos. Como dijo Spurgeon: “Si el infierno es real, el silencio del cristiano es cruel”.
  • Examina tu propia salvación: No asumas que estás a salvo solo porque asistes a la iglesia o llevas el nombre de cristiano. ¿Has confiado genuinamente en Cristo como Salvador y Señor? ¿Hay frutos de arrepentimiento en tu vida? Como dice Pablo: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” (2 Corintios 13:5).

Preguntas para reflexión personal o comunitaria

  1. ¿Has comprendido antes la diferencia entre Sheol/Hades (estado intermedio) y Gehenna/lago de fuego (castigo eterno)? ¿Cómo cambia esto tu lectura de pasajes como Lucas 16:19-31 o Apocalipsis 20?
  2. ¿Por qué crees que los demonios le temían al abismo en Lucas 8:31? ¿Qué nos revela esto sobre el control soberano de Dios sobre las fuerzas espirituales?
  3. ¿Cómo deberíamos reaccionar, como cristianos, ante la realidad del infierno eterno? ¿Con indiferencia, con miedo, con urgencia misionera, con gratitud por la cruz?
  4. Si el infierno fue “preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:41), ¿qué revela esto sobre por qué los seres humanos terminan allí? ¿Cómo podemos evitar ese destino?
  5. ¿Estás proclamando el evangelio con la urgencia que la realidad del infierno demanda? ¿A quién podrías compartirle esta semana la verdad de la salvación en Cristo?

VII. Conclusión: del abismo a la cruz

El abismo y el infierno, aunque relacionados, son distintos en las Escrituras. El abismo es el pozo temporal donde Dios restringe el mal espiritual, un recordatorio de Su poder sobre las tinieblas y un preludio del juicio. El infierno es el fuego eterno, el destino final donde la justicia divina arde contra el pecado impenitente y vindica la santidad de Dios. La Confesión de Fe de Westminster (Capítulo XXXIII, sección 2) lo resume con sobriedad reformada:

Confesión de Fe de Westminster XXXIII.2 “Entonces, al fin del día, los impíos serán separados de los justos, y puestos en el infierno, donde permanecerán en tormento y oscuridad absoluta, reservados para el fuego del día del juicio y tormento eterno.”

Sin embargo, esta verdad no nos deja sin esperanza. Cristo, quien descendió a las profundidades (Efesios 4:9) y venció el poder del abismo, nos libra del infierno por Su cruz. En el Calvario, el Hijo de Dios absorbió la ira que nosotros merecíamos, para que todo aquel que en Él cree no perezca, mas tenga vida eterna. La pregunta no es si el infierno es real —lo es—, sino si hemos hallado refugio en el único Salvador.

El abismo muestra a Dios soberano sobre el mal.
El infierno muestra a Dios justo contra el pecado.
La cruz muestra a Dios misericordioso con los pecadores.
Cristo es el único refugio
entre el abismo y las llamas.

Oración “Padre santo y soberano, te adoramos por tu justicia perfecta que no puede tolerar el mal, y por tu misericordia infinita que provee salvación en Cristo. Gracias porque Jesús descendió a las profundidades y venció el poder del abismo, para que nosotros no tuviéramos que enfrentar el fuego eterno. Danos corazones agradecidos por la cruz, valentía para proclamar el evangelio a los perdidos, y fidelidad para vivir como hijos de la luz. Que ni la complacencia ni el olvido del juicio nos hagan tibios, sino que el amor de Cristo nos constriña. En Su nombre, Amén.”

Sobre el autor

Andrés Martínez es un creyente en Jesucristo, convencido de que la Biblia es la Palabra inspirada e inerrante de Dios, y de que la fe reformada expresa con mayor fidelidad las verdades del evangelio tal como fueron proclamadas por los apóstoles y redescubiertas en la Reforma del siglo XVI. Escribe en De la mano del Hijo para edificar a los hermanos que anhelan crecer en el conocimiento del Hijo de Dios.

andresfmartinezv@gmail.com
📷 @feylectura en Instagram

✦ ✦ ✦

Etiquetas: Abismo Infierno Gehenna Lago de fuego Escatología Juicio final Soberanía de Dios Apocalipsis 20 Teología Reformada Estudio Bíblico

Cristo es el refugio entre el abismo y las llamas · Soli Deo Gloria

viernes, 14 de marzo de 2025

25 de Diciembre: ¿El Nacimiento de Jesús o un Desvío Pagano?

Un calendario con estilo navideño, en el se ve la fecha 25 de diciembre.

 
"Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí."
(Juan 5:39, RVR1960)




Un Llamado a Escudriñar la Verdad
 
Querido hermano en Cristo, el mes de diciembre llega con su encanto: luces que titilan en las calles, árboles adornados, y villancicos que resuenan en cada esquina. Para muchos, la Navidad es un tiempo de alegría y reflexión, un momento que asocian con el nacimiento de nuestro Salvador, Jesucristo. Pero, ¿es esto lo que las Escrituras nos enseñan? ¿Es el 25 de diciembre un mandato divino para celebrar el nacimiento del Verbo hecho carne (Juan 1:14), o una tradición humana que nos desvía del camino angosto hacia la cruz? Como creyentes reformados, estamos llamados a someter todas nuestras prácticas a la autoridad de la Palabra de Dios, no a las tradiciones de los hombres. En este artículo, examinaremos con humildad y valentía las raíces de la Navidad, apoyándonos en las Escrituras y en la enseñanza de pastores reformados de sana doctrina, para discernir si esta celebración honra verdaderamente al Señor o si, sin saberlo, nos lleva a un altar pagano.

Como dijo Charles Spurgeon, el "príncipe de los predicadores": "La Palabra de Dios debe ser nuestro único estándar; cualquier cosa que no esté fundamentada en ella es arena movediza." Con este espíritu, escudriñemos la verdad.
 
 
La Ausencia de Evidencia Bíblica: El Silencio de las Escrituras
 
La Biblia no nos da ninguna indicación sobre la fecha exacta del nacimiento de Jesús. No hay un solo versículo que señale el 25 de diciembre, ni siquiera un mes específico. Los evangelios de Mateo y Lucas relatan el nacimiento de Cristo con detalle (Mateo 1:18-25; Lucas 2:1-20), pero no mencionan un día concreto. Esto no es un descuido, sino una evidencia de que Dios, en Su soberanía, no consideró necesario que conociéramos esa fecha. Como dice Deuteronomio 29:29:

"Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios, pero las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos."

Si la fecha del nacimiento de Jesús fuera esencial para nuestra fe, ¿no habría Dios provisto esa información en Su Palabra?

Juan Calvino, en su comentario sobre las tradiciones humanas, advirtió: "Cuando los hombres añaden a las Escrituras lo que Dios no ha ordenado, no solo oscurecen la verdad, sino que la corrompen."

La ausencia de una fecha específica en la Biblia debería hacernos reflexionar: ¿por qué hemos asignado un día que Dios no ha establecido? La respuesta no está en las Escrituras, sino en la historia humana y sus raíces paganas.
 
Las Raíces Paganas del 25 de Diciembre: Una Fiesta del Sol, No del Hijo
La primera celebración documentada del nacimiento de Cristo el 25 de diciembre ocurrió en el año 354 d.C., bajo el obispo Liberio de Roma, y se extendió más tarde a otras regiones del Imperio Romano. Sin embargo, esta fecha no fue elegida por una revelación divina ni por una tradición apostólica, sino por conveniencia cultural dentro de un imperio saturado de idolatría. 
 
En diciembre, los romanos celebraban varias festividades paganas:
 
Las Saturnales (del 17 al 24 de diciembre), en honor a Saturno, dios de la agricultura, eran días de excesos, banquetes y desenfreno.
Las Sigilares, donde se intercambiaban regalos y muñecas como parte de rituales paganos.
 
El Solsticio de Invierno (25 de diciembre), conocido como el "Natalis Solis Invicti" (el nacimiento del Sol Invencible), una fiesta dedicada al dios sol Mitra y al renacimiento del sol tras el solsticio.
 
Los cristianos de la época, rodeados de estas prácticas, buscaron "cristianizar" el 25 de diciembre. Pensaron que, al asociarlo con el nacimiento de Jesús, podrían contrarrestar las festividades paganas y atraer a los gentiles al cristianismo. Algunos justificaron esta decisión con la idea de que Jesús es el "Sol de Justicia" (Malaquías 4:2). Sin embargo, esta lógica ignora un principio fundamental de la fe bíblica: no podemos santificar lo que Dios no ha ordenado. Como dice Éxodo 20:3: "No tendrás dioses ajenos delante de mí." Mezclar lo santo con lo profano es un acto de desobediencia, no de devoción.

El pastor reformado A.W. Pink, en su ensayo "La Navidad y las Escrituras", escribe: "No hay mandato en la Palabra de Dios para celebrar el nacimiento de Cristo, y mucho menos en una fecha que coincide con las fiestas paganas del sol. Tal práctica es una abominación a los ojos de un Dios celoso." La historia confirma que el 25 de diciembre no tiene origen cristiano, sino pagano, y adoptarlo como una fecha "cristiana" fue un compromiso que abrió la puerta al sincretismo.
 
 
Evidencia Histórica y Bíblica: ¿Cuándo Nació Jesús?
 
Investigaciones históricas y bíblicas sugieren que es improbable que Jesús naciera en diciembre. Lucas 2:8 nos dice que los pastores estaban en el campo, cuidando sus rebaños de noche, cuando los ángeles anunciaron el nacimiento de Cristo. En Judea, diciembre es una época fría y lluviosa, y los pastores no solían estar en los campos durante el invierno. Estudios como los del Instituto Franklin y otros eruditos bíblicos indican que Jesús pudo haber nacido en primavera (marzo o abril) o incluso en otoño (septiembre u octubre), posiblemente cerca de la Fiesta de los Tabernáculos, que simboliza a Dios habitando con Su pueblo (Levítico 23:34-43).

Además, la tradición pagana del 25 de diciembre está vinculada a figuras como Nimrod, quien, según algunas interpretaciones de Génesis 10:8-12 y tradiciones antiguas, fue un líder rebelde que promovió la idolatría y cuyo cumpleaños se asociaba con el solsticio de invierno. Aunque estas conexiones no están explícitamente en la Biblia, nos recuerdan la advertencia de 2 Corintios 6:14:

"¿Qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas?"
 
 
El Engaño de Satanás: Adoración al Sol Disfrazada
 
Satanás, el gran engañador (Juan 8:44), rara vez actúa de manera evidente; sus trampas son sutiles, disfrazadas de piedad. En Ezequiel 8:14-18, vemos una advertencia clara: hombres en el templo de Jehová daban la espalda a Dios para adorar al sol hacia el oriente. Dios lo llama "abominación" y promete juicio: "No perdonará mi ojo, ni tendré misericordia" (v. 18). Este pasaje no es un relato aislado; es un recordatorio eterno de que mezclar la adoración a Dios con prácticas paganas es una traición grave.

La Navidad no es el único ejemplo de este sincretismo. El culto dominical, instituido por el emperador Constantino en 321 d.C. como el "venerable día del Sol", también refleja esta influencia pagana. La Biblia manda santificar el sábado como día de reposo (Éxodo 20:8-11), y aunque los cristianos del Nuevo Testamento se reunían el primer día de la semana para conmemorar la resurrección de Cristo (Hechos 20:7; 1 Corintios 16:2), no hay mandato bíblico que traslade el sábado al domingo como día de adoración obligatorio. Como profetizó Daniel 7:25, el enemigo "pensará en cambiar los tiempos y la ley" de Dios, y así ha sucedido a lo largo de la historia.

El pastor reformado R.C. Sproul advirtió: "No debemos permitir que las tradiciones humanas, por más arraigadas que estén, reemplacen la autoridad de las Escrituras. Dios no se complace con una adoración que mezcla Su verdad con las mentiras del mundo." Satanás no nos pide rechazar a Cristo abiertamente; nos invita a adorarlo dentro de un marco que Él nunca estableció, desviándonos así del camino hacia la cruz.
 
 
El Camino Verdadero: La Cruz, No las Tradiciones Humanas
 
Frente a este engaño, ¿cuál es el camino que nos lleva a la cruz? No son las luces de un árbol ni los regalos del 25 de diciembre; es el evangelio puro y sin adulterar. Jesús mismo nos confronta: "¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?" (Lucas 6:46). Celebrar tradiciones humanas puede parecer inofensivo, pero si desobedecemos el mandato de adorar a Dios en espíritu y en verdad (Juan 4:24), nos desviamos del camino angosto (Mateo 7:14).

La cruz no necesita adornos paganos; brilla por sí sola como el acto supremo de amor y justicia divina. Como dice Romanos 5:8: "Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros." No sabemos la fecha exacta del nacimiento de Cristo, pero sabemos que nació, vivió, murió y resucitó para salvarnos. Eso es lo que importa. No necesitamos un día inventado para celebrarlo; cada día, en la Palabra y la oración, caminamos hacia la cruz.

El apóstol Pablo nos exhorta en Gálatas 1:8-9: "Pero si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema." Cualquier adición al mensaje de Cristo—sea la Navidad o cualquier otra tradición humana—no proviene de Dios y debe ser rechazada.
 
 
Una Perspectiva Reformada: La Sola Scriptura como Nuestra Guía
 
La fe reformada nos llama a vivir bajo el principio de Sola Scriptura: la Escritura sola es nuestra autoridad final. Como dijo Martín Lutero: "Mi conciencia está cautiva a la Palabra de Dios. No puedo ni quiero retractarme de nada, porque ir contra la conciencia no es justo ni seguro." Si la Biblia no establece el 25 de diciembre como el día del nacimiento de Cristo, no tenemos derecho a imponerlo como una práctica cristiana.

John Knox, el reformador escocés, afirmó: "Todo lo que no está ordenado por la Palabra de Dios es una invención humana, y adherirse a ello como si tuviera autoridad divina es idolatría." No se trata de condenar a quienes celebran la Navidad con buena intención, sino de despertarnos a la verdad. Como dice 2 Corintios 4:4, Satanás "ha cegado el entendimiento de los incrédulos," y a veces también confunde a los creyentes con tradiciones que parecen piadosas pero carecen de fundamento bíblico.
 
 
Una Invitación a la Fidelidad y la Obediencia
 
Amado hermano, te invito a reflexionar: ¿Qué sendero estás siguiendo? ¿Uno iluminado por las luces del mundo o por la luz de la Palabra? Ezequiel 9:4 promete una señal de salvación para quienes "gimen y claman" por las abominaciones, mientras que el juicio caerá sobre quienes persisten en el engaño (v. 6). El camino hacia la cruz es un camino de obediencia, no de conveniencia.

No necesitamos "cristianizar" lo pagano; necesitamos dejarlo atrás y aferrarnos a la verdad. Como dice el salmista: "Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino" (Salmos 119:105). Que nuestro caminar sea firme, no en fechas humanas, sino en la gracia soberana que nos lleva a la cruz. En Cristo tenemos libertad para adorar solo a Dios, sin las cadenas de las tradiciones humanas.

¿Y tú, qué piensas? Escudriña las Escrituras, examina la historia y deja que el Espíritu Santo guíe tu corazón. Que juntos podamos decir con Pablo: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe" (2 Timoteo 4:7). Ese es el camino verdadero, el que nos guía a la eternidad con nuestro Salvador.
 
Este artículo ha sido redactado desde una perspectiva reformada, enfatizando la autoridad de las Escrituras y la necesidad de rechazar cualquier práctica que no esté fundamentada en la Palabra de Dios. Que sea de bendición y edificación para todos los que lo lean.


jueves, 13 de marzo de 2025

Juan 5:39 - Tazas Llenas.

 



Una taza de cafe desbordandose sobre una mesa, en un fondo oscuro.

La Necesidad de Vaciarse para Recibir la Verdad


“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.”
(Juan 5:39, RVR1960)


Una Lección en una Taza de Té

Cuenta la historia que un discípulo, ansioso por completar su búsqueda de sabiduría, llegó ante un gran maestro llamado Badwin. Había viajado mucho, estudiado con los gurús más renombrados y acumulado un vasto conocimiento. “Enséñame, Maestro,” dijo, “todo lo que me falta saber.” Badwin, con calma, accedió, pero antes ofreció al discípulo una taza de té. Mientras el joven sostenía la taza ya llena, el maestro comenzó a verter más té desde una tetera de cobre. Pronto, el líquido rebosó, cayendo sobre el plato y luego sobre la alfombra. “¡Maestro, para!” exclamó el discípulo. “¿No ves que mi taza ya está llena?” Badwin detuvo el flujo y respondió con serenidad: “Hasta que no seas capaz de vaciar tu taza, no podrás poner más té en ella.”

Esta sencilla ilustración encierra una verdad profunda: hay que vaciarse para poder llenarse. En el ámbito espiritual, esto significa que debemos despojarnos de nuestras ideas preconcebidas, tradiciones y orgullos para recibir lo que Dios tiene que revelarnos. Pero no todos están dispuestos a hacerlo. Hay “tazas llenas” que se aferran a lo que ya saben, y “tazas vacías” que anhelan ser llenadas con la verdad. En este capítulo, exploraremos cómo esta realidad se manifiesta en la predicación del evangelio, tanto en los días de Jesús y los apóstoles como en nuestro tiempo, y cómo el estado de nuestra “taza” determina nuestra respuesta al mensaje de Dios.

Dos Tipos de Oyentes, Un Solo Mensaje

Cuando Jesús predicó en las aldeas de Palestina, lo hizo acompañado de los Doce, anunciando el Reino de Dios. Su lenguaje y simbolismo —como la renovación de las doce tribus de Israel— eran comprensibles para los judíos, un pueblo familiarizado con las promesas de Dios a Abraham, Isaac y Jacob. Pero para los gentiles, paganos ajenos a esas promesas, sus palabras habrían sido un misterio. Esto no fue accidental. Jesús mismo dijo en Mateo 15:24: “No fui enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Su misión inicial se dirigió a los judíos, un pueblo que ya tenía una “taza llena” de conocimiento sobre Dios, aunque a menudo distorsionado por tradiciones y legalismo.

Sin embargo, tras la resurrección, el evangelio se expandió más allá de Israel. Los apóstoles como Pedro y Juan continuaron predicando a los judíos, enfocándose en la restauración del pueblo escogido. Pero Pablo, llamado específicamente como apóstol a los gentiles (Gálatas 2:7-9), llevó el mensaje a quienes no conocían a Dios: los paganos, cuyas “tazas” estaban vacías de la revelación divina. Inspirado por profecías como las de Miqueas 4 e Isaías 66:18-24, Pablo entendió que el plan de Dios incluía a los extranjeros. Y aunque al principio se sorprendió de que los gentiles creyeran mientras muchos judíos rechazaban a Jesús, pronto reconoció la amplitud del propósito divino: Cristo vino a salvar a todos los hombres, judíos y gentiles por igual.

¿Quiénes eran estos judíos y gentiles? Los judíos eran el pueblo elegido, descendientes de Abraham (Génesis 14:13), llamados hebreos, y luego israelitas por Jacob (Génesis 32:28), y finalmente judíos por la tribu de Judá, a través de la cual vendría el Mesías. Los gentiles, en cambio, eran todos los demás: aquellos que no tenían parte en el pacto de la circuncisión (Génesis 17) y que desconocían al Dios verdadero. En términos modernos, podríamos compararlos con los “cristianos” de hoy —aquellos que profesan conocer a Dios— y los no creyentes, que no tienen un concepto claro de Él.

Tazas Llenas de Tradición y Legalismo

Cuando Jesús comenzó Su ministerio, se enfrentó constantemente a “tazas llenas” que se resistían a Su mensaje. Los fariseos, por ejemplo, aceptaban la Palabra escrita como inspirada por Dios, pero equiparaban sus tradiciones orales al mismo nivel de autoridad, afirmando que provenían de Moisés. Esto era puro legalismo. A lo largo de los siglos, habían añadido reglas y prácticas a la Ley, algo que la Escritura prohíbe (Deuteronomio 4:2; Apocalipsis 22:18-19). Los evangelios están llenos de ejemplos: criticaban a Jesús por no seguir sus rituales de lavado (Marcos 7:1-23), por sanar en sábado (Mateo 12:10-14), o por no ayunar según sus normas (Mateo 9:14). Para ellos, sus “buenas obras” y cumplimiento estricto eran el camino al favor de Dios.

Pero Jesús les mostró que estaban equivocados. Sus tazas estaban tan llenas de tradiciones y autosuficiencia que no podían recibir la verdad del Reino de Dios. Pablo lo confirma en Romanos 11:6: “Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia”. Las buenas obras no son un boleto al cielo (Romanos 3:10-12; Efesios 2:8-9); la salvación es un regalo de Dios, no un logro humano. Sin embargo, los judíos, confiados en su linaje y legalismo, rechazaron a Jesús como Mesías, aferrándose a una taza que no estaban dispuestos a vaciar.

Tazas Llenas en el Cristianismo Moderno

Hoy en día, encontramos un paralelo inquietante entre aquellos judíos y muchos “cristianos”. Hay quienes han llenado sus tazas con ideas preconcebidas sobre quién es Dios y qué papel juega en sus vidas. Algunos creen en un dios dependiente de su creación, sujeto a sus caprichos o incapaz de actuar contra sus decisiones. Otros imaginan un dios benevolente y permisivo, que aprueba todo lo que hacen y los coloca en el centro del universo. Estas imágenes, ya sean auto creadas o inducidas por enseñanzas erróneas, son ídolos modernos, moldeados a la medida de sus deseos y necesidades.

Estas “tazas llenas” rechazan cualquier mensaje que contradiga sus creencias. Como los fariseos, se aferran a tradiciones, costumbres o doctrinas que han recibido de púlpitos sin cuestionarlas. Mateo 15:6 los describe perfectamente: “Ustedes no hacen caso de los mandamientos de Dios, con tal de seguir sus propias costumbres”. Y Marcos 7:13 añade: “De esa manera, desobedecen los mandamientos de Dios para seguir sus propias enseñanzas”. Este apego a lo falso los lleva a repudiar a quienes intentan mostrarles la verdad bíblica, incluso cuando se les presenta con amor y claridad.

Tazas Vacías y la Receptividad a la Verdad

Por otro lado, están las “tazas vacías”: aquellos que no conocen a Dios o que, al menos, no están tan aferrados a sus propias ideas que no puedan escuchar. Pablo y Bernabé encontraron éxito entre los gentiles porque estos, aunque tenían sus propios dioses paganos, no estaban cargados con el legalismo judío ni con una falsa seguridad en su relación con el Dios verdadero. Para alguien que nunca ha oído de Dios, la verdad bíblica sobre Sus atributos —Su soberanía, santidad y gracia— puede ser más digerible que para quien ya tiene una imagen distorsionada de Él.

Esto no significa que predicar a los no creyentes sea fácil. Los gentiles tenían sus propias creencias y resistencias. Pero una persona sin prejuicios religiosos profundos tiene menos que “vaciar” antes de recibir el evangelio. En contraste, convencer a un “cristiano” nominal —ya sea pentecostal, mormón, testigo de Jehová, adventista o de cualquier tradición— de que su entendimiento de Dios está desviado puede ser una labor titánica. Como dijo Mark Twain: “Es más fácil engañar a la gente que convencerlos de que han sido engañados”. La idolatría pastoral y el analfabetismo bíblico han perpetuado falsos evangelios, haciendo que muchos se pongan de espaldas a Dios sin siquiera notarlo.

Un Solo Mensaje, Dos Respuestas

No hay dos evangelios diferentes, sino un solo mensaje: la salvación por gracia mediante la fe en Jesucristo. Pero la forma en que se presenta puede variar según el oyente. Gálatas 2:7-10 lo ilustra: a Pedro se le encomendó predicar a los judíos, mientras que Pablo y Bernabé fueron enviados a los gentiles. Cada mensajero adaptó su enfoque al estado de la “taza” de su audiencia, pero el contenido era el mismo: Cristo crucificado y resucitado, el único camino a la salvación.

Algunos reciben este mensaje con oídos prestos a oír, dispuestos a vaciar sus tazas y ser llenados con la verdad. Otros lo rechazan, aferrándose a sus tradiciones o doctrinas. La diferencia no está en el mensaje, sino en la disposición del corazón. Como dijo Pablo en Gálatas 4:16: “¿Me he hecho, pues, vuestro enemigo, por deciros la verdad?”. La verdad puede ser incómoda, especialmente para las tazas llenas, pero es el único camino a la vida eterna. 
 

Una Exhortación a Vaciar Tu Taza

Amado lector, te invito a reflexionar: ¿Qué tipo de taza eres? ¿Estás lleno de tradiciones, ideas preconcebidas o enseñanzas que no resisten el escrutinio de la Palabra de Dios? ¿O estás dispuesto a vaciarte, a dejar de lado lo que has aprendido y a buscar la verdad en las Escrituras? Jesús nos exhortó: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Pablo nos anima: “Los que tienen el Espíritu de Dios todo lo examinan y todo lo entienden” (1 Corintios 2:15, parafraseado).

No tengas miedo de cuestionar lo que te han enseñado. Pregúntate si lo que tu “pastor” dice realmente está en la Biblia. Juzga con justo juicio, discierne, analiza, examina. Pensar no es pecado; es un mandato. Eclesiastés 12:9 nos recuerda que el sabio “enseñó sabiduría al pueblo; e hizo escuchar, e hizo escudriñar”. Vacía tu taza de todo lo que no sea de Dios y deja que Él la llene con Su verdad, Su gracia y Su voluntad soberana.

Que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo estén contigo mientras buscas conocerle como realmente es, no como los hombres lo han imaginado.