• Malaquías 3:10 es uno de esos versículos que resuena en casi todas las iglesias donde el dinero y la fe se cruzan.
  • En muchas iglesias contemporáneas, es común escuchar a líderes autoproclamarse "apóstoles", reclamando una autoridad especial y un estatus elevado dentro del cuerpo de Cristo.
  • En muchos círculos cristianos, Apocalipsis 3:20 se ha convertido en un versículo emblemático para el evangelismo.
  • La doctrina de la "confesión positiva" enseña que nuestras palabras tienen el poder de crear milagros, pero ¿es esto bíblico? Este artículo examina sus orígenes, contrastándolos con las Escrituras, y advierte sobre su peligrosa desviación del verdadero evangelio de Cristo.
  • La historia de la mujer con el flujo de sangre (Mateo 9:20-22, Marcos 5:25-34, Lucas 8:43-48) es más que un milagro físico: es una lección profunda sobre la verdadera fe. Más allá de la sanidad, Jesús le otorgó salvación, destacando que no fue el manto el que la curó, sino su confianza en Él. Este capítulo explora el significado espiritual de su historia y nos desafía a buscar a Cristo, no solo por sus milagros, sino por la vida eterna que ofrece.
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martes, 15 de abril de 2025

¿Creyeron los apóstoles en Cristo por fe o porque lo vieron? - Hebreos 11:1

¿Creyeron los apóstoles en Cristo por fe o porque lo vieron?
Los apóstoles con Cristo — fe y revelación
Estudio Bíblico · Fe y Revelación

¿Creyeron los apóstoles en Cristo
por fe o porque lo vieron?

Una reflexión pastoral sobre Hebreos 11:1 y el fundamento de la fe verdadera

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera,
la convicción de lo que no se ve.”

— Hebreos 11:1

Cuando leemos los evangelios con atención, surge inevitablemente una pregunta que va mucho más allá de la curiosidad histórica. Es una pregunta que toca el corazón mismo de la vida cristiana: ¿los apóstoles creyeron en Jesucristo por fe, o simplemente porque lo vieron en acción? ¿Bastó presenciar milagros, escuchar su enseñanza y convivir con Él para que naciera en ellos una fe salvadora, o hubo algo más profundo, algo que los ojos no podían ver?

¿Los apóstoles creyeron en Jesucristo
por fe o simplemente porque lo vieron en acción?

La respuesta no solo nos ayuda a entender mejor a los apóstoles; también nos revela cómo obra la fe verdadera en el corazón del creyente. Y, lo que es aún más consolador, nos muestra por qué hoy, veinte siglos después, sin haber visto al Señor con los ojos del cuerpo, podemos tener en Él una fe más firme que la de quienes caminaron junto al Mar de Galilea.

I. ¿Qué es la fe según la Biblia?

Antes de acercarnos a los apóstoles, conviene detenernos en la definición que la propia Escritura nos da. Hebreos 11:1 define la fe con una precisión que ha consolado y desafiado a la Iglesia a lo largo de los siglos:

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.”

El autor de Hebreos emplea dos palabras cargadas de significado. Certeza (hypóstasis) no designa un sentimiento subjetivo ni una vaga esperanza, sino una realidad firme, un fundamento sobre el cual el alma se apoya. Convicción (élenchos) evoca la prueba de aquello que es invisible a los sentidos. La fe bíblica, por tanto, no es un salto al vacío ni un optimismo piadoso; es la respuesta del corazón a la Palabra de Dios, sostenida por Su propia fidelidad.

La fe bíblica es una confianza firme en las promesas de Dios, una seguridad en lo que aún no se ha visto ni experimentado plenamente. No depende de los sentidos, sino de la revelación divina. Como enseñaba Calvino, la fe es “un conocimiento firme y seguro de la benevolencia de Dios para con nosotros, fundado en la verdad de Su promesa en Cristo, y revelado a nuestras mentes y sellado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Institución III.2.7).

Etapa 1 — La fe incipiente, fundada en lo visible

Durante el ministerio terrenal de Cristo, los apóstoles caminaron con Él. Lo vieron convertir el agua en vino, enseñar con autoridad — no como los escribas —, calmar la tormenta con una sola palabra, multiplicar los panes, abrir los ojos a los ciegos y llamar fuera del sepulcro a Lázaro. Su reacción inicial fue creer en base a lo que veían. Y esa fe era real, auténtica en su nivel, pero todavía incompleta.

Juan 2:11 “Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él.”

Notemos bien: la fe nacida del milagro es verdadera en su género, pero frágil. Los mismos discípulos que confiesan a Cristo tras la multiplicación lo abandonan cuando Él habla de comer su carne y beber su sangre (Jn 6:60-66). La fe que se apoya en las señales necesita ser purificada, profundizada y arraigada en algo más sólido que la impresión del momento.

Más aún: las multitudes presenciaron las mismas obras y no creyeron. Ver los milagros no produce fe por sí solo. La prueba visible puede asombrar, puede detener por un instante el corazón, pero no transforma el alma. El Señor mismo lo declaró con dolor:

Juan 6:36 “Pero os he dicho que aunque me habéis visto, no creéis.”

Aquí está el primer dato pastoral de enorme importancia: la vista no engendra fe. Quien cree sólo por lo que ve, todavía no ha creído con fe salvadora. Está en el umbral, pero no ha entrado. Los discípulos estaban allí; aún faltaba la obra secreta del Padre en sus corazones.

Etapa 2 — La fe verdadera viene por revelación del Padre

Llegamos así al momento decisivo. Junto a Cesarea de Filipo, después de un largo silencio sobre su identidad, Jesús pregunta a los Doce: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. La respuesta de Pedro no es fruto de una deducción humana ni del recuerdo acumulado de los milagros. Es el eco de una voz que sólo el corazón puede oír.

Mateo 16:15-17 “Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.”

Estas palabras del Señor son fundamentales para toda la teología reformada de la fe. “No te lo reveló carne ni sangre” significa que ningún razonamiento humano, ninguna acumulación de pruebas, ningún testimonio de los sentidos — ni siquiera tres años de convivencia con el Verbo encarnado — basta para producir la confesión salvadora. La fe que justifica es siempre un regalo que desciende del Padre, una obra soberana del Espíritu en el corazón muerto en delitos y pecados.

Pedro había visto lo mismo que Judas. Compartió los mismos caminos, escuchó los mismos sermones, presenció las mismas resurrecciones. Pero sólo Pedro confiesa: Tú eres el Cristo. Y la razón no está en Pedro, sino en el Padre que se lo reveló. Aquí se cumple lo que más tarde escribiría el apóstol Pablo: “Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo” (1 Co 12:3).

Aun viendo a Cristo, la fe salvadora no es producto del intelecto ni de la observación, sino de la obra sobrenatural de Dios en el corazón del hombre. Esto humilla todo orgullo espiritual y toda pretensión de mérito. Si creemos, es porque el Padre nos lo reveló; si confesamos, es porque el Espíritu nos dio boca para hacerlo.

III. Pedro y Judas: la misma vista, dos corazones distintos

Ningún contraste evangélico es más sobrio que el de Pedro y Judas. Ambos fueron apóstoles. Ambos oyeron el Sermón del Monte. Ambos recibieron poder sobre los demonios (Lc 9:1-2; Mr 6:7-13). Ambos presenciaron la transfiguración, caminaron sobre el agua espiritual de Israel, recibieron el pan multiplicado. Y, sin embargo, uno fue salvo, y el otro se fue “a su propio lugar” (Hch 1:25). ¿Qué los separó?

Aspecto Judas Iscariote Simón Pedro
Llamado por Jesús
Vio milagros
Participó en el ministerio
Confesión de fe No registrada “Tú eres el Cristo...” (Mt 16:16)
Motivación interna Ambición, codicia Pasión, pero sinceridad
Caída Traición Negación
Reacción al pecado Remordimiento sin arrepentimiento Arrepentimiento genuino
Destino final Perdición eterna Restauración y liderazgo
Tuvo fe verdadera ✗ NO ✓ SÍ

Judas lo vio todo, pero nunca tuvo fe verdadera. Su corazón nunca fue regenerado; seguía a Cristo con los pies, pero no con el alma. Pedro también vio, y también cayó — más dolorosamente aún, negando con juramento conocer al Maestro. Pero su fe, revelada por el Padre, fue preservada por la intercesión del propio Cristo. Por eso el Señor le había dicho:

Lucas 22:32 “Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte.”

Aquí resuena una de las verdades más consoladoras del evangelio: la fe del creyente, aunque tambalee, no perece, porque está sostenida por la oración intercesora de Cristo a la diestra del Padre. La fe verdadera puede debilitarse, puede ser tentada, puede llorar amargamente como Pedro en la madrugada; pero no se apaga del todo, porque su autor y consumador es Cristo mismo (He 12:2).

IV. Conclusión pastoral

Los apóstoles creyeron inicialmente en Cristo por lo que vieron, pero esa fe era incipiente, parcial, y no necesariamente salvadora. Fue a través de la revelación del Padre y la obra del Espíritu Santo que sus corazones fueron transformados para tener una fe verdadera, firme y perseverante. La visión los preparó; la revelación los salvó.

La visión puede impresionar,
pero solo la revelación divina salva.

Por eso el Señor, en su palabra a Tomás, no condena la fe que nace de la vista, sino que proclama bienaventurados a los que creen sin haber visto:

Juan 20:29 “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”

V. Aplicación para nosotros hoy

Aquí está la consolación que brota de todo lo anterior. Tú y yo no hemos visto a Jesús con los ojos del cuerpo. No hemos caminado por Galilea, ni tocado las cicatrices de sus manos, ni escuchado su voz humana sobre las aguas. Pero podemos conocerlo con el corazón, si el Padre nos lo revela. No necesitamos pruebas visuales; necesitamos fe dada por gracia, esa fe que es — según el apóstol Pablo — “don de Dios” (Ef 2:8), no para que nadie se gloríe.

Si hoy tu corazón confiesa a Jesucristo como Señor y Salvador, no te enorgullezcas: al Padre debes esa confesión. Si tu fe ha resistido dudas, caídas y noches oscuras, no te atribuyas mérito: a la intercesión de Cristo debes su permanencia. Y si alguna vez, como Pedro, has negado al Señor con tus palabras o tus obras, recuerda que la fe verdadera no se pierde por la debilidad, sino que vuelve — siempre vuelve — al encuentro de su Señor, porque Él ya rogó por ti.

El propio Pedro, ya anciano, escribiría a la Iglesia dispersa estas palabras que son el eco gozoso de su experiencia:

1 Pedro 1:8-9 “A quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso, obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas.”

Estos versículos resumen toda la bienaventuranza del creyente del Nuevo Pacto. No vimos, pero amamos. No tocamos, pero creemos. Y en esa fe — escondida con Cristo en Dios — ya se anticipa el gozo eterno que un día será vista plena, cuando “le veremos tal como él es” (1 Jn 3:2). Por entonces, la fe dejará de ser fe, porque la vista sucederá a la esperanza. Pero hasta ese día, caminamos por fe, no por vista (2 Co 5:7).

Amemos, sigamos y confiemos en Cristo,
no porque lo hayamos visto,
sino porque Dios nos ha dado fe para creerle.

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La visión impresiona, la revelación salva · Soli Deo Gloria

lunes, 14 de abril de 2025

La Verdad Bíblica sobre el Diezmo - Deuteronomio 14:22-23

Estudio Bíblico · Teología del Nuevo Pacto

Malaquías 3:10 y la Verdad Bíblica sobre el Diezmo

Una doctrina malentendida — lo que la Escritura realmente enseña sobre dar bajo el Nuevo Pacto

“Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.”

— 2 Corintios 9:7

En muchas iglesias contemporáneas, particularmente dentro del movimiento neopentecostal y del llamado “evangelio de la prosperidad”, el tema del diezmo se ha convertido en una enseñanza central —casi en el corazón mismo de la vida eclesial— presentada como un mandato divino obligatorio para todo creyente. Se enseña que el cristiano debe entregar el 10% de sus ingresos monetarios a la iglesia, so pena de caer bajo “maldición”, perder la bendición de Dios o incluso robarle al Altísimo. Algunos líderes llegan a condicionar la salvación, el bautismo o la membresía de la iglesia al cumplimiento estricto de esta práctica.

Sin embargo, al escudriñar las Sagradas Escrituras con diligencia, con honestidad exegética y bajo la guía del Espíritu Santo —no bajo el peso de tradiciones humanas ni de intereses económicos—, encontramos que esta práctica, tal como se enseña hoy en día, carece de fundamento bíblico sólido para la iglesia del Nuevo Testamento. No se trata de minimizar la generosidad cristiana —que es un mandato claro del Señor—, sino de distinguir entre lo que la Biblia realmente dice y lo que hombres han añadido por ignorancia o por avaricia.

En este estudio, examinaremos qué dice verdaderamente la Palabra de Dios sobre el diezmo: su origen, su propósito en el contexto del Antiguo Pacto, qué era exactamente lo que se diezmaba, a quién iba dirigido el mandato, cómo se cumplió ceremonialmente en Cristo, y cómo debemos vivir los cristianos bajo la gracia del Nuevo Pacto en materia de dar. Que el Señor nos conceda corazones enseñables y mentes renovadas por Su Palabra.

I. ¿Qué significa la palabra “diezmo”?

La palabra “diezmo” proviene del hebreo ma'aser (מַעֲשֵׂר), que significa literalmente “la décima parte”. En la Septuaginta —la traducción griega del Antiguo Testamento— se traduce como dekate, también “décimo”. En el contexto bíblico, se refiere específicamente a la décima parte de los productos agrícolas o ganaderos que el pueblo de Israel debía apartar para propósitos ordenados por Dios bajo el pacto mosaico.

No era una contribución voluntaria, ni un impuesto civil arbitrario, ni mucho menos un porcentaje del salario monetario. Era una ordenanza específica dentro del sistema levítico y del pacto mosaico, vinculada a la tierra prometida, al sustento de la tribu sacerdotal de Leví y a las fiestas sagradas del calendario hebreo. Comprender este detalle es fundamental, porque de él depende toda la cuestión de si el diezmo es o no transferible a la iglesia cristiana del Nuevo Pacto.

II. ¿Dónde y a quién ordenó Dios el diezmo como ley?

La primera mención clara del diezmo como una ordenanza legal para Israel se encuentra en el libro de Deuteronomio. En Deuteronomio 14:22-23 leemos:

Deuteronomio 14:22-23 “Indefectiblemente diezmarás todo el producto del grano que rindiere tu campo cada año, y lo comerás delante de Jehová tu Dios en el lugar que él escogiere para poner allí su nombre, el diezmo de tu grano, de tu vino y de tu aceite, y de los primogénitos de tus vacas y de tus ovejas, para que aprendas a temer a Jehová tu Dios todos los días.”

Este mandato era claro: el diezmo debía ser tomado de los productos agrícolas y ganaderos, no de dinero, y se ofrecía anualmente, no semanal ni mensualmente. Más aún, una porción del diezmo debía ser comida por el mismo israelita y su familia delante del Señor en el lugar que Él escogiera (Jerusalén), como acto de adoración y dependencia.

Es crucial notar a quién iba dirigido este mandato. En Deuteronomio 5:1-3, Moisés declara explícitamente:

Deuteronomio 5:1-3 “No con nuestros padres hizo Jehová este pacto, sino con nosotros todos los que estamos aquí hoy vivos.”

Este pacto —incluyendo las leyes sobre el diezmo— fue dado específicamente a la nación de Israel, no a todas las naciones ni a los gentiles. Por tanto, no podemos asumir que esta ley aplica directamente a los cristianos de hoy, quienes no formamos parte del Israel físico ni estamos bajo el pacto mosaico. Como dice el apóstol Pablo: “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6:14).

III. ¿Qué era el diezmo según la ley de Dios?

El diezmo ordenado por Dios no era dinero, como suele enseñarse hoy, sino productos agrícolas y ganaderos. Esto se detalla con claridad en las Escrituras:

  • Levítico 27:30: “Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, es de Jehová; consagrado es a Jehová.”
  • Levítico 27:32: “Y todo el diezmo de vacas o de ovejas, de todo lo que pasa bajo la vara, el diezmo será consagrado a Jehová.”
  • Deuteronomio 14:23: “Y comerás delante de Jehová tu Dios... el diezmo de tu grano, de tu vino y de tu aceite, y de los primogénitos de tus vacas y de tus ovejas...”

En ningún pasaje del Antiguo Testamento se menciona que el diezmo debía ser dado en dinero. Más aún, el propósito del diezmo era triple:

  • Sostener a los levitas, quienes no tenían heredad de tierra entre las tribus de Israel (Números 18:21-24).
  • Proveer para los pobres, las viudas, los huérfanos y los extranjeros, mediante el “diezmo del tercer año” (Deuteronomio 14:28-29; 26:12-13).
  • Celebrar las fiestas sagradas en el lugar que Dios escogiera, donde el israelita y su familia comían parte del diezmo en adoración (Deuteronomio 14:22-26).

El “alfolí” mencionado en Malaquías 3:10 —del hebreo otsar, que significa “almacén” o “depósito”— no era una caja fuerte para dinero ni una cuenta bancaria. Era literalmente un almacén para alimentos: granos, vino, aceite y carne, que se distribuían para el sustento de los sacerdotes, los levitas y los necesitados. El mismo contexto lo indica:

Malaquías 3:10 “Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.”

Note la palabra clave: “alimento” —no “dinero”. Aplicar este texto a los diezmos monetarios modernos es forzar el texto más allá de su significado original.

IV. Comparación: el diezmo del AT vs. el “diezmo” moderno

Aspecto Diezmo bíblico (AT) “Diezmo” moderno
Qué se daba ✓ Alimentos (grano, vino, ganado) ✗ Dinero (10% del salario)
A quién iba dirigido ✓ A Israel bajo el pacto mosaico ✗ A cristianos bajo el Nuevo Pacto
Frecuencia ✓ Anual ✗ Mensual o semanal
Destino ✓ Levitas, pobres, fiestas ✗ Iglesia local (a veces pastors)
Amenaza por no dar ✓ Maldición (Malaquías 3:9) ✗ Aplicada indebidamente
¿Vigente hoy? ✗ NO (cumplido en Cristo) ✗ No tiene base bíblica

V. ¿Es Malaquías 3:8-10 un mandato para los cristianos?

Uno de los textos más utilizados —y más mal aplicados— para exhortar a los creyentes a diezmar es Malaquías 3:8-10, donde Dios reprende a Israel diciendo:

Malaquías 3:8-10 “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y decís: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.”

Sin embargo, este pasaje tiene un contexto específico que casi nunca se menciona desde los púlpitos que lo usan para exigir dinero:

  • Dios está hablando a la nación de Israel bajo el Antiguo Pacto, no a la iglesia del Nuevo Testamento. Note: “vosotros, la nación toda” — se refiere a Israel como pueblo del pacto.
  • El reclamo era por negligencia en las leyes mosaicas, incluyendo el diezmo de productos agrícolas y ganaderos que debían llevar al templo para el sustento de los levitas y las necesidades del culto.
  • El “alfolí” era un almacén de alimentos, no una cuenta bancaria de la iglesia local ni un sueldo pastoral.

Usar este pasaje para exigir el diezmo de dinero a los cristianos es una mala aplicación de la Escritura que viola el principio fundamental de la hermenéutica bíblica: un texto no puede significar para nosotros lo que nunca significó para sus destinatarios originales.

Además, el Antiguo Pacto, con todas sus ordenanzas ceremoniales y civiles, ha sido cumplido y abrogado en Cristo. Como dice Hebreos 8:13: “Al decir: Nuevo pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer”. Y Hebreos 7:18-19:

Hebreos 7:18-19 “Queda, pues, abrogado el mandamiento anterior por su debilidad e ineficacia (pues nada perfeccionó la ley), y de la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios.”

Asimismo, Colosenses 2:14 nos enseña que Cristo “canceló el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz”. Por tanto, las leyes ceremoniales y civiles del Antiguo Pacto —incluyendo el diezmo levítico— no son vinculantes para los creyentes del Nuevo Pacto.

VI. ¿Se enseña el diezmo en el Nuevo Testamento?

El diezmo se menciona en el Nuevo Testamento, pero nunca como un mandato para la iglesia. Examinemos los pasajes clave:

1. Mateo 23:23 y Lucas 11:42 — Jesús reprende a los fariseos por su hipocresía, diciendo que diezman hasta de la menta y el comino, pero descuidan la justicia, la misericordia y la fe. Aquí Jesús no está estableciendo una norma para los cristianos; al contrario, está señalando la actitud legalista de los fariseos que estaban todavía bajo la ley mosaica, antes de que el Nuevo Pacto fuera sellado con Su sangre en la cruz.

2. Hebreos 7:1-14 — Se habla del diezmo que Abraham dio a Melquisedec (Génesis 14:18-20). Sin embargo, el propósito del pasaje no es enseñar que los cristianos deben diezmar, sino demostrar la superioridad del sacerdocio de Melquisedec —que prefigura a Cristo— sobre el sacerdocio levítico. El argumento es cristológico, no económico.

En ningún lugar del Nuevo Testamento se exhorta a los creyentes a dar un diezmo obligatorio del 10% de sus ingresos. Los apóstoles nunca enseñaron esta práctica como norma para la iglesia. En cambio, el Nuevo Testamento nos enseña principios de ofrendas generosas y voluntarias:

2 Corintios 9:6-7 “Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.”

Note el contraste con el diezmo del Antiguo Pacto:

  • “Cada uno” — no es solo para los ricos ni para los miembros de una denominación, sino para todos los creyentes.
  • “Como propuso en su corazón” — la cantidad la decide el creyente bajo la guía del Espíritu, no un porcentaje fijo.
  • “No con tristeza, ni por necesidad” — no debe darse bajo coacción, manipulación o amenaza de maldición.
  • “Dios ama al dador alegre” — el motive es la gratitud por la gracia recibida, no el miedo al castigo.

Para algunos esto puede significar dar más del 10% —los macedonios dieron con alegría aun en su pobreza extrema (2 Co 8:1-5)—; para otros, menos. La cuestión no es el porcentaje, sino el corazón. Como dice Pablo: “Porque si primero hay la voluntad pronta, será aceptada según lo que uno tiene, no según lo que no tiene” (2 Corintios 8:12).

VII. ¿Por qué tantas iglesias enseñan el diezmo obligatorio?

Si el diezmo obligatorio no tiene fundamento en el Nuevo Testamento, ¿por qué tantas iglesias insisten en enseñarlo? La respuesta puede ser doble:

1. Ignorancia de las Escrituras: Algunos líderes no han estudiado a fondo el contexto bíblico del diezmo y repiten tradiciones humanas sin cuestionarlas. Como dijo el propio Señor: “En vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Marcos 7:7). Muchos pastores sinceros simplemente enseñaron lo que ellos mismos fueron enseñados, sin examinarlo a la luz del Nuevo Pacto.

2. Avaricia y manipulación: Otros, lamentablemente —y esto es más grave—, usan el diezmo como una herramienta para obtener ganancias personales, manipulando a los creyentes con temor y falsas promesas de bendición. Esto es precisamente lo que el apóstol Pedro advierte en 2 Pedro 2:3:

2 Pedro 2:3 “Y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme.”

La práctica de exigir el diezmo de dinero, acompañada de amenazas de maldición basadas en Malaquías 3, es una distorsión de la Palabra de Dios que convierte la gracia del evangelio en un sistema de mercadería. Cuando un líder condiciona la bendición de Dios —o incluso la salvación— al pago del diezmo, está cometiendo un grave abuso espiritual que Dios juzgará con severidad. Como cristianos, debemos rechazar estas enseñanzas y regresar a la verdad de las Escrituras.

VIII. Aplicación pastoral para hoy

La enseñanza bíblica sobre el diezmo no es un tema menor. Tiene implicaciones directas para nuestra relación con Dios, con la iglesia y con nuestros recursos. Algunas aplicaciones concretas:

  • Da con generosidad y alegría: El cristiano bajo el Nuevo Pacto no está obligado al 10%, pero está llamado a una generosidad mayor que la del Antiguo Pacto —porque hemos recibido más (Lucas 12:48). Diezmar el 10% puede ser para muchos el punto de partida, pero el principio del NT es dar como Cristo nos dio: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9).
  • Examina las enseñanzas que recibes: No aceptes ciegamente lo que se predica desde el púlpito. Escudriña las Escrituras por ti mismo (Hechos 17:11). Si una iglesia enseña algo que no puedes sostener con la Biblia, habla con el pastor; si persiste en el error, busca una congregación fiel.
  • Huye de la manipulación: Si un líder te amenaza con maldiciones, te condiciona la salvación, o te promete “cientos multiplicados” a cambio de tu dinero, aléjate. Esa no es la voz del Buen Pastor, sino la del mercader.
  • Sostén a tu iglesia local: Aunque el diezmo no es un mandato, la Escritura sí enseña que los creyentes deben sostener económicamente a sus pastores y a la obra del ministerio: “El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye” (Gálatas 6:6; ver también 1 Timoteo 5:17-18; 1 Corintios 9:7-14). Pero esto se hace con libertad y alegría, no bajo coacción legalista.
  • Recuerda a los pobres: Parte fundamental de la ofrenda cristiana debe ir a los necesitados —las viudas, los huérfanos, los pobres, los misioneros—. Como dice Santiago: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Santiago 1:27).

Preguntas para reflexión personal o comunitaria

  1. ¿Has sido enseñado bajo el diezmo obligatorio con amenaza de maldición? ¿Cómo te hace sentir saber que esto no tiene base en el Nuevo Testamento?
  2. ¿Das con alegría y generosidad, o por miedo, costumbre o presión social?
  3. ¿Tu iglesia enseña fielmente lo que el Nuevo Testamento dice sobre dar, o usa Malaquías 3:10 como herramienta de manipulación financiera?
  4. ¿Estás dispuesto a sostener económicamente la obra del Señor —pastores, misiones, pobres— como respuesta agradecida al evangelio de la gracia, sin que se te exija un porcentaje fijo?

IX. Conclusión: vivamos bajo la gracia del Nuevo Pacto

El diezmo, como se prescribe en el Antiguo Testamento, era una ley específica para Israel bajo el pacto mosaico, consistente en productos agrícolas y ganaderos, destinados al sustento de los levitas, los pobres y las fiestas sagradas. No hay base bíblica para exigir un diezmo de dinero a los cristianos, ni para amenazar con maldiciones a quienes no lo entregan. Tal práctica es una distorsión de la Escritura que roba al creyente la libertad y la alegría de dar bajo la gracia.

En el Nuevo Pacto, somos llamados a dar generosamente, con alegría y conforme a lo que hemos decidido en nuestro corazón, no bajo coacción ni legalismo. La pregunta no es “¿cuánto debo dar?”, sino “¿cuánto de mí mismo —no solo de mi dinero, sino de mi vida— le pertenece a Dios?” Y la respuesta del evangelio es: todo, porque Cristo lo dio todo por nosotros en la cruz.

Amado hermano, escudriña las Escrituras por ti mismo
— como nos manda el Señor Jesús en Juan 5:39 —
no permitas que tradiciones humanas o manipulaciones
te aparten de la verdad del evangelio.
Si una iglesia o líder te enseña que debes dar un diezmo obligatorio
para evitar una maldición,
pregúntate: ¿está esto en armonía
con el evangelio de la gracia?

Como dice Pablo en 1 Timoteo 6:5, debemos apartarnos de aquellos “que toman la piedad como fuente de ganancia”. Que el Señor te dé entendimiento y libertad para vivir conforme a Su Palabra, no bajo el yugo de mandamientos humanos, sino bajo la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Romanos 8:21).

Oración “Padre celestial, gracias por la gracia inmerecida que nos has dado en Cristo Jesús. Líbranos de los yugos de mandamientos humanos y de la manipulación de aquellos que hacen mercadería de tu pueblo. Enséñanos a dar con alegría, generosidad y libertad, como respuesta agradecida al don inefable de tu Hijo. Que ni la avaricia ni el miedo gobiernen nuestros corazones, sino el amor de Cristo que nos constriñe. Que tu iglesia sea sostenida por ofrendas voluntarias y alegres, no por amenazas legalistas. En el nombre de Jesucristo, Amén.”

Sobre el autor

Andrés Martínez es un creyente en Jesucristo, convencido de que la Biblia es la Palabra inspirada e inerrante de Dios, y de que la fe reformada expresa con mayor fidelidad las verdades del evangelio tal como fueron proclamadas por los apóstoles y redescubiertas en la Reforma del siglo XVI. Escribe en De la mano del Hijo para edificar a los hermanos que anhelan crecer en el conocimiento del Hijo de Dios.

andresfmartinezv@gmail.com
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Dios ama al dador alegre · Soli Deo Gloria

jueves, 3 de abril de 2025

Entre el Abismo y las Llamas: Una Exploración Bíblica de los Reinos de la Justicia Divina.

Estudio Bíblico · Escatología Reformada

Entre el Abismo y las Llamas

Una exploración bíblica de los reinos de la justicia divina

“Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.”

— Mateo 25:41

En las profundidades de las Sagradas Escrituras encontramos términos que despiertan tanto asombro como temor reverente: el “abismo” y el “infierno”. Estas palabras evocan imágenes de oscuridad, juicio y el peso inescapable de la santidad de Dios. Pero, ¿son lo mismo? ¿Qué distingue el pozo sellado del abismo de las llamas eternas del infierno? ¿Por qué los demonios le temen al abismo (Lucas 8:31) si el infierno es el castigo final? ¿Acaso hay un propósito distinto en cada uno?

Como cristianos reformados, comprometidos con la autoridad suprema de la Palabra de Dios (Sola Scriptura), debemos desentrañar estos conceptos con reverencia, precisión exegética y humildad teológica. La Escritura no fue dada para satisfacer nuestra curiosidad morbosa sobre el infierno, sino para advertirnos solemnemente sobre la realidad del juicio divino y para conducirnos a Cristo, el único refugio contra la ira venidera.

En este estudio nos aproximaremos a estos temas siguiendo seis líneas de reflexión bíblica: el abismo como prisión temporal, el infierno como castigo eterno, las cuatro palabras bíblicas que se traducen como “infierno” (Sheol, Hades, Gehenna, lago de fuego), el contraste teológico entre ambos reinos, la visión reformada de la soberanía divina sobre el mal, y una aplicación pastoral que nos conduzca desde el terror del juicio a la cruz del Calvario.

Las seis líneas que examinaremos

  1. I. El abismo: el pozo de la oscuridad primordial y prisión espiritual
  2. II. Las cuatro palabras: Sheol, Hades, Gehenna, lago de fuego
  3. III. El infierno: las llamas de la justicia eterna
  4. IV. El contraste revelado: abismo versus infierno
  5. V. La visión reformada: soberanía y redención
  6. VI. Aplicación pastoral: del abismo a la cruz

I. El abismo: el pozo de la oscuridad primordial

Imagina un lugar envuelto en tinieblas, un abismo sellado donde las fuerzas del mal son contenidas por la mano soberana de Dios. Este es el “abismo” que las Escrituras nos presentan, un término que resuena desde los albores de la creación hasta los tiempos finales. Su historia comienza en Génesis 1:2:

Génesis 1:2 “Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.”

Aquí, el hebreo tehom pinta un cuadro de caos acuoso, una profundidad informe que precede al orden divino. No es un lugar de castigo, sino un estado primordial que Dios somete con Su palabra. El Espíritu Santo se movía sobre las aguas —imagen de soberanía y control—, preparando la creación ordenada que vendría.

A medida que avanzamos en la narrativa bíblica, sin embargo, el abismo evoluciona hacia algo más definido y siniestro. En Salmo 71:20, el salmista clama:

Salmo 71:20 “Tú, que me has hecho ver muchas angustias y males, volverás a darme vida, y de nuevo me levantarás de los abismos de la tierra.”

Aunque metafórico, este uso sugiere una conexión con la aflicción y la muerte, un eco de la separación de la presencia de Dios. Pero es en el Nuevo Testamento donde el abismo (abyssos en griego) toma forma como un lugar específico y temido. En Lucas 8:31, los demonios imploran a Jesús:

Lucas 8:31 “Y le rogaban que no los mandase al abismo.”

¿Qué temen estas criaturas espirituales? Apocalipsis 9:1-2 nos ofrece una visión:

Apocalipsis 9:1-2 “Y el quinto ángel tocó la trompeta, y vi una estrella que cayó del cielo a la tierra; y le fue dada la llave del pozo del abismo. Y abrió el pozo del abismo, y subió humo del pozo como humo de un gran horno, y se oscureció el sol y el aire por el humo del pozo.”

El abismo es un “pozo” sellado, una prisión de oscuridad de donde emergen seres demoníacos bajo el juicio soberano de Dios. Más adelante, en Apocalipsis 20:1-3, su propósito se aclara aún más:

Apocalipsis 20:1-3 “Vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años; y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso sellos sobre él, para que no engañase más a las naciones.”

Aquí, el abismo es claramente un lugar de reclusión temporal, una celda divina para Satanás y sus huestes. No es su destino final, sino su prisión provisional mientras se desarrolla el drama redentor. Como señala el teólogo reformado Louis Berkhof:

“El abismo es un lugar de tinieblas, ordenado por la sabiduría de Dios para contener a los rebeldes espirituales hasta que su juicio final sea ejecutado. No es su fin, sino su cadena.” — Louis Berkhof, Teología Sistemática

El abismo, entonces, no es un destino eterno, sino un instrumento de la soberanía divina, un preludio al castigo final. Dios incluso usa la prisión temporal como prueba de Su control absoluto sobre las fuerzas espirituales rebeldes.

II. Las cuatro palabras: Sheol, Hades, Gehenna, lago de fuego

Antes de abordar el infierno como castigo eterno, necesitamos hacer una precisión exegética fundamental que casi nunca se enseña desde los púlpitos: el término “infierno” en nuestras Biblias abarca varias palabras originales distintas, cada una con su propio significado. No todas se refieren al destino final de los condenados. Veamos:

Término original Significado Naturaleza Ejemplo bíblico
Sheol (hebreo) Reino de los muertos Temporal / intermedio Salmo 16:10
Hades (griego) Equivalente NT de Sheol Temporal / intermedio Lucas 16:23
Gehenna (griego) Fuego eterno de castigo Eterno Marcos 9:43
Lago de fuego Destino final definitivo Eterno / final Apocalipsis 20:14

Esta distinción es crucial. Sheol (en el AT) y su equivalente griego Hades (en el NT) se refieren al estado intermedio de los muertos antes del juicio final —no son el infierno eterno, sino el lugar de espera donde los impíos ya experimentan tormento preliminar, pero no el castigo definitivo. La parábola del rico y Lázaro en Lucas 16:19-31 ilustra este estado intermedio: el rico está en tormento en el Hades, pero el Hades mismo será arrojado al lago de fuego al final (Apocalipsis 20:14).

Gehenna es el término que Jesús usa con más frecuencia para referirse al castigo eterno. Deriva del Valle de Hinom, un sitio cercano a Jerusalén donde en tiempos del AT se habían practicado sacrificios infantiles al dios Moloc (2 Reyes 23:10; 2 Crónicas 28:3), y que el rey Josías profanó convirtiéndolo en un lugar de quema constante de basura. El fuego perpetuo y los gusanos de Gehenna se convirtieron en la metáfora natural para el castigo eterno.

Finalmente, el lago de fuego aparece solo en Apocalipsis (19:20; 20:10, 14-15; 21:8) y representa el destino final y definitivo de Satanás, la bestia, el falso profeta, la muerte, el Hades y todos los impíos. Es el “infierno” en su forma más consumada y eterna.

III. El infierno: las llamas de la justicia eterna

Si el abismo es una prisión temporal, el infierno —entendido como Gehenna y lago de fuego— es el tribunal eterno de Dios, un lugar donde Su ira contra el pecado arde sin fin. Jesús mismo lo enseñó con solemnidad en Mateo 25:41:

Mateo 25:41 “Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.”

Note tres verdades sobrecogedoras en este texto. Primero, el fuego es “eterno” —no temporal ni aniquilador, sino sin fin. Segundo, fue “preparado” —no improvisado tras la caída, sino ordenado por la soberanía de Dios desde antes de la creación. Tercero, fue preparado originalmente “para el diablo y sus ángeles” —los seres humanos que allí terminan lo hacen porque rechazaron a Cristo y se aliaron, en efecto, con el reino de las tinieblas.

En Marcos 9:47-48, Jesús advierte aún más gráficamente:

Marcos 9:47-48 “Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al infierno [Gehenna], donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga.”

Estas no son palabras de un fanático, sino del Hijo de Dios encarnado, que ama a los pecadores y advierte con verdad. La frase “el gusano de ellos no muere” es una cita directa de Isaías 66:24, donde el profeta ve los cadáveres de los rebeldes consumidos perpetualmente. Jesús aplica esta imagen al destino eterno de los impíos.

La culminación del infierno aparece en Apocalipsis 20:14-15:

Apocalipsis 20:14-15 “Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.”

El “lago de fuego” es el infierno en su forma definitiva, el destino eterno tras el juicio final. Incluso la muerte y el Hades —estados y lugares intermedios— son arrojados allí, consumiéndose todo lo relacionado con el pecado y la separación de Dios. Louis Berkhof lo define con precisión teológica:

“El infierno es la separación eterna de la presencia benigna de Dios, un estado de tormento consciente y justo para los réprobos y los ángeles caídos, ejecutado con perfecta equidad.” — Louis Berkhof

IV. El contraste revelado: abismo versus infierno

Con el abismo y el infierno definidos, comparemos ahora sus diferencias en un lienzo teológico, trazando sus contornos en cuatro dimensiones clave: propósito, naturaleza, cronología y habitantes.

Dimensión El abismo El infierno (lago de fuego)
Propósito Prisión temporal de seres espirituales Castigo eterno de impíos y demonios
Naturaleza Oscuridad y reclusión (no tormento activo) Tormento consciente, fuego eterno
Cronología Temporal (mil años, Ap 20:3) Eterno, sin fin (Ap 20:10)
Habitantes Demonios y Satanás (no humanos) Impíos humanos + Satanás + ángeles caídos
Función teológica Control divino sobre el mal durante la historia Vindicación final de la santidad de Dios
Pasajes clave Lc 8:31; Ap 9:1; Ap 20:1-3; 2 P 2:4 Mt 25:41; Mr 9:43; Ap 20:10, 14-15; 21:8

V. La visión reformada: soberanía y redención

La teología reformada, anclada en la Sola Scriptura, ve el abismo y el infierno como expresiones complementarias de la soberanía de Dios sobre el mal. Ni el mal espiritual ni el juicio final escapan al control divino; ambos están subordinados a Su propósito eterno. Charles Spurgeon lo proclamó con elocuencia:

“El abismo es la celda donde el Todopoderoso encadena a los rebeldes espirituales, un testimonio de su dominio; el infierno es su tribunal final, donde la justicia resplandece en llamas eternas.” — Charles H. Spurgeon

R.C. Sproul, en su obra La Santidad de Dios, añade una perspectiva complementaria:

“El abismo es un preludio al infierno, una sombra de la sentencia final. Ambos declaran que Dios no negocia con el pecado, sino que lo somete a su voluntad santa.” — R.C. Sproul

Un pasaje clave para entender esta dimensión es 2 Pedro 2:4:

2 Pedro 2:4 “Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos al infierno [Tártaro] los entregó a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio.”

Aquí aparece un quinto término —Tártaro—, usado solo en este versículo del NT, que en la mitología griega designaba la prisión más profunda de los dioses caídos. Pedro, bajo inspiración, lo toma como imagen de una prisión de oscuridad donde los ángeles caídos están reservados para el juicio final. Es decir, están en una celda temporal esperando la sentencia definitiva. No es su destino final, sino su prisión preventiva.

Esto refuerza el principio reformado: el mal no autónomo ni fuera de control. Satanás no anda suelto haciendo lo que quiere; está bajo el permiso soberano de Dios, y ya tiene reservada su prisión y su condena. Como dice la Confesión de Fe de Westminster (5.4):

Confesión de Fe de Westminster 5.4 “La potencia, sabiduría y bondad de Dios son tales, que se extienden hasta los primeros y últimos, y a todas las acciones de sus criaturas, de manera que ninguna cosa ocurre por azar, sino que viene de Dios con designio; y aunque Él, en Su providencia, permite el pecado, lo hace con sabiduría y poder para ordenarlo de manera que redunde en Su propia gloria.”

VI. Aplicación pastoral: del abismo a la cruz

El estudio del abismo y del infierno no debería dejarnos en el terror morboso, sino conducirnos a Cristo. Algunas aplicaciones concretas:

  • Toma en serio la realidad del juicio: Si algo enseñan estos textos es que el Dios de la Biblia no toma el pecado a la ligera. La misma justicia que encadena a los ángeles caídos en el abismo y los arroja al lago de fuego es la justicia que caerá sobre todo pecador impenitente. Como dice el autor de Hebreos: “¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (Hebreos 10:31).
  • Huye a Cristo, el único refugio: Cristo descendió a las profundidades (Efesios 4:9) y venció el poder del abismo por Su muerte y resurrección. En la cruz, Él absorbió la ira de Dios que merecíamos, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:16). El infierno existe, pero no tiene por qué ser tu destino.
  • Confía en la soberanía de Dios sobre el mal: Si Dios encierra a Satanás en el abismo con solo una orden y un ángel con una cadena, ¿por qué temer las fuerzas espirituales? Cristo ya venció al maligno en la cruz (Colosenses 2:15). El diablo no es rival de Dios; es un prisionero en espera de sentencia.
  • Proclama el evangelio con urgencia: Si la realidad del infierno es cierta —y lo es—, no podemos guardar el evangelio para nosotros. El amor cristiano exige advertir a los perdidos. Como dijo Spurgeon: “Si el infierno es real, el silencio del cristiano es cruel”.
  • Examina tu propia salvación: No asumas que estás a salvo solo porque asistes a la iglesia o llevas el nombre de cristiano. ¿Has confiado genuinamente en Cristo como Salvador y Señor? ¿Hay frutos de arrepentimiento en tu vida? Como dice Pablo: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” (2 Corintios 13:5).

Preguntas para reflexión personal o comunitaria

  1. ¿Has comprendido antes la diferencia entre Sheol/Hades (estado intermedio) y Gehenna/lago de fuego (castigo eterno)? ¿Cómo cambia esto tu lectura de pasajes como Lucas 16:19-31 o Apocalipsis 20?
  2. ¿Por qué crees que los demonios le temían al abismo en Lucas 8:31? ¿Qué nos revela esto sobre el control soberano de Dios sobre las fuerzas espirituales?
  3. ¿Cómo deberíamos reaccionar, como cristianos, ante la realidad del infierno eterno? ¿Con indiferencia, con miedo, con urgencia misionera, con gratitud por la cruz?
  4. Si el infierno fue “preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:41), ¿qué revela esto sobre por qué los seres humanos terminan allí? ¿Cómo podemos evitar ese destino?
  5. ¿Estás proclamando el evangelio con la urgencia que la realidad del infierno demanda? ¿A quién podrías compartirle esta semana la verdad de la salvación en Cristo?

VII. Conclusión: del abismo a la cruz

El abismo y el infierno, aunque relacionados, son distintos en las Escrituras. El abismo es el pozo temporal donde Dios restringe el mal espiritual, un recordatorio de Su poder sobre las tinieblas y un preludio del juicio. El infierno es el fuego eterno, el destino final donde la justicia divina arde contra el pecado impenitente y vindica la santidad de Dios. La Confesión de Fe de Westminster (Capítulo XXXIII, sección 2) lo resume con sobriedad reformada:

Confesión de Fe de Westminster XXXIII.2 “Entonces, al fin del día, los impíos serán separados de los justos, y puestos en el infierno, donde permanecerán en tormento y oscuridad absoluta, reservados para el fuego del día del juicio y tormento eterno.”

Sin embargo, esta verdad no nos deja sin esperanza. Cristo, quien descendió a las profundidades (Efesios 4:9) y venció el poder del abismo, nos libra del infierno por Su cruz. En el Calvario, el Hijo de Dios absorbió la ira que nosotros merecíamos, para que todo aquel que en Él cree no perezca, mas tenga vida eterna. La pregunta no es si el infierno es real —lo es—, sino si hemos hallado refugio en el único Salvador.

El abismo muestra a Dios soberano sobre el mal.
El infierno muestra a Dios justo contra el pecado.
La cruz muestra a Dios misericordioso con los pecadores.
Cristo es el único refugio
entre el abismo y las llamas.

Oración “Padre santo y soberano, te adoramos por tu justicia perfecta que no puede tolerar el mal, y por tu misericordia infinita que provee salvación en Cristo. Gracias porque Jesús descendió a las profundidades y venció el poder del abismo, para que nosotros no tuviéramos que enfrentar el fuego eterno. Danos corazones agradecidos por la cruz, valentía para proclamar el evangelio a los perdidos, y fidelidad para vivir como hijos de la luz. Que ni la complacencia ni el olvido del juicio nos hagan tibios, sino que el amor de Cristo nos constriña. En Su nombre, Amén.”

Sobre el autor

Andrés Martínez es un creyente en Jesucristo, convencido de que la Biblia es la Palabra inspirada e inerrante de Dios, y de que la fe reformada expresa con mayor fidelidad las verdades del evangelio tal como fueron proclamadas por los apóstoles y redescubiertas en la Reforma del siglo XVI. Escribe en De la mano del Hijo para edificar a los hermanos que anhelan crecer en el conocimiento del Hijo de Dios.

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