• Malaquías 3:10 es uno de esos versículos que resuena en casi todas las iglesias donde el dinero y la fe se cruzan.
  • En muchas iglesias contemporáneas, es común escuchar a líderes autoproclamarse "apóstoles", reclamando una autoridad especial y un estatus elevado dentro del cuerpo de Cristo.
  • En muchos círculos cristianos, Apocalipsis 3:20 se ha convertido en un versículo emblemático para el evangelismo.
  • La doctrina de la "confesión positiva" enseña que nuestras palabras tienen el poder de crear milagros, pero ¿es esto bíblico? Este artículo examina sus orígenes, contrastándolos con las Escrituras, y advierte sobre su peligrosa desviación del verdadero evangelio de Cristo.
  • La historia de la mujer con el flujo de sangre (Mateo 9:20-22, Marcos 5:25-34, Lucas 8:43-48) es más que un milagro físico: es una lección profunda sobre la verdadera fe. Más allá de la sanidad, Jesús le otorgó salvación, destacando que no fue el manto el que la curó, sino su confianza en Él. Este capítulo explora el significado espiritual de su historia y nos desafía a buscar a Cristo, no solo por sus milagros, sino por la vida eterna que ofrece.
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jueves, 13 de marzo de 2025

Mateo 25:20 - El Líder Fiel



Estudio Bíblico · Liderazgo Pastoral

El Líder Fiel

Un reflejo de Cristo en progreso, preservación y servicio — 1 Timoteo 4:15-16

“Que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren.”

— 1 Timoteo 4:15-16

Si alguien nos pidiera definir qué es un líder, probablemente diríamos algo sencillo: alguien a quien un grupo sigue, alguien que guía y orienta. Es una idea clara, cotidiana, que encontramos en la vida misma. Pero cuando dirigimos la mirada a las páginas del Nuevo Testamento, pocos encarnan esa definición tan plenamente como el apóstol Pablo. No era un líder que buscaba aplausos, prestigio ni poder; era un hombre entregado a Cristo, que guiaba a otros con una pasión que ardía por la verdad del evangelio. Y en una de sus cartas más personales —escrita a su joven discípulo Timoteo, pastor en la iglesia de Éfeso—, nos deja un retrato del líder fiel, competente y eficaz que la iglesia de todos los tiempos necesita.

Sus palabras resuenan como un consejo directo, casi como si nos hablara hoy mismo:

1 Timoteo 4:15-16 “Que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren.”

En esas breves líneas se esconden tres cualidades esenciales del liderazgo cristiano fiel: un progreso evidente, una preservación personal y un impacto colectivo salvífico. Son el corazón de lo que significa liderar para la gloria de Dios. En este estudio expositivo, examinaremos cada una a la luz del contexto histórico, del original griego y de toda la enseñanza bíblica sobre el pastorado.

I. El contexto: Pablo escribe a Timoteo en Éfeso

Antes de entrar en el texto, conviene situarnos. Pablo escribió 1 Timoteo alrededor del año 62-64 d.C., desde Macedonia, dirigiéndose a su joven colaborador que había quedado pastoreando la iglesia de Éfeso (1 Ti 1:3). Éfeso era una ciudad cosmopolita, sede del famoso templo de Artemisa —una de las siete maravillas del mundo antiguo— y un hervidero de supersticiones, filosofías paganas y falsas enseñanzas que se habían infiltrado en la iglesia. Timoteo, hijo de padre griego y madre judía (Hch 16:1), formado en las Escrituras desde la niñez por su abuela Loida y su madre Eunice (2 Ti 1:5; 3:15), era un joven pastor timidado por la magnitud de la tarea.

Pablo le escribe, entonces, no solo como mentor pastoral, sino como padre espiritual. Su carta es un manual de eclesiología práctica: cómo combatir el error, cómo ordenar el culto público, cómo seleccionar ancianos y diáconos, cómo tratar con las viudas, y —en el capítulo 4— cómo el propio Timoteo debe ejercer su ministerio personal en medio de un entorno hostil. El versículo 4:15-16 es el clímax de esta sección, una síntesis magistral del deber pastoral.

II. Un progreso que todos puedan ver

Imagina a Timoteo, joven y quizás inseguro frente a una congregación compleja, preguntándole a Pablo: “¿Por qué me pides que me dedique tanto a estudiar y enseñar la Palabra?”. La respuesta del apóstol es directa: “Para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos”. El término griego prokopé (προκοπή) significa literalmente “avance”, “progreso”, y se usaba en el mundo antiguo para describir el avance de un ejército, el progreso de un explorador o el corte de un camino a través de un bosque. Es un progreso visible, tangible, imposible de ignorar.

No se trata de un esfuerzo vacío ni de una rutina religiosa. Es una vida de diligencia que muestra un crecimiento espiritual claro, manifiesto a la congregación. Un líder fiel no se queda estancado. Si Cristo le dio cinco talentos, no se conforma con devolver cinco; busca ganar cinco más (Mateo 25:20). Su vida es como una parábola viva: lo que cree se refleja en lo que hace, en público y en privado. Hay una armonía entre su doctrina y su conducta, entre lo que predica y lo que practica.

Esto no es automático. Vivir así requiere esfuerzo deliberado, un compromiso constante con la Palabra y una mirada fija en agradar a Dios, no a los hombres. Jesús lo dijo sin rodeos: “Ninguno puede servir a dos señores… No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24). Un líder fiel no se mueve por intereses personales ni por las ventajas terrenales que el ministerio pueda ofrecer. No busca el pan que sacia el estómago, como aquellos que seguían a Jesús solo por los milagros (Juan 6:26); busca al Pan de Vida que transforma el alma. Si algo más —dinero, fama, comodidad, reconocimiento— toma el control de su corazón, ese algo se convierte en su amo, y Cristo queda relegado.

Piensa en Pablo mismo. Naufragios, prisiones, azotes, apedreamientos, hambre y frío (2 Corintios 11:23-27) —nada de eso lo detuvo. Su progreso era evidente: un hombre que pasó de perseguir a la iglesia a plantar iglesias por todo el mundo conocido, de blasfemo a misionario, de perseguidor a mártir. Su vida era un testimonio vivo de lo que creía, y quienes lo veían no podían negarlo. Un líder fiel no es un letrero que señala el camino y se queda atrás; es un viajero que avanza hacia Cristo y lleva a otros consigo.

III. Un beneficio que empieza en casa: “te salvarás a ti mismo”

Pero Pablo no se detiene ahí. Le dice a Timoteo: “Haciendo esto, te salvarás a ti mismo”. A primera vista, la frase suena extraña, incluso peligrosa. ¿Timoteo no era ya un creyente, un discípulo fiel, un pastor ordenado? ¿De qué salvación habla? ¿Está enseñando Pablo aquí la justificación por obras?

Absolutamente no. Hay que leer el versículo a la luz de toda la enseñanza paulina sobre la salvación. La Escritura distingue tres tiempos de la salvación:

  • Justificación — pasado: el acto por el cual Dios declara justo al pecador que cree en Cristo, de una vez para siempre (Romanos 5:1; 8:1). Imputación de la justicia de Cristo.
  • Santificación — presente: el proceso continuo por el cual el Espíritu Santo transforma al creyente a la imagen de Cristo, matando el pecado y avivando la gracia (Romanos 8:13; 2 Corintios 3:18).
  • Glorificación — futuro: la consumación final, cuando seremos librados incluso de la presencia del pecado en la venida de Cristo (Romanos 8:30; Filipenses 3:20-21).

Cuando Pablo dice “te salvarás a ti mismo”, se refiere a la santificación presente y a la glorificación futura, no a la justificación pasada. Habla de una salvación diaria, una liberación constante del pecado que aún acecha en nosotros. Sí, fuimos perdonados del pecado —justificados—, pero seguimos luchando con ese “pecado remanente” que Pablo describe como una batalla interna angustiante: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago…” (Romanos 7:19-20).

El líder fiel no solo predica para otros; se predica a sí mismo. Se sumerge en la lectura, la exhortación y la enseñanza (1 Timoteo 4:13) para que su propia alma sea preservada y fortalecida. Es como si Pablo dijera: “Timoteo, ocúpate en estas cosas, pero empieza por ti”. Antes de alumbrar a otros, asegúrate de que la luz brille en ti. “No descuides el don que hay en ti… Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas” (1 Timoteo 4:14-15).

Un líder que no cuida su propia vida espiritual es como una lámpara sin aceite: no puede iluminar a nadie. Su estudio de la Palabra, su oración, su lucha contra el pecado, su vida devocional —no son solo herramientas para el ministerio; son el oxígeno que lo mantiene vivo en la fe. Es un buen hombre antes de ser un buen líder, transformado por el evangelio que enseña, para que su vida sea un reflejo de Cristo.

La Escritura nos da ejemplos concretos de esta fidelidad preservadora:

  • Lot en Sodoma — rodeado de corrupción, pero preservado por su fe y su alma justa atormentada día tras día por las obras inicuas que veía (2 Pedro 2:7-8).
  • Los santos en la casa de Nerón — creyentes brillando en medio del imperio más cruel, miembros de la casa del César mismos (Filipenses 4:22).
  • Una sierva en casa de Lamán — un destello de gracia entre espinas, una pequeña cautiva que habló de Dios a su amo y fue instrumento de salvación (2 Reyes 5:2-3).

Estos líderes fieles no solo sobrevivieron; su fidelidad personal los sostuvo para ser luz donde Dios los plantó. El líder fiel sabe que no puede dar lo que no tiene, y por eso cuida su alma con la misma diligencia con que cuida a su rebaño.

IV. Un impacto que salva a otros: “y a los que te oyeren”

Y luego viene el fruto colectivo: “Haciendo esto… salvarás a los que te oyeren”. Aquí está el propósito final del líder fiel. No puede haber esperanza de guiar a otros a la salvación si él mismo no está arraigado en ella. El orden del versículo no es casual: primero te salvas a ti mismo, luego a los que te escuchan. Es un prerrequisito, una cadena inseparable que Dios mismo ha establecido.

¿Y quiénes son “los que te oyeren”? Son el pueblo que Dios le confía, aquellos que reciben su enseñanza con fe. La tarea principal del líder cristiano no es organizar eventos, llenar bancas o inspirar emociones; es predicar la Palabra de Dios con claridad y poder, para que otros encuentren la vida en Cristo. Pablo lo expresó con solemnidad a otro pastor, también joven —a Tito—: “Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 1:13).

Esto no es un juego de números ni un espectáculo de popularidad. El líder fiel no mide su éxito por los aplausos ni por el tamaño de la congregación, sino por el impacto de la verdad en las almas. Pablo lo vivió y lo enseñó:

2 Corintios 4:2 “Rechazamos los tapujos de vergüenza, no procediendo con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino que, por la clara demostración de la verdad, nos recomendamos a nosotros mismos a toda conciencia humana delante de Dios.”

No hay engaño, no hay manipulación, no hay “marketing espiritual”; solo la Palabra pura, expuesta con sinceridad y poder. Cuando Jesús predicó, algunos lo alabaron, otros lo abandonaron (Juan 6:66), pero Él no buscó los elogios por Su elocuencia o sabiduría humana; buscó que la verdad transformara corazones. El líder fiel sigue ese ejemplo: su gozo no está en que lo admiren, sino en que otros experimenten el poder salvador de Dios.

V. Comparación: el líder fiel vs. el falso líder

Aspecto Líder fiel Falso líder
Progreso espiritual ✓ Evidente a todos ✗ Estancado o fingido
Motivación ✓ Agradar a Dios ✗ Aplausos, dinero, poder
Vida devocional ✓ Cuida su alma ✗ Predica sin practicar
Doctrina ✓ Sana, sin adulterar ✗ Manipulada, astucia
Fruto ✓ Salvación de los oyentes ✗ Condenación propia y de otros
Sirve a ✓ Cristo ✗ A sí mismo

VI. Aplicación pastoral para hoy

La enseñanza de Pablo a Timoteo no es un manual para especialistas del primer siglo. Es palabra viva que habla directamente a cualquiera que tenga responsabilidad sobre almas —pastores, ancianos, maestros de escuela dominical, padres de familia, líderes de pequeño grupo. Algunas aplicaciones concretas:

  • Cuida tu alma antes que tu ministerio: El orden de Pablo es inalterable: primero tú, luego los demás. Un pastor que no ora en privado, que no lee la Palabra para sí mismo, que no lucha contra su propio pecado, terminará siendo una voz hueca en el púlpito. “Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros” (2 Ti 1:14).
  • Predica la Palabra pura, sin manipulación: En una época donde el pragmatismo eclesial abunda —“lo que funciona, se hace”—, el líder fiel se aferra a la Palabra. No adultera el mensaje para hacerlo más vendible. No usa técnicas psicológicas para “cerrar” decisiones. Proclama la verdad con amor y deja el resultado a Dios.
  • Busca el progreso, no la perfección: La Biblia no nos exige ser perfectos para liderar —Cristo lo fue por nosotros—, pero sí nos llama a crecer. Si tu vida espiritual está estancada, tu ministerio lo está también. Examínate: ¿en qué áreas has crecido este último año?
  • Huye de la trampa de los números: El éxito del líder no se mide por la asistencia del domingo ni por el presupuesto. Se mide por la fidelidad a la Palabra y por las almas transformadas. Mejor una congregación de treinta santos bien discipulados que un auditorio de tres mil entretenidos.

Preguntas para reflexión personal o grupal

  1. Si lideras —en la iglesia, en un grupo pequeño, en tu familia—, ¿es tu progreso espiritual evidente a los demás, o estás estancado?
  2. ¿Cuidas tu propia alma con la misma diligencia con que cuidas a los demás, o predicas lo que no practicas?
  3. ¿Estás dispuesto a predicar la Palabra pura aunque cueste membresía, ofrendas o reconocimiento?
  4. ¿Tu liderazgo está motivado por agradar a Dios o por agradar a los hombres? Sé honesto ante el Señor.

VII. Conclusión: un llamado a la fidelidad

Entonces, ¿qué hace a un líder fiel? No es el éxito que el mundo aplaude ni el carisma que llena auditorios. Es un progreso espiritual que todos pueden ver, una vida preservada del pecado por la Palabra, y un ministerio que lleva a otros a Cristo. No está en nuestro poder garantizar los resultados —eso es obra soberana de Dios—, pero sí podemos ser diligentes, como si todo dependiera de nosotros, confiando en que Él obra a través de nuestra fidelidad.

El líder fiel no vive para el aplauso humano; vive para la gloria de Aquel que lo llamó. Su identidad no está en lo que otros dicen de él, sino en el evangelio que proclama. Es un reflejo de Cristo, no un eco del mundo.

Que nuestro liderazgo sea como el de Pablo:
un testimonio vivo de la gracia que nos salva
y nos envía a salvar a otros.
Porque al final, no se trata de nosotros;
se trata de Él.

Oración “Padre celestial, gracias por el modelo del apóstol Pablo y por tu Palabra que nos instruye. Concédenos líderes fieles que cuiden su propia alma antes de cuidar la de otros. Danos discernimiento para reconocer a los que predican la verdad pura y humildad para ser, cada uno en nuestra esfera, reflejos de Cristo. Que ni el aplauso ni el rechazo nos aparten del deber de proclamar tu evangelio. En el nombre de Jesucristo, Amén.”

Sobre el autor

Andrés Martínez es un creyente en Jesucristo, convencido de que la Biblia es la Palabra inspirada e inerrante de Dios, y de que la fe reformada expresa con mayor fidelidad las verdades del evangelio tal como fueron proclamadas por los apóstoles y redescubiertas en la Reforma del siglo XVI. Escribe en De la mano del Hijo para edificar a los hermanos que anhelan crecer en el conocimiento del Hijo de Dios.

andresfmartinezv@gmail.com
📷 @feylectura en Instagram

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Etiquetas: Liderazgo cristiano 1 Timoteo Pastor fiel Santificación Teología Reformada Pablo Timoteo Estudio Bíblico

El líder fiel refleja a Cristo · Soli Deo Gloria

2 Corintios 13:5 - Examinándonos a Nosotros Mismos.

 
un hombre mirándose en el espejo muy de cerca, analizándose con detalle


Una Llamada Bíblica a la Autoevaluación Espiritual

En muchas iglesias actuales, el mensaje predominante se centra en las bendiciones que podemos recibir de Dios con un mínimo esfuerzo: levantar la mano, repetir una oración y asistir regularmente a servicios llenos de palabras motivacionales. Se nos dice que Dios es solo amor, que todo lo perdona y que nos acepta sin importar cómo vivamos, sin mencionar el arrepentimiento, la negación de uno mismo o el costo de seguir a Cristo. Este evangelio superficial nos promete un boleto fácil al cielo, pero ¿es eso lo que la Biblia enseña? En este capítulo, exploraremos por qué examinarnos a nosotros mismos es esencial para la vida cristiana, cómo hacerlo a la luz de la Escritura y cómo encontrar seguridad en la justicia de Cristo, no en nuestras propias obras.

La Dilución del Mensaje: Un Evangelio sin Costo 

 Vivimos en una era donde el mensaje del evangelio a menudo se ha diluido hasta convertirse en una fórmula de prosperidad y felicidad instantánea. Se nos anima a apropiarnos de promesas bíblicas de bienestar —"Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz" (Jeremías 29:11)— sin considerar su contexto histórico, su audiencia original o su significado real. Queremos escuchar palabras de aliento y evitar cualquier mención de peligro, sacrificio o juicio. Como resultado, muchos cristianos han adoptado una fe cómoda que no requiere transformación ni rendición al señorío de Cristo.

Sin embargo, esta actitud refleja más nuestra propia complacencia que la verdad de la Palabra de Dios. Jesús mismo advirtió sobre los peligros que enfrentan Sus seguidores: falsos profetas (Mateo 7:15), persecución (Juan 16:33) y la posibilidad de autoengaño (Mateo 7:21-23). Como dice Mike McKinley en su libro ¿Soy realmente cristiano?:


"El mero hecho de que Jesús nos hable acerca del peligro en el que estamos es prueba de Su amor y misericordia. Él nos ha dado estas advertencias y quiere que les prestemos atención."


Las palabras de Cristo no son un simple eco de optimismo; son una alarma que debe resonar en nuestras almas, llamándonos a examinarnos y asegurarnos de que estamos verdaderamente en la fe.

El Mandato Bíblico: Examinad y Probad

La Escritura no nos deja en la oscuridad sobre la necesidad de autoevaluarnos. El apóstol Pablo instruye a los corintios:


"Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos" (2 Corintios 13:5).


De manera similar, Pedro exhorta a los creyentes:


"Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás" (2 Pedro 1:10).


Estas no son sugerencias casuales; son mandatos urgentes dados por amor. Pablo y Pedro sabían que los cristianos enfrentan el riesgo de engañarse a sí mismos, creyendo que están seguros en su fe cuando, en realidad, podrían estar lejos de Cristo. Examinarnos no es un ejercicio de duda morbosa, sino un acto de obediencia que nos protege de la complacencia espiritual y nos asegura una entrada abundante en el reino de nuestro Salvador (2 Pedro 1:11).

¿Cómo Examinarnos? Las Pruebas de la Escritura

Jesús y los apóstoles nos proporcionan criterios claros para evaluar si estamos en la fe. No se trata de confiar en nuestros sentimientos ni en una oración pasada, sino de buscar evidencias bíblicas de una vida transformada por el Espíritu Santo. Algunos ejemplos incluyen: Arrepentimiento y Fe: ¿Hemos reconocido nuestro pecado y confiado en Cristo como nuestro único Salvador? (Hechos 3:19; Romanos 10:9). 
 
Amor por Dios y el Prójimo: ¿Amamos a Dios con todo nuestro ser y a nuestro prójimo como a nosotros mismos? (Mateo 22:37-39; 1 Juan 4:7-8). 
 
Obediencia a la Palabra: ¿Buscamos obedecer los mandatos de Cristo, no para ganar la salvación, sino como fruto de nuestra fe? (Juan 14:15; Santiago 2:17). 
 
Fruto del Espíritu: ¿Se manifiestan en nuestra vida las virtudes del Espíritu, como amor, gozo, paz y paciencia? (Gálatas 5:22-23). 
 
Perseverancia: ¿Seguimos firmes en la fe a pesar de las pruebas, confiando en la promesa de que Dios completará Su obra en nosotros? (Filipenses 1:6; Hebreos 12:1-2).

Estas pruebas no son una lista para presumir de nuestra justicia, sino un espejo para reflejar nuestra necesidad de Cristo. Como humanos, no siempre somos los mejores jueces de nosotros mismos; nuestras percepciones pueden estar nubladas por el orgullo o el autoengaño. Por eso, es vital rodearnos de cristianos maduros y honestos que nos ayuden a ver lo que nosotros no podemos, ofreciendo corrección amorosa y aliento fiel.

Los Peligros que Enfrentamos

Ignorar el llamado a examinarnos nos expone a múltiples peligros espirituales: Autoengaño: Podemos creer que somos cristianos porque asistimos a la iglesia o repetimos una oración, sin que haya un cambio real en nuestro corazón (Mateo 7:21-23). 
 
Complacencia: La tibieza espiritual, como la de la iglesia de Laodicea, puede hacernos indiferentes a la santidad de Dios (Apocalipsis 3:15-17). 
 
Falsas Enseñanzas: Sin un fundamento sólido en la verdad, somos presa fácil de doctrinas que prometen mucho pero no exigen nada (2 Timoteo 4:3-4).

Jesús no nos advierte de estos peligros para condenarnos, sino para protegernos. Su amor no es un permiso para pecar, sino un llamado a negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirle (Mateo 16:24). Esto implica sacrificio, renovación de la mente (Romanos 12:2) y la muerte del "viejo hombre" para que nazca uno nuevo en Cristo (Efesios 4:22-24).

Nuestra Insuficiencia y la Justicia de Cristo

Un examen honesto de nuestras vidas nos llevará a una conclusión inevitable: nunca seremos lo suficientemente justos como para agradar a Dios por nosotros mismos. Nuestros mejores esfuerzos están manchados por el pecado (Isaías 64:6), y nuestras fallas nos recuerdan que necesitamos un Salvador. Aquí radica la buena noticia del evangelio: no dependemos de nuestra justicia, sino de la justicia perfecta de Cristo.

Cuando nos acercamos a Él con fe genuina, Su justicia nos es imputada (2 Corintios 5:21). No ganamos la salvación por nuestras obras, sino que la recibimos como un regalo inmerecido por la gracia de Dios (Efesios 2:8-9). Este entendimiento no nos exime de examinarnos, sino que nos da la seguridad de que nuestra esperanza no está en nosotros mismos, sino en Aquel que murió y resucitó por nosotros.

Un Examen que Conduce a la Seguridad

Amado lector, examinarnos a nosotros mismos no es un ejercicio de condenación, sino de amor y misericordia. Las advertencias de Jesús y los apóstoles son un regalo que nos protege del autoengaño y nos guía hacia la seguridad en Cristo. No te conformes con un evangelio superficial que promete todo sin exigir nada; escudriña tu vida a la luz de la Palabra, confiando en la guía del Espíritu Santo y en la sabiduría de la comunidad de fe.

Cuando las pruebas revelen tus fallas, no desesperes. Mira a Cristo, cuya justicia perfecta cubre tus imperfecciones. Alabado sea Dios por esta verdad gloriosa: no necesitamos ser perfectos para ser aprobados, porque Él ya lo fue por nosotros. Que este examen nos humille, nos santifique y nos lleve a depender cada día más de nuestro Salvador, para que, al final, escuchemos esas palabras preciosas: "Bien, buen siervo y fiel; entra en el gozo de tu señor" (Mateo 25:21).