sábado, 4 de octubre de 2014

¿Socios de Dios?


"¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?"
(1 Corintios 4:7, RVR1960)
 
Una Conversación que Despierta Reflexión
 
Querido hermano, hace poco tuve el privilegio de compartir un momento especial con un amigo en la fe. Mientras conversábamos, él me abrió su corazón sobre las bendiciones que Dios había derramado en su vida: una pequeña empresa que, aunque sin oficina aún, era un sueño que comenzaba a tomar forma. Con humildad, reconoció que todo inicio requiere pasos pequeños y que, en las manos de Dios, cualquier propósito puede cumplirse si Él lo permite. Su fe era firme, vibrante, y me llenó de gozo escucharle, porque "sin fe es imposible agradar a Dios" (Hebreos 11:6). Pero entonces, en un arranque de entusiasmo, dijo algo que me detuvo: "Dios es mi socio en esta empresa."
 
No era la primera vez que oía esas palabras. Yo mismo las dije alguna vez, pensando que era una forma bonita de honrar a Dios. Pero la Palabra me enseñó una verdad más profunda, una que compartí con mi hermano esa noche y que ahora quiero compartir contigo: Dios no es tu socio. Dios es el dueño absoluto de todo lo que tienes; tú eres solo Su administrador. Esta distinción no es un juego de palabras, hermano; es una revolución que transforma cómo vemos nuestra vida y lo que poseemos. En este capítulo, exploraremos qué significa ser mayordomos de Dios, por qué no podemos ser Sus "socios" y cómo esta verdad nos libera para vivir para Su gloria.
 
Dios, el Dueño de Todo
 
Abre tu Biblia y escucha lo que dice: "De Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan" (Salmo 24:1). "Mía es toda bestia del bosque, y los millares de animales en los collados [...] porque mío es el mundo y su plenitud" (Salmo 50:10-12). "Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder [...] porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas" (1 Crónicas 29:11). Desde el aire que respiras hasta el suelo que pisas, todo pertenece a Dios. Él lo creó (Génesis 1:1), lo sostiene (Colosenses 1:17) y lo reclama como Suyo porque "Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas" (Hechos 17:25).
 
Ser "socio" implica igualdad, una relación donde ambas partes aportan algo y comparten beneficios. Pero, ¿qué podemos aportar nosotros que no sea ya de Dios? Hageo 2:8 declara: "Mía es la plata, y mío es el oro." Incluso nuestras vidas son Suyas: "Fuisteis comprados por precio" (1 Corintios 6:20). Llamar a Dios "socio" sugiere que tenemos algo propio que negociar, pero 1 Corintios 4:7 nos confronta: "¿Qué tienes que no hayas recibido?" Todo—tu salud, tus talentos, tu empresa—es un regalo, no una contribución.
 
La Idea Mundana de Propiedad
 
En el mundo, ser dueño significa controlar: mi casa es mía porque decido quién entra; mi moto es mía porque elijo quién la usa. Es una mentalidad de poder y exclusión. Si la presto, espero que me la devuelvan cuando diga. Pero esta idea choca con la Biblia. Según las Escrituras, el verdadero dueño no recibe de nadie; lo tiene todo por derecho propio. Solo Dios cumple ese criterio. "Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti," dice en Salmo 50:12. Él no depende de nosotros; nosotros dependemos de Él: "En Él vivimos, y nos movemos, y somos" (Hechos 17:28).
 
Mira a la iglesia primitiva en Hechos 4:32: "Ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común." No eran dueños; eran administradores. Poseían bienes, pero reconocían que todo venía de Dios y debía usarse para Su gloria y el bien de los hermanos. Esa es la diferencia: poseer no es ser dueño. Como un mayordomo en una gran casa, manejas lo que te confían, pero el amo decide su propósito.
 
El Error de Hacerse "Socio" de Dios
 
¿Por qué entonces decimos "Dios es mi socio"? A veces, es un intento sincero de agradecer Su provisión. Pero otras veces, refleja un malentendido profundo. Un socio negocia, aporta, espera ganancias. Llamar a Dios "socio" en una empresa sugiere que Él es un inversionista que bendice porque nosotros "invertimos" fe o esfuerzo. Pero Dios no necesita socios; Él es el Rey. Romanos 11:35 pregunta: "¿Quién le dio a Él primero, para que le sea recompensado?" Nadie. Todo lo que tenemos—hasta la fe misma—es un don (Efesios 2:8).
 
Piensa en un niño que toma dinero del bolsillo de su padre para "comprarle" un regalo. El padre sonríe, no por el dinero, sino por el amor. Así es con Dios: nuestras "ofrendas" son devoluciones de lo que Él ya nos dio (1 Crónicas 29:14). Decir "Dios es mi socio" puede sonar humilde, pero a menudo esconde un orgullo sutil: la idea de que tenemos algo que Él necesita o que podemos dirigir Su plan.
 
Administradores, No Propietarios
 
Entonces, ¿qué somos? Mayordomos, administradores de lo que Dios posee. Él nos confía recursos—tiempo, dinero, talentos—no para que los reclamemos como nuestros, sino para que los usemos según Su voluntad. En Lucas 16:1-13, Jesús cuenta la parábola del mayordomo infiel, enseñando que debemos ser fieles con "lo ajeno" (v. 12). ¿Qué es "lo ajeno"? Todo lo que manejamos, porque el verdadero dueño es Dios. El versículo 13 concluye: "No podéis servir a Dios y a las riquezas." Si somos socios, buscamos ganancias; si somos mayordomos, buscamos glorificar al Dueño.
 
He visto hermanos transformar sus vidas al entender esto. Uno dejó de obsesionarse con "hacer crecer su negocio" y empezó a preguntar: "¿Cómo uso esto para Dios?" Otro comenzó a compartir más, sabiendo que no era dueño, sino administrador. Hechos 17:25 dice que Dios "no es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo." No nos necesita; nos usa por gracia.
 
Todo lo Recibimos, Nada lo Merecemos
 
Romanos 8:32 promete: "El que no escatimó ni a su propio Hijo [...] ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas?" Dios no solo nos dio a Cristo; nos dio acceso a Su plenitud. Pero no es nuestra por derecho; es Suya por creación y nos la presta por amor. 1 Timoteo 6:7 nos humilla: "Nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar." Nacemos con las manos vacías y nos vamos igual. Entre tanto, administramos lo que Él nos confía.
 
Mira a tu alrededor: tu casa, tu ropa, tu aliento. ¿De quién son? De Dios. Salmo 100:3 dice: "Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos." Somos Suyos por creación y redención. Colosenses 1:16 añade: "Todo fue creado por Él y para Él." No somos socios en Su obra; somos siervos en Su reino.
 
Una Vida Revolucionada
 
Entender que Dios es el dueño y nosotros Sus mayordomos cambia todo. Ya no vives para acumular, sino para administrar con fidelidad. Tu empresa, tu familia, tus dones—no son tuyos para jactarte ni para negociar con Dios; son Suyos para que los uses según Su propósito. La iglesia primitiva lo vivió: compartían porque sabían que nada era "suyo propio" (Hechos 4:32). Imagina cómo sería tu vida si dejaras de decir "mío" y empezaras a decir "Tuyo, Señor."
 
Que tu caminar con el Salvador sea firme, no como socio, sino como mayordomo. Él no necesita tu alianza; te dio la Suya en Cristo. Administra lo que te confía con gratitud y humildad, porque "de Su plenitud tomamos todos" (Juan 1:16). Dios no es tu socio, hermano; es tu Dueño, y esa verdad te libera para vivir para Él.



Fuente: Biblia de Estudio John Macarthur - Reina Valera 1960 - Grupo Nelson.



2 comentarios:

  1. Gracias, por esto. Hoy me pasó de escuchar una prédica diciendo esto, y me hizo muchísimo ruido. Y doy gracias a Dios por permitirme leer este estudio. Bendiciones

    ResponderEliminar