"Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos."
— Mateo 6:7
— Mateo 6:7
La salvación reducida a un ritual
Amados hermanos, deténganse un instante y observen el panorama de nuestra fe contemporánea. En muchas iglesias, la salvación ha sido empaquetada en un momento, un ritual, una oración repetida que promete un boleto seguro al cielo. Se nos dice que con unas palabras bien dichas, ya estamos “salvos”, y luego podemos seguir con nuestras vidas como si nada hubiera cambiado. Queremos la seguridad eterna sin el costo del discipulado, la paz sin el arrepentimiento, la promesa sin la transformación. Pero en esa búsqueda de simplicidad, ¿qué estamos sacrificando? ¿No estaremos, en el fondo, reduciendo el evangelio a una mera fórmula, más interesada en nuestra comodidad que en la gloria de Cristo?
Esta obsesión con una salvación instantánea y sin costo no es nueva, pero es profundamente peligrosa. Cuando reducimos la obra redentora de Cristo a una oración repetida sin un cambio de corazón, decimos—sin palabras—que Su sacrificio no exige nada de nosotros, que podemos seguir siendo los mismos mientras llevamos el título de “cristianos”. La Biblia, sin embargo, nos muestra otro camino: el de un Salvador que llama a Sus seguidores a tomar su cruz, a arrepentirse y a vivir una vida transformada por Su gracia. En este capítulo, exploraremos por qué hemos simplificado la salvación a un acto vacío, qué nos enseña la Escritura sobre la verdadera evidencia de la redención, y cómo autores reformados nos llaman a volver a un evangelio que no se conforma con palabras, sino que exige una vida rendida. Prepara tu corazón, hermano, porque esta verdad no busca consolarte; busca transformarte.
Queridos hermanos, hoy quiero que reflexionemos juntos en una verdad que, aunque incómoda para algunos, es esencial para nuestra vida espiritual: la salvación no es un evento aislado, un momento mágico donde pronunciamos palabras específicas y aseguramos nuestro destino eterno. No, la salvación es un camino, una relación viva y dinámica con el Salvador, que se evidencia no en una oración repetida, sino en una vida transformada que camina día a día con Él. Como bien dice el apóstol Pablo, “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6). La evidencia de nuestra salvación no está en una oración que recitamos una vez, sino en una vida que refleja el poder transformador de Cristo.
La ilusión de las vanas repeticiones
En el versículo que encabeza este capítulo, nuestro Señor Jesús nos advierte con claridad contra las vanas repeticiones. Él no está condenando la oración en sí misma, sino la idea de que las palabras, por sí solas, tienen poder para salvarnos o para ganar el favor de Dios. Los gentiles creían que repitiendo frases interminables podían manipular a sus dioses. Pero nuestro Dios no es un ídolo que se impresiona con palabrería; Él es un Padre que busca corazones sinceros y vidas entregadas.
Cuántas veces hemos escuchado en círculos cristianos que basta con repetir una “oración de fe” para asegurar la salvación. Y aunque no niego que una oración sincera puede ser el comienzo de una relación con Cristo, el peligro radica en pensar que esas palabras, por sí mismas, son suficientes. Si después de orar seguimos viviendo como antes, sin cambio, sin arrepentimiento, sin un deseo ardiente de conocer más a Dios y de obedecerle, entonces debemos examinarnos a nosotros mismos. Como dijo Juan Calvino en sus Instituciones de la Religión Cristiana, “la fe verdadera no es un mero asentimiento mental, sino que incluye un compromiso total del corazón y la voluntad a Dios”. Una oración sin transformación no es más que un eco vacío.
La verdadera evidencia de la salvación
Preciados hermanos, la Biblia es clara: la salvación se manifiesta en una vida que camina con Cristo. En Efesios 4:22-24, Pablo nos exhorta a despojarnos “del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos”, y a vestirnos “del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”. Esto no significa que seremos perfectos de la noche a la mañana, pero sí que habrá un cambio visible, una lucha constante contra el pecado y un anhelo profundo por agradar a Dios.
Pensemos en el carcelero de Filipos, quien preguntó a Pablo y Silas: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” La respuesta fue sencilla pero profunda: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16:31). Ahora bien, este “creer” no es un simple asentimiento intelectual, sino una fe viva que se traduce en acción. Ese mismo carcelero, después de creer, llevó a Pablo y Silas a su casa, les lavó las heridas y fue bautizado junto con su familia. Su fe produjo frutos inmediatos. Estimados hermanos, ¿qué frutos produce nuestra fe hoy?
El puritano Thomas Watson, en su obra El Cuerpo de la Divinidad, escribe: “La fe que no lleva a la obediencia es una fe muerta”. No podemos decir que hemos sido salvos si seguimos abrazando el pecado como si nada hubiera cambiado. Romanos 6:1-2 lo deja claro: “¿Qué diremos, pues? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? ¡En ninguna manera! Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” Si hemos sido verdaderamente salvos, el pecado ya no será nuestro amo, porque hemos sido liberados por la sangre de Cristo.
¿Cómo puedo ser salvo?
La pregunta que encabeza esta sección no es nueva. Es la misma que el carcelero hizo, y es una que resuena en el corazón de todo aquel que reconoce su necesidad de Dios. La respuesta comienza con el reconocimiento de nuestra condición pecaminosa. Romanos 3:23 nos dice que “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. Nacemos con la mancha del pecado (Salmo 51:5) y, por nuestra propia voluntad, escogemos pecar (1 Juan 1:8). Este pecado nos separa de un Dios santo y nos pone en un camino hacia la destrucción eterna.
Sin embargo, hay esperanza. Romanos 5:8 nos recuerda que “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. La salvación no depende de nuestras obras ni de nuestras oraciones repetidas, sino de la obra perfecta de Cristo en la cruz. Él pagó el precio que nosotros no podíamos pagar, y nos ofrece la salvación como un regalo inmerecido. Pero este regalo debe ser recibido con un corazón arrepentido y una fe genuina.
El arrepentimiento es clave. No se trata solo de sentir tristeza por el pecado, sino de un cambio de dirección, un giro de 180 grados hacia Dios. Como dice 2 Corintios 7:10, “la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación”. Y este arrepentimiento no es un evento único, sino un estilo de vida. Día tras día, debemos volvernos a Dios, reconocer nuestras faltas y confiar en Su gracia para transformarnos.
Una vida transformada como testimonio
Amados hermanos, Charles Spurgeon, el gran predicador reformado, dijo una vez: “La fe que no produce cambio en el carácter y en la conducta es una fe estéril”. Si decimos que hemos sido salvos, pero nuestras vidas no muestran evidencia de ello, debemos detenernos y examinarnos. ¿Estamos caminando con Cristo, hombro a hombro, codo a codo? ¿Estamos dejando atrás el viejo hombre y buscando la santidad que agrada a Dios? ¿O seguimos aferrados a los mismos pecados que antes nos dominaban?
La salvación no es un boleto que conseguimos al repetir una oración; es una relación viva con el Salvador. Es un caminar diario, un proceso en el que el Espíritu Santo nos santifica y nos conforma a la imagen de Cristo (Romanos 8:29). Y aunque tropecemos, aunque caigamos, la gracia de Dios nos sostiene. Como dice 1 Juan 1:9, “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”.
Un llamado a la reflexión
Entonces, queridos hermanos, ¿cómo sabemos si somos salvos? No miremos a una oración que hicimos hace años. Miremos nuestra vida hoy. ¿Estamos caminando con Cristo? ¿Deseamos conocerle más? ¿Luchamos contra el pecado y buscamos agradarle? Si la respuesta es sí, entonces podemos descansar en la seguridad de que Aquel que comenzó la buena obra en nosotros la completará. Pero si nuestra vida no refleja un cambio, si el pecado sigue siendo nuestro amo y no hay un deseo genuino por las cosas de Dios, entonces les invito a clamar a Él hoy. No con palabras vacías, sino con un corazón quebrantado y dispuesto a seguirle.
Que el Señor nos dé la gracia de caminar con Él cada día, no confiando en nuestras palabras, sino en Su obra perfecta. Porque como dice Gálatas 2:20, “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Que esta sea la verdadera evidencia de nuestra salvación: una vida entregada a Aquel que nos salvó por Su infinita misericordia. Amén.
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